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Él se comportó de la mejor de las maneras, en todos los aspectos, midiendo cuidadosamente cada una de las respuestas de Elspeth mientras hacían el amor, atento, solícito, deseando aumentar al máximo el placer de ella, concentrando su ingenio y talento sexual para ofrecerle una profunda satisfacción.

Darley sintió que esa noche de pasión era alarmantemente significativa.

Era el equivalente a destilar una década o más de experiencias lascivas en un afecto concentrado, tan puro que le empujó a reconsiderar los recientes sermones de su padre acerca del amor.

No es que fuera a abandonar su bagaje anterior y a asumir una nueva personalidad. Pero tenía que admitir que había algo intrínsecamente satisfactorio en hacer el amor a una mujer que involucrara todos los sentidos y no sólo al miembro viril.

Los sentimientos de afecto, a pesar de todo, para un libertino largamente asentado, no iban a hacer que la decencia se convirtiera en la pauta de comportamiento y, en el transcurso de la noche, olvidó sus caprichos poéticos en beneficio del familiar éxtasis de la liberación orgásmica.

Y mucho, mucho más tarde, cuando los dos estaban medio somnolientos, Elspeth se acurrucó más cerca de él y le murmuró algo entre sueños.

Darley se despertó con el sonido de la voz de ella, luchando contra el sueño después de dos semanas de dormir poco y descansar menos en Langford.

Elspeth abrió los ojos, parpadeando, como si ella también estuviera compenetrada con sus movimientos.

– ¿Más? -le preguntó amablemente, su voz ronca por la fatiga.

Ella sonrió y le dijo que no con la cabeza, sus ojos volvieron a cerrarse.

Él se obligó a permanecer despierto un rato, solícito a sus necesidades, galantemente deseoso de mitigar su pasión si así lo requería.

Pero su respiración pronto se adaptó al dulce ritmo de la somnolencia.

Y sólo entonces cayó dormido.

* * *

Capítulo 24

Al rayar el día, Darley se levantó de la cama con sumo cuidado, guardándose de no despertar a Elspeth. De pie, ante la cabecera de la cama, contempló a aquella mujer exuberante y durmiente, que le había hecho redefinir las sensaciones, que había cambiado para siempre su definición de pasión. El reloj de la repisa de la chimenea marcó la hora y, desterrando un sentimiento de remordimiento, recogió los bombachos y salió de la habitación sin hacer ruido.

Unos minutos más tarde estaba zarandeando a su secretario para que se despertara.

– Ahora me levanto, ahora -masculló Malcolm, con los ojos todavía cerrados.

– Tenemos que trazar el rumbo hacia Tánger que seguirá el Fair Undine. Te espero en la biblioteca dentro de cinco minutos.

Los ojos del joven secretario se abrieron de golpe.

– ¿Piensa zarpar hacia Tánger?

– Yo no, pero tú sí. -Darley se giró al llegar a la puerta-. Lady Grafton necesita un acompañante. ¿Quieres té o café?

– Café. ¿Cuándo zarpamos? -Malcolm había saltado de la cama y se estaba metiendo la camisa de noche por dentro de los bombachos.

– Esta mañana… con la marea. No necesitas los zapatos. Venga, trae las cartas de navegación -le ordenó Darley por encima del hombro mientras se alejaba-. Mandaré que te tengan café preparado.

Antes de que los hombres hubieran desenrollado completamente las cartas de navegación, el duque se unió a ellos, impecablemente vestido y afeitado, a diferencia de sus compañeros a medio vestir, que ofrecían un aspecto desaliñado.

– Os he estado esperando a los dos para levantarme -dijo el duque, haciendo un gesto al lacayo que acababa de entrar con la bandeja de café.

– Aún es temprano -respondió Julius-. Y mi yate siempre está listo para zarpar. El tiempo no es problema.

El duque cruzó la mirada con la de su hijo.

– ¿Vas a llevar a Lady Grafton en el Fair Undine?

– No. Lo hará Malcolm.

– ¿Cabe la posibilidad de que cambies de idea?

– No. Nada ha cambiado desde la última vez que hablamos.

– Ya veo. ¿Lo sabe ella?

Julius bajó las pestañas levemente.

– No hablamos de viajes en barco.

Dejaron el tema. El duque lo había entendido. Por lo menos Julius la mandaba de viaje con relativo lujo. El Fair Undine estaba muy por encima de la media de las embarcaciones mercantes.

– Tal vez te gustaría añadir algún cañón adicional -sugirió el duque-. La costa africana es una ruta marítima para los piratas y cada vez se muestran mucho más intrépidos. Un buque mercante de las Indias Orientales fue atacado el mes pasado. Algo muy raro para un barco tan grande.

– Supongo que las riquezas del flete eran un reclamo -dijo Julius-. El Fair Undine será menos apetecible. Y va bien armado. Cualquier peso adicional sólo pondría trabas a la velocidad. -El barco de Darley era una de las embarcaciones más rápidas, los récords de velocidad que ostentaba no habían sido batidos desde el 85, cuando el Fair Undine navegó por primera vez. Esa habilidad para navegar rápido sería de utilidad en la costa de Berbería.

– Tú lo sabes mejor que nadie -comentó su padre. Julius era un marinero aventajado. Desde pequeño había estado enamorado del mar. A medida que se hacía mayor compraba embarcaciones cada vez más grandes y veloces, conquistando los primeros puestos de las competiciones cuando rondaba los veinte años.

Durante la siguiente media hora, mientras Darley y Malcom trazaban el rumbo a Tánger, el duque hizo las veces de mero observador y les sirvió café. También hizo una lista con los productos que debían ser embarcados para el confort de Lady Grafton: una caja de champán, fruta del invernadero, carne roja inglesa de primera calidad, su propia mezcla especial de té. Afortunadamente Julius disponía de un chef a bordo para hacer más llevadero el viaje. Para su entretenimiento añadió a la lista algunos de los libros sobre purasangres de Julius. Elspeth había visto brevemente la colección la noche anterior, pero no habían dispuesto de tiempo para más. Por último, anotó en la lista que se embarcara hielo suficiente para mantener el champán frío.

– ¿Debería enviar más personal, teniendo en cuenta los víveres adicionales que estoy añadiendo? -preguntó el duque, sin estar seguro de si el personal del Fair Undine sería el adecuado para una dama.

Julius alzó la vista.

– Envía a quien quieras.

– ¿Hay sitio?

Julius arqueó una de sus cejas oscuras.

– ¿Qué es lo que estás pensando?

– Enviar unos cuantos criados más para que velen por la comodidad de la dama.

– ¿Unos cuantos?

– Eso es lo que estoy preguntando. ¿Qué camarotes están libres?

El marqués se encogió de hombros.

– Hay sitio. Haz lo que creas oportuno. -Si Malcolm no estuviera presente, hubiera añadido algo más. Su padre se estaba tomando demasiado interés por una de sus amantes.

Malcolm reclamó su atención, señalando la vía de entrada al puerto de Tánger.

– ¿Vamos solos o contrataremos a un piloto?

– Los mapas no son precisos en esta parte de la costa. Contrata a un piloto. -Darley soltó un bostezó y se estiró, la musculatura del tronco se estiraba y contraía en un movimiento suave y continuado-. Creo que es necesario. Dile al capitán Tarleton que tiene libertad para alterar la ruta. Esto es sólo una sugerencia.

– Sí, señor, y necesitaré una carta para el cónsul.

Julius se volvió hacia su padre.

– ¿Escribirías una carta? Tu nombre tendrá más peso. Elspeth necesitará ayuda, ella y su hermano, y los cónsules en lugares remotos como Tánger pueden ser, en algunos casos, pequeños tiranos.

El duque sonrió.

– Desplegaré un adecuado estilo pomposo.