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– ¿Por qué te has casado con Laurel? -preguntó Sinclair.

– Porque la quiero.

– ¿Y crees que tu matrimonio durará muchos años?

– Sí -Sean asintió con la cabeza.

– Perfecto -Sinclair alzó una mano y Alistair le entregó un cheque. Laurel trató de contener la emoción. Pero no era una felicidad completa. Su futuro estaba a punto de empezar, pero su presente con Sean quedaría atrás-. Dados los tiempos que corren, me ha parecido necesario tomar unas precauciones por si el matrimonio resulta no ser… ¿cómo decirlo? Permanente. A tal fin, he decidido que te entregaré el dinero a plazos. Te daré doscientos cincuenta mil dólares hoy, quinientos mil en tu primer aniversario, un millón en el segundo, dos en el tercero y el resto en el cuarto. Si sigues casada, habrás recibido todo el dinero a los treinta y un años. Me parece una propuesta razonable.

– Ése no era el trato -Laurel se puso de pie-. No puedes hacerme esto. No puedes cambiar las reglas a mitad del juego.

– Puedo hacer lo que quiera -Sinclair se puso firme en la silla-, Ah, y otra condición. Tu marido y tú tenéis que seguir viviendo en la mansión. Ésta es la casa de los Rand y cualquier descendiente debe nacer y criarse aquí.

– ¿Por qué?, ¿por qué lo haces? -exigió Laurel-. ¿Quieres que te odie?

– Quiero que seas feliz -contestó su tío como si fuese una respuesta evidente para todos menos para ella.

– Pues no lo parece -Laurel, incapaz de contenerse más, arrugó el cheque, se lo tiró a la cabeza y salió de la biblioteca. El cuerpo le temblaba, no sabía si gritar o llorar. ¡Tenía veintiséis años y estaba sometida por un hombre de ochenta!

Subió las escaleras de dos en dos y se encerró en su habitación de un portazo.

– Se acabó. No aguanto más. Que se quede con el dinero y se lo meta por… -Laurel dejó la frase a medias. Abrió unas maletas y empezó a sacar ropa del armario-. ¡Vete! -gritó cuando oyó que llamaban.

La puerta se abrió y Sean entró en la habitación.

– ¿Qué haces? -preguntó mirando las maletas.

– Estoy harta. Me da igual el dinero, me da igual el centro. No es más que un sueño estúpido. Creía que podía hacer algo de lo que mis padres se habrían sentido orgullosos, pero es imposible. Me voy a buscar apartamento e intentaré encontrar trabajo como profesora otra vez. Tengo que seguir adelante con mi vida.

– Quizá te venga bien esto -Sean le ofreció el cheque arrugado.

– No, no quiero el dinero de Sinclair.

– Es tu dinero, Laurel. Y con esto tienes suficiente para empezar la rehabilitación, hasta que Amy te conceda la subvención. Todavía puedes sacar el proyecto adelante. Sabes que puedes.

Se le agolparon las lágrimas en los ojos, pero pestañeó para no verterlas. Se negaba a llorar, se negaba a entregarle a Sinclair esa última pizca de dignidad. Pero cuando Sean le acarició una mejilla, no pudo evitar que se le escapara una.

– No puedo seguir así. No puedo seguir luchando con él -dijo mientras se dejaba abrazar-. Quiero empezar a vivir mi propia vida y aquí no puedo.

– Dale un poco más de tiempo nada más – dijo Sean-. Quédate esta noche conmigo, a ver cómo te encuentras mañana.

– ¿Por qué te importa tanto? -preguntó ella y Sean la miró a los ojos.

– Quiero que seas feliz.

– Pero no podemos seguir con esto -dijo frustrada.

– ¿Por qué no? Sinclair no ha pedido ninguna prueba de que estemos casados. Se volverá a Maine. Viviremos en la mansión cuando venga y seguiremos nuestras vidas cuando no esté. Hasta podría vivir aquí todo el tiempo. Me ahorraría el alquiler.

– ¿Ha… harías eso por mí?

– No tengo nada mejor que hacer.

– Si Sinclair descubre que no estamos casados, se quedará con todo hasta que cumpla treinta y uno. Quizá decida esperar hasta que cumpla cincuenta.

– ¿Cómo va a enterarse?

– Si pudiera pagarte un año, lo haría. Pero no puedo. Quinientos dólares al día hacen…

– No tienes que pagarme -atajó él.

– ¿Te quedarías sin ningún motivo?

– Tengo mis motivos. Quiero ver cómo inauguras tu centro. Con eso me basta.

– No puedo pedirte que hagas eso -Laurel negó con la cabeza-. Quieres empezar con tu negocio y…

– Eso puedo hacerlo de todos modos.

– ¿Y… cómo serían las cosas? -preguntó vacilante tras unos segundos.

– Yo iría a trabajar por la mañana, igual que tú. Volveríamos a casa y cenaríamos juntos.

– Quiero decir qué pasará con nosotros. ¿Qué tipo de relación tendremos?

– No sé -contestó Sean tras considerar la respuesta un rato-. Tendremos que verlo sobre la marcha.

Laurel pestañeó, bajó la mirada hacia las manos. Quería que fuese su amor, su vida. Quería que le prometiese que se quedaría para siempre. Pero era obvio que no estaba preparado para hacerle esa promesa. Aunque había aprendido a quererlo también por su vulnerabilidad, era esa vulnerabilidad lo que le impedía devolverle el amor que ella le profesaba.

– Te… te agradezco la propuesta, de verdad. Lo pensaré -añadió mientras se desplomaba sobre la cama.

– Lo pensaremos juntos -Sean se tumbó junto a ella-. Sólo necesitamos un poco más de tiempo.

Laurel exhaló un suspiro. Quizá era cierto. A veces era demasiado impaciente. Pero, ¿cuánto estaba dispuesta a esperar para ver hecho realidad su sueño? ¿Y cuánto tiempo tardaría Sean Quinn en reconocer que la quería? ¿Sucedería algún día o tendría que pasarse el resto de la vida esperando?

Laurel aparcó frente a la mansión de los Rand. Después de una noche en vela, había despertado en brazos de Sean, ambos vestidos de la noche anterior. Se habían quedado hablando tranquilamente y Sean la había convencido de que continuase con su proyecto. Debía dejarse todas las puertas abiertas y no tomar ninguna decisión precipitada.

Alistair les había preparado un desayuno rápido y había permanecido cerca de ellos, preocupado por si seguía enfadada por la discusión con su tío la noche anterior. Laurel se preguntaba por qué se habría molestado el mayordomo en contarle lo de Sinclair y su madre. Si su tío la quería, tenía verdaderos problemas en demostrárselo.

Apagó el motor, agarró el bolso del asiento del copiloto y metió el ticket del depósito bancario. Sean tenía razón. Un cuarto de millón de dólares no era una cantidad nada desdeñable. Aunque quizá fuese el último cheque que cobraba. Sería un milagro si Sean y ella llegaban a estar un año juntos. Su tío podía descubrirlos. O Sean podría conocer a otra mujer y decidir que no quería seguir con ella.

– No te tortures -se dijo, llevándose las manos a las sientes-. Poco a poco.

Y el siguiente paso era asegurarse de que la presentación de su proyecto ante la Fundación Aldrich Sloane salía perfecta. Ya se preocuparía luego de su supuesto matrimonio.

Salió del coche y corrió a la entrada. Había dejado a Sean en su apartamento para que pudiera recoger su coche y oír los mensajes del contestador y éste le había prometido que volvería antes de la hora de la comida.

Laurel tenía un nudo en el estómago. Toda vez que habían decidido continuar con el matrimonio, era el momento de aclarar la relación entre ambos. No quería pasarse un año tratando de adivinar los sentimientos de Sean. O le decía con precisión lo que sentía por ella o no había acuerdo.

Era un riesgo. Pero era mejor saber la verdad que seguir fantaseando con un hombre que podía no llegar a quererla nunca. Porque ella había mostrado lo que sentía con claridad… ¿o no? En realidad nunca le había dicho con palabras que lo quería. Pero sus acciones tenían que bastar para hacerle saber lo que sentía.

Suspiró. Tecleó la clave secreta del panel de seguridad y, al ir a agarrar el pomo, la puerta se abrió. Se quedó helada ante el hombre que la estaba esperando.

– ¿Edward?

Eddie esbozó una de sus sonrisas conquista- doras, que tiempo atrás le había parecido tan magnética.