Sophie la abrazó fuerte, dándole unas palmaditas en la espalda con suavidad, susurrándole en el pelo:
– Tranquila, tranquila, mi niña mimada… pronto se sentirá mejor… todo necesita su tiempo. Deje de llorar, tesoro. Llegarán tiempos mejores. Encontraremos a Will y lo traeremos a casa sano y salvo, y los dos empezarán una vida feliz.
Ojalá fuera cierto. Ojalá Sophie pudiera arreglarlo todo en ese instante como había hecho en el pasado, pensó Elspeth, sollozando en el hombro de su niñera. Pero la vida no era tan sencilla como cuando era niña. Una golosina o una palabra amable, o un paseo en su caballo favorito eran suficientes para hacer desaparecer todas sus penas.
Y no importaba que Sophie le dijera que pronto se sentiría mejor porque su corazón se había roto en mil pedazos.
Y encontrar a Will y traerle a casa sano y salvo era un viaje espantoso y abrumador… sin garantías.
Estaba muerta de cansancio, tenía los nervios de punta, todas sus sensaciones se habían redoblado en intensidad después de la pasada noche. Pero llorar no solucionaría nada. Poco importaban los mares de lágrimas que derramara, no estaba segura del amor de Darley ni del estado en que se encontraba Will.
Debía tranquilizarse. Respiró hondo, se alejó de Sophie.
– Ya he acabado de llorar -le dijo, ofreciéndole un amago de sonrisa-. Pronto estaré bien. Es sólo que he dormido poco.
– Pobre pequeña. Cualquiera puede ver que está cansada. Métase en la tina grande que está allí -le indicó Sophie, desabrochando la bata de Elspeth-, y descanse mientras la baño.
– Nos manda a Marruecos en su barco -una declaración sencilla, informativa, tan falta de emoción como pudo ingeniárselas-. Su secretario se ocupará de nuestro bienestar.
– Eso he oído. -Sophie dejó caer la bata por los brazos de Elspeth-. Todo el mundo corretea escaleras abajo.
– Es muy gentil por su parte dejarnos el Fair Undine -intentaba concentrarse en las cosas positivas, sin permitir que la voz se le quebrara.
– Sí, es muy amable. Espero que sea un barco magnífico. Sus intenciones son buenas -dijo Sophie y frunció el labio superior con desdén cuando le despojó de la bata.
– No te enfades, Sophie. Ni siquiera esperaba eso.
– Con hombres como el marqués, es mejor no esperar demasiado. Sólo piensan en ellos y siempre lo harán. No quiero decir que falten al respeto… eso es todo lo que saben… hacer lo que les place. -Sophie dejó la bata sobre una silla dorada.
– Mientras nosotras no hemos disfrutado de esa ventaja.
– O desventaja, en mi opinión -replicó Sophie, guiando a Elspeth hacia la bañera-. Si uno es demasiado egoísta, se está vendiendo al diablo, así lo veo yo.
– Es posible -aunque Elspeth era renuente a criticar a Darley cuando tantos otros hombres de su clase no eran mejores que él, y muchos, como su marido, eran mucho peores-. En cualquier caso, tenemos que darnos prisa -observó Elspeth, avanzando, con un estado anímico un tanto más alegre. Era útil poner las cosas en la perspectiva adecuada… Darley era un auténtico ángel comparado con Lord Grafton.
Al pensar en su marido arisco y de mal genio, Elspeth casi sintió una oleada de alivio por emprender un viaje que la llevaría fuera de Inglaterra, siempre y cuando encontrara a Will con buena salud… Tocaba madera.
Cuando dejaran atrás Inglaterra, Grafton ya no podría tocarla.
Qué gratificante era pensar en esa libertad.
– Dime que Will se encuentra mejor -dijo Elspeth, poniendo un pie en el agua humeante, necesitando consuelo por las circunstancias inquietantes que rodeaban a su hermano.
– Estará mejor, sin duda -le contestó Sophie.
Elspeth se hundió en aquel calor tranquilizador.
– Y no volveremos a ver a Grafton.
– Se lo pido a Dios y a todos los arcángeles del cielo, que así sea. Ahora sostenga el pelo en alto, preciosa, para que no se le moje. No hay tiempo para secarlo.
Capítulo 26
Darley estaba sentado a la mesa, frente a la ventana, bebiendo a sorbos su café, cuando ella entró en el dormitorio.
Dejó la taza y se levantó con una sonrisa en los labios.
– Parece que te has refrescado. Este color te sienta bien.
Elspeth llevaba un sencillo vestido largo de seda marrón y cuello y puños de encaje de color crudo. El color sombrío contrastaba con su tez pálida y su cabello dorado.
– Gracias. Me siento como nueva. Gracias por pensar en el baño.
– De nada -le tendió una silla como si fueran conocidos de hacía mucho tiempo, como si a menudo desayunasen juntos-. Espero que estés hambrienta. Maman ha pedido comida suficiente para un regimiento.
– Me muero de hambre -contestó Elspeth, examinando la cantidad imponente de comida mientras se sentaba a la mesa.
– ¿Café o té?-le preguntó y tomó asiento enfrente de ella, indicándole los dos botes-. Té, si no recuerdo mal.
– Sí, por favor.
– La mitad de leche, dos cucharadas de azúcar. ¿Lo recuerdo bien?
– Perfectamente -habían tomado el té la semana que habían pasado en Newmarket.
– No sé que lo te apetece desayunar. Por favor, sírvete.
Él también había tomado un baño, aún tenía el pelo húmedo, no como el suyo, que Sophie no le había dejado mojarse y le había recogido en la nuca con un lazo. Darley llevaba un abrigo azul muy fino, el lino prístino, el pañuelo del cuello impecablemente anudado, el chaleco y los bombachos, ambos color canela y hechos a medida. Apretó las manos y las dejó encima del regazo para luchar contra el impulso de lanzarse en sus brazos y declararle con pasión su amor eterno. Qué vergüenza pasaría si se dejaba llevar por sus emociones.
La mirada de Darley se encontró con la suya como reacción a su silencio repentino.
– ¿Prefieres que te sirva yo?
– Sí, gracias.
Él levantó la mirada al oír el tono de su voz, a punto de coger una loncha de bacón.
– ¿Te encuentras bien?
Elspeth se esforzó en sonreír.
– Sólo estoy un poco cansada. Dormiré cuando estemos a bordo.
– No debería haberte mantenido despierta toda la noche. Mis disculpas.
– Yo te mantuve despierto. No tienes que disculparte.
– En cualquier caso, me hiciste muy feliz.
Ella no podría haber utilizado una palabra más anodina. Para expresar sus sentimientos, habría tenido que recurrir a mil superlativos mucho más electrizantes. Pero así era la alta sociedad. Aquel era Lord Darley, sentado frente a ella… un hombre que sólo se entretenía con las mujeres. Tenía que mostrar unos modales tan buenos como los de él.
– Has conseguido que mi estancia en Londres sea deliciosa. Recordaré la pasada noche con cariño.
¿Por qué le molestaban sus comentarios amanerados?
¿Por qué no estaba contento de que ella se tomara ese adiós con aplomo? ¿Acaso no había sentido siempre aversión por las mujeres que le montaban escenas superfluas al separarse? ¿No le desagradaban los amantes que se reclamaban entre sí? Sí, la respuesta era sí, y con todo… habría deseado que ella sintiera un poco lo mismo que él estaba sintiendo.
Él hubiera preferido que se sintiera tan… buscó la palabra apropiada… y finalmente se decidió por miserable. Tan miserable como él.
Merde.
Ese sentimentalismo nunca funcionaría.
Necesitaba un trago.
Apartándose de la mesa, Darley murmuró:
– Han olvidado mi brandy -caminó hacia la puerta, la abrió y llamó por señas a un lacayo que revoloteaba por allí.
La perspectiva de una bebida le calmó o tal vez desvió el preocupante rumbo que estaban tomando sus pensamientos. Recuperando un estado anímico más familiar, Darley pudo conversar otra vez acerca de naderías con savoir faire.