– Hola, Laurel -dijo al tiempo que se inclinaba para darle un beso en una mejilla. Pero ella se apartó.
– ¿Qué haces aquí?
– He venido a visitarte. ¿No te alegras de verme?
– No quiero volver a verte. Después de lo que me hiciste, me asombra que tengas la desfachatez de presentarte aquí.
– Claro que quieres verme -Eddie la agarró con un brazo con fuerza y la alejó de la casa un par de metros-. Estaba preocupado por ti. Después de mi detención, vine a verte en cuanto salí de la cárcel. Imagínate la sorpresa que me llevé cuando me encuentro con el hombre que me hizo ir a chirona. ¿Cómo se llama? Quinn, me parece.
– Lárgate si no quieres que llame a la policía -lo advirtió Laurel al tiempo que se soltaba.
– Me resultó tan curioso, que me acerqué a la iglesia. El sacerdote me dijo que te casaste tal como estaba previsto. Y me describió al novio. Puede que haya cometido algunos errores, pero cuando me caso, al menos me caso de verdad.
– No se te ocurra hablarme de eso. Confiaba en ti. Me traicionaste.
– ¿Y cómo crees que me siento yo? Nunca me dijiste la verdadera razón por la que te casa has conmigo. ¿O debería decir los cinco millones de razones? Creía que me querías.
– Nunca te quise -aseguró Laurel-. Puede que, inconscientemente, supiera que en el fondo eras un canalla y por eso no podía quererte.
– ¿Pero sí quieres a este tipo que se hace pasar por tu marido?
– ¿Y qué si lo quiero? -lo desafió Laurel-. Además, ¿cómo sabes lo del dinero?
– Me lo ha dicho tu tío -dijo Eddie esbozando una amplia sonrisa-. La verdad es que le ha sorprendido bastante enterarse de que el hombre que estaba durmiendo en tu cama no era Edward Garland Wilson en realidad, sino un detective privado de tres al cuarto que has recogido de la calle.
Sin pensarlo dos veces, apretó los puños, flexionó las rodillas y le pegó un directo. Pero, en vez de golpearle en el estómago, el puño impactó entre las piernas de Eddie, dejándolo sin respiración y haciéndolo retroceder, trastabillándose, hasta caerse sobre la acera. Laurel seguía con los puños apretados, cuando Sean aparcó junto al coche de Eddie.
– ¿Se puede saber qué pasa aquí?
– Le he dado -Laurel se frotó el puño-. Lleva un minuto en el suelo.
– ¿Lo has tumbado? -preguntó Sean-. ¿Se ha dado en la cabeza al caer?
– No, se retorció y empezó a gemir.
– Ah… que le has dado ahí -Sean sonrió.
– Quizá debería darle otra patada -dijo ella acercándose a Eddie.
Éste levantó una mano en señal de derrota y Sean le pasó un brazo por la cintura para apartarla. Luego, ayudo a Eddie a levantarse.
– Te dije que te alejaras de Laurel. Ahora lárgate si no quieres que te haga picadillo.
– Eso por mí y por todas las mujeres a las que has engañado -chilló Laurel-. Espero que te pudras en la cárcel -añadió mientras Eddie se refugiaba en el coche y se marchaba.
Luego se sentó en el escalón de la entrada y se cubrió la cara con las manos. Fin. Sinclair lo sabía todo. Llamaría al banco y pediría que no hicieran efectivo el cheque. Probablemente la expulsaría de la mansión por haberlo engañado. Y quizá decidiera que era demasiado irresponsable para poder administrar su herencia en toda su vida.
– ¿Estás bien? -le preguntó Sean.
– Sinclair lo sabe. Eddie se lo ha dicho todo -Laurel levantó la vista y soltó una risa agridulce-. Lo curioso es que no me siento tan mal como esperaba. Así todo es más fácil. Supongo que es mejor enfrentarme a mi tío. O quizá haga las maletas y me vaya antes de que me diga nada.
– Podría hablar con él por ti -se ofreció Sean.
– Creo que ya te he liado bastante con mis problemas familiares de momento -Laurel se levantó, le dio un beso en la mejilla y entró en casa-. En fin, no te marches muy lejos. Ya te contare cómo me ha ido.
Laurel fue directa a la biblioteca. Dado que no estaba cenando en el salón ni durmiendo en su cuarto, tenía que estar allí con sus catálogos. Había llegado el momento de darle un ultimátum a Sinclair. ¿Qué podía perder?
No se molestó en llamar. Entró y arrancó sin rodeos:
– De acuerdo, no estoy casada. Ya lo he dicho. He fingido que estaba casada porque quería mi herencia.
Sinclair levantó la mirada de la revista que tenía entre manos.
– Tienes las uñas sucias -dijo.
– ¿Me has oído? No estoy casada. El hombre que ha estado durmiendo en mi habitación no es mi marido. Lo contraté para que se hiciese pasar por mi marido porque el hombre con el que iba a casarme ya estaba casado… con otras nueve mujeres. Y todo por tu culpa.
– ¿Por qué? -pregunto Sinclair.
– Porque yo sólo quería la herencia. Y estaba dispuesta a lo que fuera por conseguirla. Así que éste es el trato. O me das el dinero ahora mismo o no vuelves a verme en la vida -Laurel se cruzó de brazos y rezó. Si Alistair tenía razón y su tío la quería, tal vez diera su brazo a torcer.
– Ya sabes mis condiciones -dijo él.
– ¡Tus condiciones son absurdas! Ese dinero es mío. ¿Me lo vas a dar o no? -lo presionó Laurel.
– No.
– Entonces hasta nunca -dijo Laurel. El corazón iba a estallarle. Aunque nunca habían estado muy unidos, Sinclair era su única familia. Si se despedía de él, se quedaría sola. Pero al ver que no cedía, asumió que todo había acabado. Se dio la vuelta y salió de la biblioteca.
Alistair la esperaba afuera con cara de preocupación.
– Señorita Laurel, tiene que darle tiempo. No puede marcharse.
– No tengo otra opción -dijo ella tras darle un abrazo al mayordomo-. Tengo que empezar a vivir mi propia vida. Gracias por ser tan buen amigo. Te quiero, Alistair.
– El sentimiento es correspondido.
– En fin, haré las maletas -Laurel se obligó a sonreír-. Voy a tener que buscarme un apartamento. Estoy segura de que Sinclair no me dejará llevarme ningún mueble, pero…
– Llévate lo que quieras -susurró Alistair-. Y no te olvides del hombre que has encontrado. Llévatelo también. No creo que encuentres otro tan bueno como él.
Laurel asintió con la cabeza. Luego subió las escaleras rumbo a la habitación. ¿Qué haría con Sean? En la última semana se había convertido en una parte importante de su vida. Pero sólo había sido una semana, nada más que siete días de pasión y lujuria. ¿Sobreviviría lo que compartían fuera de la mansión?
Se paró a mitad de las escaleras y se dio la vuelta. No había imaginado lo duro que le iba a ser abandonar la única casa en la que había vivido. Estaba llena de recuerdos de sus padres, de anécdotas con personas a las que había perdido.
– Lo siento -murmuró-. Lo he intentado, pero tengo que seguir adelante.
Laurel creía que sus padres podían oírla, que seguían presentes en espíritu en la casa y que estarían de acuerdo con su decisión. Llevaba toda la vida buscando su lugar en el mundo y no parecía que se hallase en la mansión. Pero todavía podía hacer realidad su sueño del centro artístico. Dependía de ella.
¿Pero podía decir lo mismo de su relación con Sean?, ¿conseguiría que la quisiera tanto como ella lo quería a él? ¿O una semana no era tiempo suficiente para averiguar qué sentía en realidad?
Sean metió las camisetas en su bolsa. En el armario colgaban las camisas que Laurel le había comprado. Como no estaba seguro de si debía llevárselas, las dejó junto a dos chaquetas, tres corbatas y tres pares de pantalones.
Recordó entonces el primer día que habían pasado juntos. Se habían divertido una barbaridad, primero viendo el edificio de Dorchester y luego de compras, como dos recién casados que iniciaban una vida nueva. Era increíble que hubiese amasado tantos recuerdos buenos en tan pocos días. Y nunca los olvidaría. Había tenido el privilegio de asomar la cabeza al paraíso. Sin tomar los votos matrimoniales, había tenido la oportunidad de experimentar cómo era vivir casado con una mujer preciosa, compartir su cama… y una pasión que jamás había creído posible.