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– ¿Afrontar las cosas como un adulto? -en el mismo momento que lo dijo se dio cuenta de lo impertinente que sonaba.

Los nudillos de la mano que sujetaba el vaso se pusieron blancos y Darley dejó rápidamente el vaso antes de hacerlo añicos.

– Quizá sea mejor que lo discutamos más tarde. -De aquí a diez años, pensó él, caminando a grandes pasos hacia la puerta.

– No te culparía si damos media vuelta -susurró Elspeth, atacada de repente por los remordimientos. Su propia petulancia la mortificaba, era tan impropio de ella y deplorable que no encontraba las palabras para expresarse. ¿Podía culpar de su rudeza a los meses vividos junto a Grafton?

Ojalá pudiera. Pero no podía echarle la culpa a Grafton de aquella hostilidad poco razonable. Esa insensatez impulsiva, aquel furioso tumulto en su cerebro, tenía que ver con Darley. Le quería demasiado. O tal vez no le quería lo suficiente como para aceptar sus condiciones.

O tal vez ella no sabía lo que de verdad quería.

Excepto que ella, tonta e insensata, quería que su amor fuera correspondido.

Quería que él la amara… algo poco probable.

Lo que era particularmente humillante era que se había convertido en lo que no quería… otra mujer en la larga cola de las féminas que calentaban la cama de Darley.

Si blasfemar ayudaba en algo, ella hubiera blasfemado a los cielos. Si hubiera un motivo para que él fuera suyo, discutiría esa cuestión hasta el infinito, si implorar fuera útil para su cometido, lo haría de buena gana. Pero su mente iba más allá de la lucidez necesaria, y, emocionalmente derrotada y exhausta, cedió a la desesperación y se desmoronó sobre un puf de seda de color marrón.

Estirada sobre la alfombra, luchó por contener sus lágrimas, intentando desesperadamente no romper a llorar. Y por unos instantes lo consiguió… hasta que vertió la primera lágrima y el dique se rompió.

Él se dio la vuelta cuando ella dejó de hablar, con la mano en el cerrojo de la puerta. Presenció cómo ella sufría una crisis nerviosa sin mover un dedo, pero no estaba seguro de si quería involucrarse. Ella había causado un tumulto indecible en su vida, provocando cambios importantes en su forma de vida… comenzando por ese desastroso y maldito viaje a Tánger. Sin mencionar el pésimo efecto que había provocado en su familia… evocando sermones sobre amor y felicidad por boca de su padre, y animando a su madre a castigarle.

Darley frunció la boca, deliberando seriamente la locura que sería responderla, inspiró, expulsó el aire, y pensó un instante en las razones por las que estaba allí. Luego, juró en voz baja, cerró la puerta de un golpe, sabiendo que lo que estaba haciendo iba en contra del buen juicio y de todos los principios que habían gobernado su vida hasta entonces.

Avanzó lentamente hacia donde ella yacía… como si una mano invisible le impidiera su paso antes de que fuera demasiado tarde. No lo consiguió. Se detuvo a su lado, se inclinó y la levantó en sus brazos. Y supo que con ese acto su vida había cambiado para siempre.

No se produjo ningún presagio maravilloso, ningún destello de luz o un sonido de trompetas que anunciara que allí estaba ocurriendo un acontecimiento de vital importancia. Y allí de pie, en medio del camarote, y con Elspeth entre sus brazos, entendió que había asumido una nueva responsabilidad para la que antes se consideraba incapaz.

Una responsabilidad no del todo desagradable, decidió Darley en su fuero interno, mirando a aquella dama que le había empujado a viajar tan lejos de casa. Muy lejos.

– Si quieres, puedes darle las joyas a Sophie -murmuró Darley, bromeando un poco para tratar de refrenar su llanto-. No quería entristecerte.

Sus ojos se abrieron espoleados por la bondad de su tono de voz, alzó la cara bañada de lágrimas, y le ofreció una sonrisa que le retorció el corazón.

– No… te… merezco -susurró Elspeth.

– Quizá nos merezcamos el uno al otro -respondió Darley, aludiendo sin dudarlo a una conexión entre ellos… Por lo visto, sin prestar atención a aquella afirmación tan sorprendente, puesto que añadió con una sonrisa-: Dicen que puedo ser intratable.

– No… no, nunca. -A sus ojos se había comportado como un verdadero salvador-. Te pediré perdón por mi… petulancia… cada día que pase hasta Tánger -murmuró Elspeth entre sollozos-. Te lo prometo.

Él sabía lo que quería en lugar de las disculpas, pero se mordió la lengua en una situación tan delicada.

– Has soportado mucha tensión -le dijo Darley en lugar de pronunciar en alto sus verdaderos pensamientos, llevándola de nuevo al sillón y sentándola en su regazo-. Descansa, decidiremos lo que haremos más tarde.

– Haré todo lo que me pidas -Elspeth tomó aire, bajó las pestañas levemente. A medida que hablaba, una paz gratificante inundaba su cuerpo y mente. El perdón de Darley era un bálsamo relajante para todo lo que la había atormentado.

Y en unos segundos quedó atrapada en un sueño profundo, como si su acalorado contratiempo le hubiera arrebatado sus últimas fuerzas.

Él la abrazó mientras se quedaba dormida. Su respiración lenta era un reconfortante pianissimo, el aroma a lila de su pelo perfumado le impregnó el olfato, la calidez del cuerpo de ella contra el suyo era un dulce éxtasis, cuando no se creía capaz de apreciar unos placeres tan sencillos.

Estaba contento.

Feliz.

Se sentía infundido por una nueva determinación que aliviaba y apaciguaba las dificultades que ella afrontaba. Elspeth había luchado demasiado tiempo contra las desgracias de su vida. Él estaba allí simplemente para ofrecerle ayuda y consuelo. Un hombre como él, que siempre había evitado los líos, se sintió particularmente encantado de contar con todos los medios para ocuparse de su futuro.

Encontrarían a su hermano y lo traerían de vuelta a casa.

Y si había tiempo, traería también los caballos que Bachir había comprado para él durante su último viaje.

Elspeth y su hermano podrían elegir entre los purasangres para establecer su propia caballeriza. Le daría a Will una manutención y complacería a Elspeth con el pacto. Y lo más importante de todo, si se instalaban confortablemente en su propia casa, Elspeth no tendría que volver con Grafton.

Darley hacía planes afanosamente mientras ella dormía.

Hubiera querido llamar a Malcolm para empezar a redactar una lista con las prioridades. Conocía una pequeña hacienda en venta, cerca de su cuadra en Gloucestershire. Mandaría a Malcolm a hacer algunas preguntas. La casa solariega y las caballerizas necesitaban algunas reformas, pero Malcolm era competente cuando se trataba de controlar a los constructores. Él había supervisado todos los temas relacionados con la construcción en las propiedades de Darley. Elspeth también necesitaría un preparador, por supuesto… alguien con buenas recomendaciones. Quizás alguno de los empleados de su vieja caballeriza estaría disponible.

Su mente saltaba de proyecto en proyecto y, cuando ella se despertó después de un rato, él la recibió con una sonrisa.

– Tengo un plan -le dijo Darley-. Escúchame.

* * *

Capítulo 29

Cuando Darley terminó con sus explicaciones, el corazón de Elspeth galopaba en medio de una compleja maraña de esperanza, miedo y consternación.

– ¿Y bien? -preguntó Darley, expectante.

– No sé qué decir -Elspeth no quería discutir de nuevo, pero se preguntaba cómo podía aceptar tanto de él, sin comprometerse a ojos de los demás. Era consciente del posible escándalo en el que su nombre podía estar ya envuelto. Pero lo estaba haciendo por su hermano. No para su provecho. Y en cuanto a su amor por Darley, eso era un asunto privado. Pero si le permitía hacer lo que tenía en mente, la tildarían de ser la protegida de Darley. Y una vez diera el paso, el mundo donde había vivido hasta ahora le sería vedado para siempre.