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– ¿Sí?

– ¿Por qué?

– Es privado -dije-. Estoy trabajando para alguien, no puedo…

Él estaba sacudiendo la cabeza.

– ¿Por qué gastarse veinticinco dólares en algo que podrías haber conseguido gratis con una simple llamada de teléfono? ¡Por Dios santo, Matt! ¿Cuánto tiempo hace que no llevas tu placa? ¿Tanto como para que se te haya olvidado cómo conseguir un listado del registro de vehículos? Llamas, te identificas, ya sabes cómo va eso, ¿no?

– Pero pensé que era robado.

– Pues si quieres comprobarlo en la lista de coches robados, llamas a alguien del departamento. Dices que eres un poli que está en turno de vigilancia, o algo así, y que has visto un coche que crees que podría ser robado y que necesitas que lo comprueben. Eso te ahorra tener que venir hasta aquí y también te ahorra el dinero de un sombrero.

– Pero eso sería suplantar a un agente de policía -dije.

– ¿Sí? ¿De verdad? -Le dio un golpecito al dinero-. Pues técnicamente, esto -dijo- es sobornar a un agente de policía. Has elegido el mejor lugar para hacerlo, ¿eh?

La conversación me estaba haciendo sentir incómodo. Hacía menos de doce horas que había suplantado a un agente de policía, al conseguir el número de teléfono de Carolyn Cheatham que no aparecía en la guía de teléfonos. Dije:

– A lo mejor es que te echaba de menos y quería verte, Eddie. ¿Qué te parece?

– A lo mejor. O a lo mejor es que se te está oxidando el cerebro.

– Es posible.

– A lo mejor deberías dejar el alcohol y volver a ser una persona normal. ¿Es posible?

Me levanté.

– Siempre es un placer verte, Eddie. -Él tenía más cosas que decir, pero yo no tenía por qué quedarme allí a oírlas.

Había una iglesia cerca, Santa Verónica; era una pila de ladrillos rojos en la calle Christopher, cerca del río. Un vagabundo se había colocado en las escaleras, tenía una botella vacía de Night Train en la mano. Por un momento pensé que Eddie había llamado a alguien para que pusiera a ese hombre allí, para que yo viera una nefasta muestra de lo que podría esperarme en el futuro. No supe si reírme o temblar.

Subí las escaleras y entré. La iglesia era grande y tenebrosa y estaba vacía. Me senté y cerré los ojos un minuto.

Pensé en mis dos clientes, Tommy y Skip, y en el pésimo trabajo que estaba haciendo para ellos. Tommy no necesitaba mi ayuda y, de todos modos, tampoco se la estaba dando. En cuanto a Skip, tal vez le había ayudado con el intercambio, pero había cometido errores. ¡Por Dios! Tendría que haberles dicho a Billie y a Bobby que anotaran las matrículas, no debería haber dejado que a Billie se le ocurriera esa idea por su cuenta.

Casi me alegraba de que al final el coche fuera robado. Así, la pista de Keegan no nos llevaría a ninguna parte y mi falta de previsión no tendría importancia.

Estúpido. Bueno, de todos modos, había sido yo el que los había colocado allí, ¿no? No habrían visto el coche, y no digamos el número de la matrícula, si hubieran estado con Kasabian al otro lado de la manzana.

Me levanté, metí un dólar en la ranura y encendí una vela. Había una mujer de rodillas a pocos metros de mí. Cuando se levantó, vi que era un transexual. Era como cinco centímetros más alta que yo. Sus rasgos eran mitad latinos, mitad orientales. Sus hombros y sus brazos eran musculosos y sus pechos, del tamaño de un melón cantalupo, tensaban su top atado al cuello y de espalda descubierta.

– Bueno… Hola -dijo ella.

– Hola.

– ¿Has venido a ponerle una vela a Santa Verónica? ¿Sabes algo de ella?

– No.

– Yo tampoco. Pero prefiero pensar en ella como si fuera -dijo mientras se colocó un mechón de pelo para que le cayera sobre la frente- Santa Verónica Lake.

El tren N me dejó a varias manzanas de la iglesia que estaba en Ovington con la Decimoctava Avenida. Una mujer que se encontraba sola, vestida con unos pantalones que parecían tener salpicaduras de pintura y una camisa de militar, me indicó dónde se encontraba el despacho del pastor. Allí no había nadie más que un joven rechoncho con la cara llena de pecas. Tenía un pie apoyado sobre el brazo de la silla y estaba afinando una guitarra.

Le pregunté dónde estaba el pastor.

– Soy yo -dijo, poniéndose derecho-. ¿En qué puedo ayudarle?

Le dije que había oído que se había cometido un acto vandálico en el sótano la noche anterior. Él me sonrió.

– ¿Así que fue eso? Alguien le disparó al fluorescente de la luz. El daño no ascenderá a mucho. ¿Le gustaría ver dónde ocurrió?

No tuvimos que utilizar las escaleras por las que yo había bajado la noche anterior. Bajamos unas escaleras interiores y entramos en la habitación cruzando el arco cubierto por una cortina por el que nuestros amigos ataviados con pelucas y barbas habían salido. Todo estaba colocado; las sillas apiladas y las mesas plegadas. La luz del día se filtraba por la ventana.

– Ahí está -dijo señalando al techo-. Había cristales por el suelo, pero ya los hemos barrido. Supongo que habrá visto el informe policial.

No dije nada, me limité a mirar a mi alrededor.

– ¿Está con la policía, verdad?

Él no me estaba investigando, únicamente quería asegurarse. Pero algo me detuvo. Tal vez el final de mi conversación con Eddie Koehler.

– No -dije-. No lo estoy.

– Ah. Entonces su interés se debe a…

– Anoche estuve aquí.

Él me miró, esperando que continuara. Me pareció un hombre muy paciente. Podías sentir que quería escuchar lo que tuvieras que decirle y que podías tomarte el tiempo que necesitaras. Supongo que esa cualidad sería muy útil para un pastor.

Yo dije:

– Antes era policía. Ahora soy detective privado -lo cual quizá era técnicamente incorrecto, pero se acercaba bastante a la verdad-. Anoche estuve aquí para intercambiar dinero por unas cosas que le pertenecían a mi cliente y que se habían llevado para pedir un rescate.

– Entiendo.

– La otra parte, los criminales que habían robado las pertenencias de mi cliente, eligieron este sitio para el intercambio. Ellos fueron los que dispararon.

– Entiendo -volvió a decir-. ¿Alguien… resultó herido? La policía ha buscado manchas de sangre. Yo no sé si todas las heridas sangran.

– No dispararon a nadie. Se produjeron dos disparos solamente y ambos fueron directos al techo.

Él suspiró.

– Es todo un alivio. Bueno, señor eh…

– Scudder. Matthew Scudder.

– Yo soy Nelson Fuhrmann. Creo que antes nos hemos saltado las presentaciones. -Se pasó la mano por su pecosa frente-. Supongo que la policía no sabe nada de esto.

– No. No sabe nada.

– Y usted preferiría que no lo hiciera.

– Sería más sencillo si no supieran nada.

Tras pensarlo, asintió.

– De todos modos dudo que vaya a tener la ocasión de contárselo -dijo-. No creo que vuelvan por aquí, ¿y usted? No es un crimen de importancia.

– A lo mejor alguien se pasa. Pero no se sorprenda si no vuelve a saber de ellos.

– Rellenarán un informe -dijo él- y todo se quedará ahí. -Volvió a suspirar-. Bueno, señor Scudder, debe de tener una razón para haberse arriesgado a que yo le mencionara su visita a la policía. ¿Qué espera descubrir?

– Me gustaría saber quiénes fueron.

– ¿Los villanos? -Se rió-. No sé de qué otro modo llamarlos. Si fuera policía, supongo que los llamaría autores del crimen.

– Podría llamarlos pecadores.

– Ah, pero bueno, todos lo somos, ¿no? -Me sonrió-. ¿No conoce su identidad?

– No. Y llevaban disfraces, pelucas y barbas postizas, así que ni siquiera sé qué aspecto tienen.

– No sé cómo podría ayudarle. No cree que estén relacionados con la iglesia, ¿verdad?

– Estoy casi seguro de que no. Pero eligieron este lugar, reverendo Fuhrmann y…

– Llámeme Nelson.