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– ¿Sólo coleccionas monedas nacionales?

– Monedas y sellos. Pero sólo de los Estados Unidos. Un buen coleccionista tiene que fijarse unos límites. De ese modo, no desperdicias dinero buscando cosas que en realidad no necesitas -contestó Sinclair. Luego le devolvió el catálogo a Alistair y se levantó-. Seguiremos hablando, Edward. Eres un hombre interesante.

– Gracias, señor -dijo Sean al tiempo que se ponía también de pie.

Laurel esperó a que su tío y Alistair salieran. Luego sonrió.

– Te ha enseñado la enciclopedia -dijo.

– ¿Eso es bueno?

– No es más que un libro, pero es como su Biblia. Debe de sabérselo de memoria.

Sean asintió con la cabeza y cerró la enciclopedia.

– ¿No me va a poner una prueba?

– Puede, pero no de inmediato -Laurel se agachó y le dio un beso en la mejilla-. Eres un buen marido.

– Para eso me pagan -Sean sonrió encogiéndose de hombros.

Se le paró el corazón. Por un momento, Laurel había olvidado que no era más que una interpretación y que aquel hombre apuesto no era en realidad su marido.

– Supongo que es hora de acostarse.

– Ya sé lo que haré si no puedo dormir – dijo él sujetando la enciclopedia.

Luego la rodeó por la cintura y salieron juntos de la biblioteca. Laurel sabía que aquel gesto posesivo era innecesario. Estaban solos. No los veía nadie. Pero le gustaba lo que sentía cuando la tocaba, la sensación de cariño que le transmitía.

Pero, ¿qué ocurriría una vez que se encerraran en la habitación?, ¿seguirían adelante con aquel falso romance? El corazón se le aceleró con cada escalón que subían. Había llegado la noche de bodas que no había tenido. Y le daba miedo que amaneciese demasiado pronto.

Capítulo 4

Sean cerró la puerta del dormitorio y se recostó contra ella mientras Laurel avanzaba hacia la cama de matrimonio. La habitación, como el resto de la mansión, estaba llena de antigüedades caras y telas bonitas, nada que ver con la casa destartalada en la que se había criado o el piso en el que vivía en Southie.

Todo eran recordatorios de que pertenecían a mundos distintos. El cheque de diez mil dólares que tenía en la cartera representaba una fortuna para él, la oportunidad de establecer su negocio. Para Laurel, en cambio, era calderilla. Y, en el fondo, no podía culparla. De presentársele la ocasión de ganar cinco millones de dólares, Sean probablemente habría arriesgado algo más que dinero.

Mientras se movía por la habitación, siguió con la mirada su cuerpo esbelto, sus bellas facciones. Había conocido a muchas mujeres guapas, pero la belleza de Laurel las eclipsaba a todas. No era como las mujeres con las que solía verse. Ella… tenía clase. Era inteligente. Y estaba fuera de su alcance.

– Creo que esta noche nos ha ido bastante bien -comentó ella al tiempo que acariciaba un conejito de porcelana que había sobre la mesilla de noche.

– ¿Crees que sospecha algo? -preguntó Sean después de dejar el libro sobre una mesa junto al sofá.

– ¿Y tú?

Sean se encogió de hombros. La entrevista con Sinclair había sido cuando menos extraña. El anciano no parecía interesado por el matrimonio de su sobrina. Apenas se había fijado en que Laurel estaba en la biblioteca, de ocupado que estaba con sus monedas. Pero a Sean no lo engañaba.

– Tu tío quiere que creas que le falta un hervor.

– ¿Un hervor? -repitió ella-. ¿Es una broma de vegetarianos?

– No, quiero decir que está un poco…

– ¿Tronado? -Laurel sonrió.

– Pero en realidad no lo está. Sólo quiere hacértelo creer. En realidad tiene una cabeza muy lúcida.

Laurel retiró la cubierta de la cama.

– Nunca he logrado entenderlo. Mi madre murió cuando tenía diez años y mi padre cuando tenía diecinueve. Tío Sinclair se hizo cargo de mí. Es toda mi familia… Pero ni siquiera sé qué siente por mí.

– ¿Te importa? -preguntó Sean.

Laurel se sentó en un borde de la cama, puso las manos en el regazo y se miró las uñas. Sean contuvo el impulso de sentarse junto a ella y abrazarla. Se había pasado toda la velada interpretando al marido modélico, tocándola de vez en cuando, sonriendo cuando decía algo, sujetándole la mano cuando hablaba con su tío. Le había parecido muy natural, pero, una vez a solas, no le bastaba con eso. ¿Dónde terminaba la farsa y dónde empezaba el deseo?

– Sería bonito saber que hay alguien en el mundo que me quiere -contestó Laurel-. Tú tienes familia. Seguro que te quieren mucho.

Sean se acordó de su madre. Aunque sabía que siempre podría contar con su padre y sus cinco hermanos, todavía no había resuelto su relación con Fiona Quinn.

– Supongo -contestó.

Sería tan fácil confiar en Laurel, abrirle el corazón y compartir con ella problemas que siempre se había callado. Pero debía recordar que Laurel era una mujer y que, por tanto, no debía fiarse de ella.

– Háblame de tu familia -le pidió Laurel.

Sean se apartó de la puerta, se acercó por su bolsa y terminó de sacar camisetas y calzoncillos.

– No tienes por qué darme conversación – contestó. Luego, al ver la cara de Laurel, lamentó haber sido tan brusco. Se sentó a su lado y le agarró una mano-. Perdona, es que no suelo hablar de esas cosas. Deportes, el tiempo, actualidad… hasta ahí me manejo.

– No, tienes razón. No tenemos por qué hablar de temas personales. Conviene que recuerde que sólo estás haciendo un trabajo.

– Es lo que querías, ¿no?

Laurel asintió con la cabeza. Después retiró la mano y se levantó.

– Voy a darme una ducha… ¿o prefieres entrar al baño tú primero?

– No, adelante -dijo él-. ¿Cómo vamos a hacer para dormir? -preguntó entonces, tras echar un vistazo a la habitación.

Laurel miró hacia la cama. Por un momento, Sean pensó que lo invitaría a compartirla. Aunque la perspectiva resultaba tentadora, prefirió no jugar con fuego y apuntó hacia un sofá que había en un lateral de la habitación.

– Me arreglaré en el sofá -dijo.

– No, quédate tú con la cama -contestó ella al tiempo que agarraba una colcha-. Ese sofá es demasiado pequeño para…

– En casa duermo en el sofá constantemente -Sean le quitó la colcha-. Si no es cómodo, siempre puedo tirarme al suelo.

– Está bien -Laurel agarró un albornoz-. Voy a ducharme.

Cuando la puerta del baño se cerró, Sean soltó el aire que había estado conteniendo. Había creído que sería un trabajo sencillo, pero la tensión que había entre los dos hacía que cada segundo que pasaban juntos fuese una auténtica tortura. Casi le entraban ganas de volver a la biblioteca a seguir hablando con su tío.

Sean se acercó a la puerta del cuarto de baño y oyó el correr del agua. Se imagino a Laurel desnudándose, metiéndose bajo el agua, dejando que se deslizara por su cuerpo… pasando las manos enjabonadas por…

Sean maldijo para sus adentros y se alejó. ¡Era una locura! ¿Cómo pretendía que conviviese con ella como si fuese su marido y no pensar en los placeres que un marido solía compartir con su mujer?

Se mesó el pelo y fue hacia la puerta. No iba a estar ahí parado hasta que Laurel saliera del baño con la piel húmeda y el albornoz pegado al cuerpo. Tenía que encontrar alguna distracción hasta que se metiera en la cama y apagase las luces.

Bajó las escaleras con sigilo. Cuando llegó a la puerta de la cocina, la empujó y se frenó, sorprendido al encontrarse a Alistair todavía despierto.

– Creía que se había acostado -comentó sonriente el hombre.

– Extraño la casa -dijo Sean-. Creo que tardaré un par de noches en acostumbrarme.

– ¿Quiere que le prepare algo?

– ¿Hay cerveza?

Alistair asintió con la cabeza y sacó dos botellas de una nevera enorme.