Mientras Darley contaba tejos, Elspeth estaba casi decidida a ir a su encuentro; el único factor disuasivo era el tamaño colosal de Westerlands House. La duquesa había mencionado unas treinta y pico habitaciones.
Podía preguntar a un criado dónde dormía Darley, pensó.
¿Quedaría muy desesperado?
Y bochornoso.
Mientras transcurrían los minutos, Elspeth llegó finalmente a la conclusión de que ni la vergüenza ni la desesperación tendrían importancia si no regresaba de su viaje. Y esa posibilidad era muy real. El viaje entrañaba un sinfín de riesgos. El océano y el tiempo podían ser traicioneros, los piratas campaban a sus anchas por la costa africana, Marruecos era gobernado por el sultán de Constantinopla, pero el soberano local era quien gobernaba como un déspota. La única autoridad inglesa era el cónsul que había en Tánger.
Enfrentada con asuntos de vida y muerte, las cuestiones del decoro o la vergüenza parecían nimias.
O… completamente insignificantes.
Mientras, Darley, echando a un lado las sábanas, se deslizó de la cama y se arropó con su bata. No estaba dispuesto a contar los elementos de la jardinería por novena vez, decidió, como si hubiera alcanzado cierto nivel de conocimiento de sí mismo.
Dio media vuelta y se encaminó a grandes pasos hacia la Queen's Room.
A fastidiarla del todo.
O a estrecharla entre sus brazos.
O a recibir una negativa, tal vez, pero no iba a quedarse en el pasillo como un bobo sin sangre en las venas.
Llegó a la puerta de la Queen's Room,. empujó la puerta hasta abrirla y entró, cerrando la puerta con un suave ruidito.
Elspeth estaba dando vueltas por la habitación, los ojos muy abiertos destellando y la bata ceñida al pecho.
– ¿Estás sola? -le preguntó el marqués brusco-. No es que me importe. -La diplomacia había dado paso, al parecer, a un sentimiento puro.
Ella respiró profundamente, su voz ronca le volvió a traer un torrente de recuerdos indeseados.
– No me hable en ese tono.
Libre de Grafton, permanecería libre, y basándose en ese despiadado principio, la adoración estaba penalizada.
Él hizo un amago de sonrisa ante su combatividad, siendo ella tan pequeña y él todo lo contrario, y siendo ésa, además, su casa. Pero él estaba allí por una fuerza irresistible que no podía seguir desoyendo y esa vez, cuando habló, su voz fue dulce.
– Perdóneme. Lo que dije estaba fuera de lugar. Permítame empezar de nuevo -tomó un poco de aire, asediado por una nueva sensación de propósito solemne-. Llevo mucho tiempo echándola de menos. He intentado olvidarla -sonrió con tristeza-, sin éxito. De hecho, en este momento me siento un poco perturbado por cómo la deseo.
Una leve sonrisa le asomó en los labios a Elspeth, su franqueza era encantadora.
– Yo también he pensado mucho en usted -le dijo, tras semanas de deseo involuntario, que ahora reconocía. Le tendió la bata-. Lo ves… estaba a punto de salir a buscarte pero no tenía ni idea de dónde mirar.
– Entonces te alegras de que haya entrado -le dijo arrastrando las palabras, volviendo a un terreno más familiar; una mujer deseándole era una constante en su vida.
– En contra del consejo de mi criada, debo añadir -comentó Elspeth.
Darley bajó las pestañas infinitesimalmente.
– Supongo que mi madre también preferiría proteger tu virtud.
– Y bien -lanzó la bata sobre una silla y le dirigió una mirada traviesa-. ¿Qué debemos hacer contra estas dos fuerzas del decoro?
La sonrisa de Darley iluminó la habitación, quizás el universo.
– Propongo que hagamos lo que nos plazca -arqueó las cejas-. ¿Cuándo zarpa tu barco?
– Con la marea de la mañana -echó un vistazo al reloj-. Eso nos deja seis horas.
Al principio Darley no se movió. Después de semanas de desencanto… aquella meta, difícil de alcanzar, estaba al alcance de la mano. Espiró suavemente.
– ¿Sabes cuánto tiempo llevo pensando en esto?
– En mi caso, desde Newmarket -le respondió ella, poniendo buena nota en compostura, ya que podía quitarle importancia serenamente a la violencia de sus sentimientos-. Disfruté enormemente del tiempo que compartimos allí.
– Esos días se han convertido en mi patrón oro del placer -le dijo Darley, con total sinceridad.
– Supongo que le dices lo mismo a todas las mujeres.
– Nunca -le dijo, sorprendiéndose a sí mismo… Las mentiras dulces siempre habían sido para él moneda corriente en el flirteo.
– Creo que es hora de cerrar con llave -dijo ella, como si hubiera timbrado su respuesta con el sello de la aprobación.
– ¿Hay prisa? -sonrió, confiado.
– ¿Sabes cuántas semanas han pasado desde la última vez que te vi?
– Cinco semanas, tres días, seis horas y media, más o menos.
– Entonces no juegues conmigo -ronroneó Elspeth. El recuento de horas y días era más seductor que el más ardiente poema de amor. No es que ella fuera suficientemente ingenua para esperar una sinceridad incorruptible en un momento como ése. En especial de un hombre como Darley, cuyo único interés era el placer. Pero esa noche sus intereses coincidían.
Porque al día siguiente ella se enfrentaba a una gran incógnita.
Y el día después tal vez nunca llegaría.
Lo observó mientras iba a cerrar la puerta del vestidor. Su belleza era notable, su audaz virilidad, legendaria.
Un pequeño escalofrío le recorrió vertiginosamente el espinazo.
Aquella noche era suyo.
Se movía con una gracia desenvuelta, sus espuelas tintineaban débilmente cuando caminaba. Llevaba el pelo, oscuro y reluciente, recogido por detrás del cuello alto de su casaca de montar, negra y de una finura extrema, hecha a medida, ciñéndole sus amplias espaldas. El chaleco, bordado y suave como la seda, le marcaba el estómago, duro y firme. Luego se giró y a Elspeth se le entrecortó la respiración cuando vio su erección incontrolada tensándole los bombachos de piel suave.
Las mejillas se le encendieron al instante, comenzó a sentir unas hondas palpitaciones, el ritmo de los latidos le resonaba en los oídos. Mientras él se acercó, una gratitud inconmensurable le llenó los sentidos. ¿Cuánto tiempo había esperado eso? ¿Con qué frecuencia había soñado en verlo otra vez?
– Quiero que sepas lo contenta que estoy… lo agradecida que estoy de que estés aquí esta noche -sonrió-. Una advertencia puede ser conveniente -le tendió las manos, temblorosas-. Temo que pueda ser insaciable o exigente, o ambas cosas.
– Yo también te lo advierto -le murmuró, alcanzándola, la acercó hacia sí y rozó los labios con los suyos-. Después de esperar tanto tiempo, no asumo la responsabilidad de mis actos. Golpéame fuerte si quieres que me detenga.
– Estaba convencida de que nunca volvería a verte -le susurró.
– He estado bebiéndome mi bodega sólo para intentar que fuera así -levantó la cabeza y sonrió abiertamente-. Sin éxito, como puedes comprobar.
– Estoy muy, muy contenta de que eso sea así. -Los ojos de Elspeth se anegaron de lágrimas.
– Calla, calla… no llores… no -le susurró-. Estoy aquí… He venido… estamos juntos otra vez -le lamió las lágrimas que le resbalaban por las mejillas-. Dime lo que quieras y lo haré.
Lo que ella quería nunca podría tenerlo, pero hipando, a través de las lágrimas, balbuceó:
– No… quiero… pensar… en mañana… eso es… lo que quiero.
– No lo haremos -le dijo, con voz ronca y grave-. Voy a darte un beso y tú me vas a besar y…
– Y un instante después… me harás… el amor -frotándose los ojos con la manga, sorbió y, con los ojos hinchados, se encontró con su mirada-. Y… es… una… orden.
Él ya estaba arrancándole las enaguas de dormir, más que satisfecho de prescindir de los preliminares… Su orden de sexo inmediato estaba en sintonía con sus propias preferencias.