– El matrimonio nunca fue consumado si te hace sentir mejor.
– Ah… ya veo. Desde luego -y se encogió de hombros ligeramente-. Me estoy haciendo viejo. En todo caso, éste no sería el primer matrimonio concertado.
– Dinero por belleza -musitó Darley-. Una costumbre vieja como la humanidad.
El duque acabó de vaciar su copa, la dejó a un lado y se levantó.
– ¿Cómo está Grafton? ¿Podría enviudar pronto?
– Estáis poniendo un interés desmesurado en alguien que acabáis de conocer.
El duque enarcó ligeramente las cejas.
– Tal vez tengas más gusto del que me imaginaba.
– Te lo pido, no empieces a hacer planes por mí.
– ¿Por qué tendría que hacerlo ahora, cuando has estado fornicando hasta la saciedad durante todos estos años?
– Me reconforta que no te hayas vuelto empalagosamente zalamero en tus últimos años.
– Amar a alguien es la felicidad más plena -sonrió el duque-. Espero que algún día tengas tanta suerte como yo.
– Sólo que no demasiado pronto -observó Darley-. Creo que aún me quedan cinco años por delante antes de que me alcance la flecha de Cupido.
– Un consejo -murmuró el duque-. El amor no se te presentará cuando a ti te vaya bien. Que duermas bien -añadió con un pequeño temblor de cejas.
– Y puesto que a maman le gusta tanto, Elspeth tiene que dormir en la Queen's Room, ¿no?
– Tu madre la ha instalado allí porque pensaba que a ti te gustaba mucho.
– Ella no podía saberlo. Yo no estaba aquí.
Su padre sonrió.
– Ya conoces a las madres. Ellas lo saben todo.
Capítulo 23
La luz oscilante de los candelabros de las paredes iluminaron el recorrido de Darley a través de las amplias escaleras y a lo largo del pasillo alfombrado que conducía hasta la Queen's Room, con vistas al jardín de la parte trasera de la casa.
De pie, en el pasillo, al otro lado de la puerta, aguzó los oídos con la esperanza de no escuchar la voz de su madre.
Pero sólo encontró silencio. Luego llegó la voz débil de Sophie al pasillo, a la que respondía Elspeth con un tono de lo más dulce.
De repente se preguntó si no habría sido un error haber venido a la ciudad. Tal vez lo que deseaba hacer no le reportaría ningún beneficio, al fin y al cabo. Desde Newmarket sólo había sentido malestar… por unos motivos que había preferido ignorar. Y ahora que estaba allí, ¿acaso una noche con Elspeth sería un remedio para su malestar o sólo contribuiría a aumentar su aflicción?
Se alejó y se detuvo al final del pasillo, frente a una ventana. Observó los parterres del jardín abajo, iluminados por la luna, reflexionó sobre si debía volver a Langford. Las horas precedentes haciéndose el caballero habían resultado frustrantes.
Había gozado de una vida en la que se había permitido todos los excesos, como para estar ahora sentándose en una sala de estar, bebiendo té y de cháchara, mientras su ansioso miembro exigía satisfacción.
Merde. Soltó aire, exasperado. Tal vez tenía que cortar por lo sano y esfumarse.
Aun quedándose, cabía la posibilidad de que Elspeth lo rechazara. Y tenía todo el derecho a hacerlo. Las mujeres adoptaban una actitud distante cuando las dejaban de lado, como bien sabía.
Esbozó una sonrisa. A pesar de todo, apaciguar a las mujeres se le daba de maravilla. Uno no se granjeaba una sólida reputación como amante empedernido sin haber aprendido por el camino un repertorio facilón de frases conciliadoras. Y Elspeth no se quedaba el tiempo suficiente para que sus melosas palabras tuvieran consecuencias mayores.
Así que si quería una noche de sexo con la sensual Lady Grafton, parecía que tendría que poner en funcionamiento la vieja y principal retahíla de finos halagos. Quizás incluso podría necesitar hacer uso de una sinceridad nunca practicada hasta el momento.
Lo que ponía en tela de juicio era sobre que debía ser exactamente sincero.
Además de con el sexo.
Mientras Darley contemplaba su recién descubierta noción de la sinceridad, Sophie arropaba a Elspeth en la cama.
– Puede decirle que no -aseveró Sophie-. No crea que no puede.
Elspeth recorrió la colcha con las palmas, con los ojos tristes.
– Igual ni se molesta en venir.
– Oh, sí que se molestará, de eso puede estar segura.
– Fue estupendo verle de nuevo -dijo Elspeth, abatiendo todos los obstáculos y trabas que deberían haberla hecho desistir de su ciega adoración, y profirió un pequeño suspiro de deseo-. ¿Verdad que estaba terriblemente guapo e imponente?
– No dudo de que sea guapo e imponente como un príncipe, pero no le acarreará más que problemas al final, ricura. Aunque sé lo mucho que lo ha extrañado, así que no voy a decirle perogrulladas.
Elspeth sonrió a su anciana niñera.
– Si las perogrulladas hubieran despejado mis angustias las pasadas semanas, las habría aceptado con mucho gusto.
– Lo sé, lo sé -murmuró Sophie, dándole unas palmaditas a Elspeth en la mano-. Le corresponde a usted decidir si tomara el veneno, no hay más. No es que Lord Darley no sea tremendamente dulce. Por lo que a mí respecta, voy a tomarme una taza de té. Charlie está esperando en la cocina para contarme los detalles de su charla con los duques. ¡Que duerma bien!- añadió Sophie, dándole un beso a Elspeth en la mejilla.
– No voy a poder pegar ojo sabiendo que él está bajo el mismo techo -susurró Elspeth, poniéndose las palmas sobre sus mejillas calientes-. Piénsalo por un momento… ¡él está aquí, en alguna parte!
Sophie le guiñó el ojo.
– Y tal vez ahora mismo esté viniendo de camino para verla.
Elspeth se rió.
– Pues vete, vete -le ordenó, en broma, y ahuyentó a su criada con un revoloteo de las manos-. Vete ahora mismo.
Sophie bajó por la escalera del servicio y entró en la cocina. La habitación grande estaba en silencio, el fuego de la chimenea crepitaba bajo, las velas sobre la mesa emanaban un resplandor suave y titilante en medio de la oscuridad.
Charlie la saludó con la cabeza mientras Sophie se aproximaba:
– Él está aquí, según me han dicho.
– Y ella está desmayada de deseo, la pobrecita -apuntó Sophie, tomando asiento a la mesa, enfrente del cochero-. A pesar de que todo el mundo sabe que es un crápula, un bribón, dispuesto a romper de nuevo su corazón. -Alcanzó la taza de té que Charlie le había servido y meneó la cabeza-. Sin embargo, no hay manera de hacerla entrar en razón.
Charlie se encogió de hombros.
– La clase acomodada siente a su manera. Imponen sus propias reglas, así es, y no son las mismas que las mías o las tuyas. Quizás una noche con él le ofrezca algo de tranquilidad. Ha estado totalmente desolada desde que él se fue.
– Pobre pequeña. Y un hombre como él, que puede escoger entre todas las damas que quiera de la alta sociedad, o eso dicen -frunció la boca-. Pero ella lo desea, no hay más tela que cortar. Quizá tengas razón y una noche con ese granuja le brinde un poco de satisfacción. Tú y yo sabemos que nuestro viaje puede tener un final amargo, con la muerte llamando a la puerta del pobre Will. Si el apuesto Lord puede hacer feliz a mi señora unas horas -Sophie se encogió de hombros-, ¿quién soy yo para decir que está mal?
Mientras los criados hablaban sobre los méritos y desventajas de la relación de Darley y Elspeth, los protagonistas meditaban sus opciones.
Nadie había entrado o salido de la habitación, se había fijado Julius, lo que quería decir que Elspeth podía estar, o no, sola. Como recordó, sin embargo, la doncella no dormía con ella. Si Sophie estaba allí, estaría en el vestidor, pensó, contando por octava vez los tejos ornamentalmente podados del jardín.