Ella levantó los brazos de buena gana. Después de pasar una larga tarde en la sala de estar deseando estar con él… lo que le apetecía es que todo se desarrollara con cierta agilidad.
– Sé que debería mostrarme recatada y. modesta, agradecida por su atención pero…
– Dios mío, no -le dijo interrumpiéndola-. ¿Por qué querría eso?
– Porque las mujeres no deberían llevar la voz cantante -le respondió con su voz amortiguada por la tela de batista que se deslizaba por encima de su cabeza.
– Au contraire, estoy sumamente contento de que lo hagas y aún más contento de estar de nuevo contigo -le dijo con más vehemencia de la que pretendía.
– ¿No tengo que disculparme?
– ¿Por querer hacer el amor conmigo? -le dijo, dejando caer su vestido en el suelo-. No lo creo -le deslizó las manos alrededor de la cintura, la sentó encima de la cama. Su nueva delgadez era más evidente sin aquella infinidad de enaguas que llevaba puestas y el vestido con volantes-. Sin duda alguna, has perdido peso. ¿Has estado enferma?
– Sólo si para ti el sentimiento de nostalgia es una enfermedad -y le sonrió-. He montado a caballo horas y horas, intentando olvidarte.
– En mi caso fue la bebida. -Pasó la cadena del reloj a través del ojal del chaleco y lo depositó encima de la mesita de noche-. ¿Te funcionó la diversión? A mí no. Aunque el negocio del licor se ha enriquecido a costa de mi desgracia.
A Elspeth el corazón le dio un pequeño vuelco.
– ¿Te sentías desgraciado sin mí?
– Condenadamente desgraciado -estaba sorprendido por su franqueza, aunque su partida a la mañana siguiente le permitía, sin duda, ser más sincero.
– No he pensado en otra cosa que en ti durante todas estas semanas interminables -le murmuró ella-. Perdóname por mi falta de decoro. Sé que nadie habla de amor en situaciones como éstas, pero no puedo evitar pensar en estos términos. No te alarmes -le dijo cuando él, de repente, se quedó inmóvil, con la chaqueta a medio sacar, a la altura de los hombros-. Expreso mis sentimientos con la mayor de las inocencias. Me voy por la mañana, como ya sabes -y se encogió de hombros-. ¿Qué importancia puede tener lo que diga?
Sus pensamientos eran exactamente los mismos, aunque él no era tan novato como para decirlo en voz alta.
– Entonces la sinceridad es la norma esta noche -comentó con guasa-. Toda una novedad en mi mundo.
– Eso pensaba -le dijo ella, con una sonrisa, complacida de ver que continuaba quitándose la ropa.
Elspeth estaba sentada en el extremo de la cama dorada diseñada a juego con aquel interior tan en boga, firmado por Zucchi. Teniendo en cuenta sus pies, que se balanceaban, y su sonrisa alegre, se asemejaba enormemente a una niña inocente. «Parece fuera de lugar en una habitación tan suntuosa e imponente», pensó Darley.
O tal vez ella era una bocanada de aire fresco en ese interior tan chic, como una hermosa ninfa de piel rosada o un hada fantasiosa procedente de tierras mitológicas.
El hecho de que la Queen's Room estuviera reservada sólo para albergar a los invitados más distinguidos debería haber hecho vacilar a Darley. Pero esa noche no tuvo en consideración que su madre le concediera a Elspeth esa atención especial. Incluso aunque sospechara las razones. En lugar de eso, entendió que se abría una enorme latitud para él -para los dos- aquella noche, con las horas contadas para estar juntos.
Él nunca había sentido tanta libertad.
Una libertad que le otorgó el derecho de decirle:
– Pensé que tal vez estabas embarazada y habías venido a la ciudad para exponérselo a mis padres.
Los ojos de Elspeth mostraron enfado.
– Nunca tendría valor para hacer eso -su cara adquirió repentinamente un aire conjetural-. Y aun así viniste.
– Como lo ves -dijo simple y llanamente. No podía actuar de otra manera… sin llegar a comprenderse a sí mismo, por qué había ido, a pesar de esa responsabilidad.
– ¿Qué hubieras hecho si estuviera embarazada?
Darley se encogió de hombros, vestido únicamente con sus bombachos.
– Probablemente nada.
– Porque no tendrías que hacerlo. -No permitiría distraerse con su belleza física cuando su respuesta había sido de una franqueza grosera, pero lo estaba. Era una masculinidad imponente: musculatura desarrollada, fuerza bruta, un rostro bello digno de un dios.
– Estás casada -apuntó con otra observación sincera, aunque sintió una extraña satisfacción de propietario sabiendo que había sido su primer amante.
Su afirmación de manera desapasionada también era rotundamente masculina.
– Eso es verdad -le dijo, consciente de las reglas que gobernaban la sociedad. Los hombres estaban exentos de responsabilidad a menos que se les llevara ante los tribunales. No era habitual entre la aristocracia, donde el escándalo no se admitía abiertamente-. Sin embargo, podría atribuirte la paternidad -su voz cobró una inflexión acusatoria-. Tendrías que asumir alguna responsabilidad económica.
– ¿Qué te hace pensar que rebatiría mi paternidad?
– Supongo que tendría que estar agradecida por esto -dijo entre dientes-. Por otro lado no es una preocupación para ti el dinero, ¿verdad?
Él suspiró.
– Lo siento. Te he hecho enfadar -su mirada oscura se topó con la de ella-. ¿Debería irme?
– ¿Porque no estoy embarazada? ¿Para qué?
– Me disculparé, al menos -le dijo, intentado abrirse paso a través de ese intercambio potencialmente explosivo-. El mundo puede ser cruel, lo sé.
– Porque es un mundo de hombres -le dijo con brusquedad.
Él medio levantó sus manos en un gesto de rendición, indefenso ante su afirmación-. No sé qué hacer ahora, entonces. Si tienes alguna sugerencia…
– Podría. Depende.
– ¿De qué? -La mirada de Darley era vigilante.
– De si le da miedo hacer el amor con una mujer que puede ser más directa de lo que está acostumbrado -le dirigió una mirada inquisidora-. Después de unas semanas montando a caballo en Yorkshire no estoy dispuesta a ser una abnegada. Ni puedo ver las convenciones o las reglas que importan particularmente ahora. Si te llevo a la cama o no es sólo asunto mío y tuyo. -Elspeth enarcó levemente las cejas y de repente sonrió-. ¿Entonces?
– No tienes por qué decírmelo dos veces -se quitó los bombachos con la velocidad de un rayo-. En realidad -le dijo con una sonrisa complaciente-, no estoy seguro de que me hubiera ido a pesar de tus deseos.
– La arrogancia te sienta bien. Lo sabes, ¿verdad? -en lo más recóndito de su ser sabía que no hubiera podido rechazarle.
– No sé de qué me hablas. Excepto que me complace enormemente que me desees.
– Bien -Elspeth dio unas palmaditas a la cama, una costumbre mundana descartada para tentativas más agradables.
Tenía en mente la brevedad del tiempo que les quedaba por delante-. Ven a darme placer, ya que me quedaré sin él durante mucho tiempo.
– Pareces más frágil de lo que recordaba -observó salvando la poca distancia que había hasta la cama-. Procuraré no hacerte daño.
– No te preocupes por mí. Lo que te pido es que me des orgasmos suficientes para poder soportar las largas y solitarias semanas en el mar.
– Dime cuántos -le susurró, tumbándola sobre su espalda y siguiéndola hacia abajo-. Y veremos lo que se puede hacer…
Era tan bueno como prometía, le hizo el amor con increíble dulzura, en contraste con su reciente interludio en Langford, donde el sexo había sido sexo y sólo sexo… pura y simplemente.
Esa noche era diferente. Él inspiró amor con sus besos sin retroceder alarmado. Esa noche se atrevió a decir:
– Pasa a verme cuando vuelvas. Déjame tener el placer de conocer a tu hermano.
– Lo haré -le dijo, deseándolo con todo el corazón, incluso sabiendo que no podría. Si tenía la suerte de volver con Will, no podría ver nunca, nunca a Darley. Porque si lo hiciera, sabía que estaría perdida. Ser una concubina le quebrantaría el espíritu.