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– El almirante Windom nos echará una mano, estoy seguro -comentó el duque.

– O el comodoro Hathaway -sugirió la duquesa-, ¿no está al cargo de la flota del Mediterráneo?

– No nos olvidemos del buen amigo de Harold, Bedesford -propuso Betsy-. Fue comisionado de uno de los sultanes, aunque sin duda hay unos cuantos sultanes. Pero su experiencia, hasta cierto punto, puede ser de utilidad.

– Por la mañana haremos que mi secretario se encargue de todo -el duque sonrió a Elspeth-. No podemos permitir que se embarque en un navío mercantil poco armado en unas aguas infestadas de piratas. Un buque con artillería pesada… eso es lo que necesita.

Elspeth sintió como si de pronto hubiera ido a parar a un pequeño paraíso terrenal confortable, donde sus preocupaciones fueran de vital importancia, la compañía era afectuosa, y unos anfitriones con apariencia de ángeles atendían todos y cada uno de sus caprichos. Si el duque no hubiera carraspeado de vez en cuando como lo hacía su padre, habría pensado que realmente estaba en un sueño.

No había duda de dónde procedía el encanto cautivador de Darley. Sus padres eran encantadores, su madre… afectuosa y natural, au courant de todos los dimes y diretes de la alta sociedad, siempre dispuesta a hablar de infinidad de temas. En cuanto a su padre, reunía todas las características que un duque debía tener y todo lo que la familia real no tenía: inteligencia, autoridad, era un aristócrata hasta la médula y además una fuente de sentido común. Su sonrisa también se parecía mucho a la de Julius.

– Creo que una copa de Madeira nos sentará fenomenal -anunció la duquesa, dejando la taza de té-. Betsy, llama a un criado.

– El Machico del 74 -ordenó el duque.

Antes de que Betsy diera más de dos pasos, la puerta alta y dorada de dos batientes se abrió de sopetón y Darley entró con sus botas y espuelas, dejando una estela de la fragancia de las noches veraniegas.

– Lo siento, llego tarde -distinguió a Elspeth con una sonrisa-. Es un placer verla de nuevo, Lady Grafton.

– Para mí también lo es, Lord Darley. -Elspeth se sorprendió de que su voz sonara tan normal, cuando tenía enfrente al que había sido objeto de sus sueños durante las últimas semanas.

– Por lo visto, has venido a caballo -dijo su madre, observando su cabello revuelto por el viento y las botas polvorientas-. ¿Has cenado?

Si se tenía en cuenta la petaca de brandy que se había trincado durante el camino, sí, había cenado.

– No tengo hambre, maman -comenzó a quitarse los guantes, cuando lo que hubiera preferido era arrancar a Elspeth de la silla, llevarla arriba, hacerle el amor en la habitación más cercana y acabar con ello cuanto antes. No era una opción razonable, por supuesto. Entregó la fusta y los guantes al mayordomo, que apareció a su lado, anticipándose a él.

– Un brandy -murmuró-. Trae la botella.

– Íbamos a abrir un Madeira -le ofreció la duquesa.

– Entonces Madeira también -aceptó, despachando al criado con una inclinación de cabeza.

– Madeira del 74 -gritó el duque al criado que se retiraba. Le ofreció un asiento a Darley a su lado con un ademán-. ¿Qué te trae por la ciudad? -le preguntó con indolencia, aunque la mirada fija de su hijo hacia la invitada, ruborizada, era respuesta más que suficiente.

– La nota de mamá, por supuesto -contestó Darley, con tanta suavidad como su padre, aceptando el asiento dado que le ofrecía una vista ideal de Elspeth-. Lo siento. No he llegado a tiempo para la cena.

– Haremos que te traigan algo -se ofreció su madre.

Él sonrió.

– No es necesario, maman -aunque más le valdría a Elspeth una comida, pensó Darley. Se veía más delgada. ¿Acaso eso anulaba cualquier preocupación sobre un embarazo o era demasiado pronto para decirlo? No es que no fuera un tema importante para él. Ése era, sobre todo, un mundo de hombres, y los embarazos merecían poca atención.

Así que sus padres lo habían mandado llamar, pensó Elspeth, sin estar segura de si sentirse halagada o molesta. ¿Pensaban que estaba soltera y sin compromiso? ¿Acaso la alta sociedad estaba tan familiarizada con las tretas y las relaciones ilícitas que habían invitado a Darley para que tomara placer de ella? ¿O la invitación había sido un mero acto de cortesía?

– Betsy nos ha explicado que has pasado las últimas semanas en Langford -le dijo su madre, dándole conversación en un intento por desviar la mirada atenta de su hijo hacia la invitada, que mostraba un repentino interés por su taza de té-. ¿Cómo ha ido la pesca?

Darley reprimió una risa. Pero siguiendo el hilo de la conversación de su madre, respondió con fina cortesía:

– No he tenido tiempo de pescar. He estado ocupado siguiendo el desarrollo de los acontecimientos en el Parlamento. -Dado que las cartas del prometido de Amanda pormenorizando la marcha del gobierno habían llegado con gran regularidad durante los últimos quince días, le permitió hablar con una conciencia medianamente clara-. Según parece, la fiebre biliosa del rey tiene a todo el mundo en ascuas. Los conservadores se pelean por retener el poder, los liberales esperan las malas noticias -sonrió Darley-. El caos está a la orden del día -podía darse el gusto de mostrarse educado. Elspeth no iba a ir a ninguna parte aquella noche. Sólo tenía que esperar a que sus padres se fueran a la cama-. ¿Su viaje hacia el sur fue largo y aburrido, Lady Grafton? -le preguntó afablemente, escogiendo ese tema en lugar del clima, que era poco interesante.

– En realidad no, no lo ha sido -las mejillas de Elspeth se habían teñido de un rosa resplandeciente desde que había entrado en la sala de estar, con la mirada concentrada en algún lugar cerca de los botones de su chaleco-. Viajamos muy rápido.

– ¿Cómo está su hermano? -recordó la mención que su madre había hecho al respecto en la nota-. Estará mejor, espero.

– No lo sabemos.

– Está muy preocupada, Julius, como debes suponer -intercedió su hermana, sosteniendo su mirada oscura por un momento en señal de advertencia-. Las últimas noticias no eran muy consoladoras.

– Lo siento. Discúlpeme. ¿Qué es lo que sabe de su estado?

Mientras Elspeth le explicaba lo poco que sabía, se dio cuenta de que el brazalete al que daba vueltas, nerviosa, alrededor de la muñeca era el que le había regalado. No es que tuviera que importarle. Después de todas las joyas que había regalado a mujeres, aquello no debía provocarle ni frío ni calor. Pero, extrañamente, sintió como si el brazalete la marcara como suya. Como si el hecho de que lo llevara puesto le diera algún derecho de propiedad. Una suposición completamente estrambótica, por supuesto, cuando había ido hasta allí sólo para hacerle el amor. Ese pensamiento hizo que su erección creciera. Cruzó las piernas en un intento dé disimular su excitación, los bombachos, muy ceñidos y de gamuza, presentaban un inconveniente en un momento como ése.

– Tal vez tome una taza de té mientras llega el brandy -dijo Darley, descruzando las piernas e inclinándose hacia delante para alcanzar la tetera, esperando que esa velada familiar no se prolongara demasiado.

– Estás hambriento -le dijo su madre-. No discutas, querido. Haremos que te traigan algo de comida.

No tenía ninguna intención de discutir, agradecido por el pequeño remolino de actividad que se creó cuando su madre se levantó para llamar a un criado. Su cháchara mientras cruzaba la habitación atrajo la atención de todos los presentes. Después de servirse una taza de té, se sentó hacia delante, con los antebrazos apoyados sobre los muslos, y la taza se balanceó en sus dedos, esperando sobrevivir a la velada sin pasar bochorno.

La última vez que había perdido el control, exactamente como ahora, tenía quince años, y una de las amigas de su madre había flirteado con él durante una velada musical a la que le habían llevado a rastras. Lady Fane lo había arrinconado en el fondo de la habitación mientras todas las miradas estaban absortas en la soprano italiana, y le susurró: «Nos vemos arriba en cinco minutos».