Le habría gustado poder pasar más tiempo con Laurel, tal vez un mes o dos. Había bastado una semana para que dejase de ser tan cínico respecto al amor y empezar a creer que era capaz de ser feliz junto a una mujer.
Guardó a continuación los calzoncillos, los calcetines y los vaqueros. Tenía la sensación de que había sacado la ropa de la bolsa el día anterior. Suspiró. La quería, eso era evidente. Pero era un sentimiento tan novedoso que no se fiaba. Vivir con Laurel había sido maravilloso. Pero no podría comprobar si lo que sentía por ella era auténtico si no ponía distancia y dejaba pasar unos días sin verla.
La puerta se abrió mientras cerraba la cremallera de la bolsa.
– ¿Cómo te ha ido? -preguntó tras girarse y ver a Laurel.
– Como esperaba -dijo ella encogiéndose de hombros-. Se niega a darme el dinero, así que marcho.
– ¿Estás segura? Quizá deberías darle un poco más de tiempo.
– No -Laurel fue al armario y sacó un par de maletas-. Estoy bien. Tengo un poco de dinero ahorrado y puede que consiga ponerme a trabajar como profesora. Necesito encontrar un apartamento, pero, hasta entonces, puedo quedarme en casa de un par de amigos. A ver si Nan Salinger me puede hacer un hueco. La conociste el día de mi boda. Era mi dama de honor.
– Puedes venir a mi apartamento -sugirió Sean-. Es grande.
Aunque no esperaba que aceptase, rezó por si hubiera suerte. No soportaba la idea de pasar un día y una noche enteros sin tocarla.
– Gracias, pero necesito hacer esto sola – dijo Laurel-. Ya es hora de que aprenda a valerme por mi cuenta, sin depender de los demás.
– ¿Y el centro?
– No sé. Intentaré sacarlo adelante sin el dinero del fideicomiso, aunque va a ser complicado. Todo parecía mucho más fácil con esos cinco millones de dólares. En fin, llamaré a Amy para decirle que mi situación ha cambiado.
– Los empleados de Rafe están con el plano y la tasación todavía.
– Quizá deberías llamarlos para que no se molestaran en seguir -murmuró Laurel.
– No. Maldita sea, Laurel, ese centro es una buena idea. Presenta el proyecto a la fundación aunque no tengas el fideicomiso. ¿Qué puedes perder?
– Deberías alegrarte de que todo esto termine -dijo ella-. Ahora podrás volver a la normalidad.
– Empezaba a sentir que lo normal era esto.
– No, esto sólo era una farsa. Como un truco de magia. Chasquearemos los dedos y habrá desaparecido.
Sean le agarró una mano y entrelazó los dedos.
– No ha sido todo una farsa. Y no va a desaparecer tan fácilmente.
Quería besarla, arrastrarla a la cama y convencerla de que no había cambiado nada entre ella. Pero si su relación acababa ahí, besarla sólo haría más difícil ese final.
– Puede que no -Laurel esbozó una leve sonrisa. Agarró el bolso y sacó el talonario.
– No quiero tu dinero -dijo Sean irritado. ¿Tan sencillo le resultaba a ella?, ¿podía expulsarlo de su vida sin más contemplaciones? Había creído que habían sentado las bases de un vínculo especial. Se metió la mano en el bolsillo, sacó el primer cheque que Laurel le había dado y se lo entregó.
– ¿Qué es esto?
– Un donativo -contestó-. Para el Centro Artístico Louise Carpenter Rand. Quédate tu dinero. Basta con que me envíes un recibo para que pueda deducírmelo en la declaración de impuestos -añadió guiñándole un ojo.
Laurel miró el cheque. Le temblaba el labio inferior. Cuando levantó la vista, tenía los ojos poblados de lágrimas.
– Voy a echarte de menos. Sean Quinn. Sean le puso una mano en la nuca y la acercó para darle un beso suave.
– Ha sido un buen matrimonio -comentó.
– Sí -Laurel sonrió entre lágrimas-. Quizá haya sido tan bueno porque no estábamos casados en realidad.
– Si necesitas algo, cualquier cosa, quiero que me llames, Laurel -dijo Sean al tiempo que le acariciaba una mejilla. Luego sacó la cartera y le entregó una tarjeta-. Ahí tienes el número del móvil y el fijo. Y siempre puedes localizarme en el pub. Sabrán dónde estoy.
– Gracias.
Sean quiso pronunciar las palabras, abrazarla y suplicarle que viviese con él. Pero Laurel tenía razón. Habían vivido una fantasía. La luna de miel había terminado y Sean no podía estar seguro de que lo que habían compartido fuera a durar.
– Debo irme -dijo, consciente de que si aguantaba un minuto más podría rendirse.
– Nos vemos -Laurel le dio un abrazo. Luego, Sean se echó la bolsa al hombro, se dio la vuelta y salió de la habitación sin mirar atrás por miedo a que le fallaran las fuerzas.
Mientras bajaba las escaleras, vio a Alistair abajo y se paró a estrecharle la mano.
– Gracias por todo, Alistair. Preparas unos desayunos estupendos.
– Gracias, señor Sean.
– Basta con Sean -dijo y miró escaleras arriba-. Cuida de ella, ¿de acuerdo?
– Eso debería ser asunto suyo -dijo el mayordomo.
– Ojalá lo fuera, pero no estoy seguro de ser el hombre adecuado -Sean negó con la cabeza.
– Creo que es usted el único hombre adecuado, señor.
Sean le dio una palmada en el hombro y se dirigió hacia la salida. Pensó en pasar por la biblioteca para decirle un par de cosas a Sinclair, pero al final decidió marcharse, despedirse de la maldición de los Quinn, de la mujer a la que se suponía que estaba destinado. Sean no estaba seguro de si acababa de cometer el error más grave de su vida o si acababa de evitar que le rompieran el corazón. Pero tenía la impresión de que no tardaría en averiguarlo.
Capítulo 9
– Como ves, el Centro Artístico Louise Carpenter Rand está a dos calles de la avenida Dorchester y al lado de dos paradas de autobús. Según el censo, en un radio de diez bloques hay más de mil niños y adolescentes que podrían beneficiarse de las actividades del centro -dijo Laurel con un mapa en la mano-. ¿Qué te parece?
– Estupendo -afirmó con entusiasmo Alistair-. Estoy impresionado, señorita Laurel.
Laurel había terminado de preparar la presentación del proyecto la noche anterior y se había parado a enseñárselo a Alistair al acercarse a la mansión para recoger parte de la ropa que le quedaba. El mayordomo se había ofrecido a hacer de oyente y ella había aprovechado para ensayar la exposición que tendría que realizar ante la fundación.
– A veces me lío con los datos y las cifras, pero Amy dice que su junta los tiene muy en cuenta -comentó ella.
– ¿A qué hora es la presentación?
– Mañana a las diez. Ante diez personas, puede que quince -dijo Laurel, algo nerviosa-. ¿Me acompañas?, ¿para darme apoyo moral?
– Por supuesto -aseguró Alistair. Luego sacó de un bolsillo un sobre y se lo entregó.
– ¿Qué es?
– Quisiera ser el primero en hacer un donativo.
– No tienes por qué…
– Insisto -atajó el mayordomo-. Si quiere que el proyecto salga adelante, tiene que aprender a aceptar todos los donativos.
Laurel sonrió y aceptó el sobre.
– Muchas gracias. Haremos buen uso de tu donativo -dijo y abrió el sobre. Los ojos se le agrandaron al ver el importe del cheque-. ¿Treinta mil dólares?
– Su tío paga muy bien -explicó Alistair-. Y he tenido suerte con las inversiones que he hecho. No se me ocurre una causa mejor que ésta.
– Gracias -repitió al tiempo que se lanzaba a darle un fuerte abrazo.
– Y ahora, ¿por qué no viene a la cocina y le preparo un sandwich? Ha estado toda la mañana trabajando y probablemente ni habrá desayunado.
– Tengo un poco de hambre -reconoció Laurel. Rodeó a Alistair por la cintura y caminaron juntos hasta la cocina.
– ¿Cómo va la búsqueda de apartamento? – preguntó el mayordomo entonces.