Выбрать главу

– … y eso puede indicar que conocen la iglesia y esta habitación en particular. ¿Encontró la policía algún signo de que hubieran forzado la cerradura?

– Creo que no, no.

– ¿Le importa si echo un vistazo a la puerta? -Examiné la cerradura de la puerta que daba a las escaleras. Si la forzaron, yo no pude ver ninguna señal. Le pregunté qué otras puertas daban al exterior, me llevó a ellas, lo comprobamos y ninguna tenía signos de que alguien hubiera entrado ilegalmente.

– La policía dijo que una puerta debió de quedarse abierta -explicó él.

– Eso sería lógico si esto fuera un simple caso de vandalismo o alguna travesura. Unos niños se encuentran una puerta abierta, entran y lo revuelven todo un poco. Pero esto fue planeado, estaba preparado. No creo que nuestros pecadores contaran con que la puerta estuviera abierta. ¿O acaso aquí lo de cerrar las puertas con llave es algo que se deja al azar?

Él negó con la cabeza.

– No, siempre cerramos con llave. Tenemos que hacerlo, incluso en un barrio decente como este. Cuando la policía llegó anoche, había dos puertas abiertas; esta puerta y la de detrás. Está claro que no nos habríamos dejado las dos sin cerrar.

– Si una estaba abierta, ¿la otra podría abrirse desde dentro?

– Oh, claro. Sin embargo…

– Debe de haber muchas llaves en circulación, reverendo. Estoy seguro de que muchos grupos de la comunidad utilizan las dependencias de la iglesia.

– Oh, por supuesto -dijo-. Sentimos que es parte de nuestra función el cederle nuestro espacio a los demás cuando nosotros no lo necesitamos. Y el alquiler que recibimos por ello supone una parte importante de nuestros ingresos.

– Entonces el sótano suele ser utilizado por las noches.

– Oh, claro. Veamos… el grupo de Alcohólicos Anónimos se reúne aquí todos los jueves por la noche y hay otro grupo de Al-Anon que utiliza la habitación los martes; por cierto, esta noche vendrán. Y los viernes, ¿quién está aquí los viernes? En los pocos años que llevo aquí, este lugar se ha utilizado para un sinfín de actividades. Tuvimos un pequeño grupo de teatro que venía a ensayar, tenemos una reunión de exploradores una vez al mes, tenemos… bueno, puede ver que hay muchos grupos distintos con acceso a nuestras áreas.

– Pero aquí no se reúne nadie los lunes por la noche.

– No. Había un grupo de feministas que se reunían los lunes hasta hace tres meses, pero creo que luego decidieron ir quedando en sus propias casas. -Ladeó la cabeza-. Está sugiriendo que… em… los pecadores estarían en condición de saber que este sitio estaría vacío anoche.

– Eso es lo que estaba pensando.

– Pero podrían haber llamado y haberse informado. Cualquiera podría haber llamado y haber fingido que era alguien interesado en utilizar la sala y que quería comprobar si estaba disponible.

– ¿Han recibido alguna llamada de ese tipo?

– Bueno, las recibimos constantemente -dijo-. Así que no es algo que alguien de aquí recordaría especialmente.

– ¿Por qué siempre vienes por aquí y le preguntas a todo el mundo por el Ratón Mickey? -quería saber la mujer.

– ¿Quién?

Ella soltó una carcajada.

– Miguelito Cruz. Ya sabes, Miguelito en inglés se dice little Michael. Y eso es igual que Mickey. La gente lo llama Ratón Mickey. O al menos, yo lo hago.

Estábamos en un bar puertorriqueño en la Cuarta Avenida, situado entre un herbolario y una tienda que alquilaba ropa de etiqueta. Había tomado el tren N después de mi visita a la iglesia luterana en Bensonhurst con la intención de volver a la ciudad, pero en lugar de eso había acabado levantándome repentinamente en la calle Cincuenta y Tres en Sunset Park y me había bajado del tren allí. No tenía nada más que hacer, no sabía por dónde continuar la investigación para Skip, así que pensé que podría hacer algo para justificar el dinero que recibía de Tommy Tillary.

Además, era la hora del almuerzo y me apetecía un plato de judías negras con arroz.

Estaban tan buenas como me había imaginado. Las bajé con una botella de cerveza fría y luego pedí un flan de postre y me tomé un par de espressos. Los italianos te sirven lo que entra en un dedal. Los puertorriqueños te sirven una taza llena.

Luego fui de bar en bar, me pedí cervezas y me las tomé despacio y fue entonces cuando me encontré con esa mujer que quería saber a qué se debía mi interés por el Ratón Mickey. Tendría unos 35 años, el pelo y los ojos oscuros y una dureza en su rostro que hacía juego con la dureza de su voz. Su voz, marcada por el tabaco, el alcohol y la comida picante, era esa clase de voz que podría cortar el cristal.

Sus ojos eran grandes y dulces y lo que se podía ver de su cuerpo indicaba que tendría la misma suavidad y dulzura que esos ojos. Iba vestida con muchos colores vivos. Tenía el pelo recogido con un pañuelo rosa chillón, su camisa era de color azul eléctrico, sus pantalones a la altura de la cadera eran amarillo canario y sus tacones de aguja de color naranja fosforito. La blusa dejaba ver parte de sus voluminosos pechos. Su piel parecía cobre, pero tenía cierto rubor, como si estuviera encendida por dentro.

Yo pregunté:

– ¿Conoces al Ratón Mickey?

– Claro que lo conozco. Lo veo siempre en los dibujos animados. Es un ratón muy divertido.

– Me refiero a Miguelito Cruz. ¿Conoces a ése Ratón Mickey?

– ¿Eres poli?

– No.

– Pues lo pareces, te mueves como un poli y haces preguntas como un poli.

– Antes lo era.

– ¿Te echaron por robar? -Se rió mostrando un par de dientes de oro-. ¿Por aceptar sobornos?

Negué con la cabeza.

– Por disparar a niños -dije.

Ella se rió con más fuerza.

– Anda ya -dijo ella-. No te despiden por eso. Por eso te ascienden, te hacen jefe de policía.

No tenía acento de ser de la isla. Era una chica de Brooklyn. Volví a preguntarle si conocía a Cruz.

– ¿Por qué?

– Olvídalo.

– ¿Eh?

– Que lo olvides -le dije, le di la espalda y seguí con mi cerveza. No pensé que fuera a dejarme en paz. Miré por el rabillo del ojo. Estaba bebiendo algo con color con una pajita y, mientras la observaba, se terminó la bebida.

– ¡Eh! -dijo-. Invítame a una copa.

La miré. Sus ojos no vacilaron. Le hice una seña al camarero, un hosco hombre gordo que parecía estar peleado con el mundo. Le preparó lo que fuera que ella estaba bebiendo. Para hacerlo necesitó usar la mayoría de las botellas que había en el bar. Lo puso delante de ella, me miró y yo levanté mi vaso para que viera que no quería más.

– Lo conozco muy bien -dijo ella.

– ¿Sí? ¿Y sonríe alguna vez?

– No me refiero a él, te hablo del Ratón Mickey.

– Ajá.

– ¿Qué quieres decir con «ajá»? Es un crío. Cuando crezca, entonces podrá venir a verme. Si es que crece, claro.

– Háblame de él.

– ¿Qué quieres que te cuente? -Le dio un sorbo a su bebida-. Se mete en problemas por enseñarle a todo el mundo lo duro y lo listo que es. Pero no es tan duro, ¿sabes?, y tampoco es tan listo. -El gesto de su boca se suavizó-. Pero es guapo. Siempre lleva ropa chula, siempre va muy peinado y recién afeitado. -Extendió la mano para acariciarme la mejilla-. Es suave, ¿sabes? Y es pequeño, es muy mono y te dan ganas de achucharlo, de acurrucarlo y llevártelo a casa.

– ¿Pero eso nunca lo has hecho?

Ella volvió a reírse.

– Hey, tío, ya tengo bastantes problemas.

– ¿Crees que te causaría problemas?

– Si me lo llevara a casa -dijo ella-, se pasaría todo el rato pensando: «¿Y ahora cómo voy a hacer que esta zorra me deje ponerla en la calle?».

– ¿Es un chulo? Eso no lo había oído.

– Si estás pensando en un chulo con sombrero morado y un Cadillac Eldorado, olvídalo. -Y se rió-. Eso es lo que le gustaría a la «Rata» Mickey. Un buen día va y conoce a esa chica nueva, recién llegada de Santurce, de un pueblecito al lado de Santurce, ¿sabes? Y él la convence para que trabaje fuera de su apartamento, para que se vea con uno o dos tipos al día, ya sabes, tíos que él encuentra.