– De momento, sigo durmiendo en el sofá de Nan -Laurel se encogió de hombros.
– ¿Y ha visto a Sean últimamente?
El corazón le dio un vuelco al oír el nombre de Sean Quinn. No había parado de pensar en el desde que se habían separado un mes atrás. Hasta había pasado por delante del pub tres o cuatro veces por si reunía valor para entrar.
– No hemos hablado.
– ¿Por qué? Tiene usted dos hombres que la quieren y no se habla con ninguno de los dos, señorita Laurel.
– Sinclair no me quiere -contestó Laurel, sin atreverse a pronunciarse sobre Sean.
– Creo que la echa de menos. Lamenta lo que ha pasado.
– Es culpa suya.
– No… es culpa mía -dijo Alistair tras carraspear. Dejó el bote de mayonesa y enfrentó la mirada interrogante de Laurel-. Cuando estábamos en Nueva York, le dije a su tío que Sean y usted no estaban casados en realidad.
– ¡Alistair! ¿Por qué?
– Quería demostrarle a su tío hasta dónde estaba dispuesta a llegar para conseguir el fideicomiso -Alistair le sirvió un sandwich-. Y también lo convencí de que estaba enamorada de Sean Quinn.
– ¿Por qué? -volvió a preguntar Laurel.
– Porque creía que lo estaba.
– Sí… -Laurel suspiró-. Lo estaba… Lo estoy.
– Imagínese mi sorpresa cuando su tío me dice que Sean le parecía un buen marido para usted. Así que trazamos un plan. Decidimos encontrar la forma de mantenerlos juntos hasta que ambos se dieran cuenta de lo que sentían -explicó Alistair-. Pero no esperábamos que se enfadaría tanto cuando le propusiera las nuevas condiciones y se marchara. Sinclair se quedó destrozado. Creía que estaba haciendo lo mejor para usted y sólo consiguió alejarla de su lado.
– No puedo creérmelo -murmuró apoyando la barbilla sobre los codos encima de la mesa.
– En cuanto a Sean… -prosiguió el mayordomo-, ¿por qué no lo ha visto en este último mes?
– Creo que me tiene aprecio. Pero no sé si puede llamarse amor. Supongo que, si me quisiera de verdad, habría venido a buscarme.
– Quizá él suponga lo mismo -sugirió Alistair.
– Tengo que seguir trabajando -dijo ella poniéndose de pie.
Cada vez que empezaba a fantasear en lo que podía haber sido, se refugiaba en el trabajo. Echó a andar hacia el salón y, de pronto, frenó en seco. Sinclair estaba frente a una foto ampliada de la madre de Laurel, que ésta había tomado para incluirla en la presentación del proyecto, para dejar claro quién la había inspirado.
– La querías, ¿verdad? -preguntó Laurel. Sinclair se puso rígido y se giró despacio para mirarla.
– Ella no me quería -contestó.
– Debe de haber sido muy duro para ti. Vivir en esta casa con mi padre y con ella. Ver su felicidad cada día -Laurel se acercó a su tío.
– No, me consideraba afortunado por poder verla a diario. Y, después de morir, me bastaba mirarte para recordarla -dijo Sinclair con los ojos humedecidos. Bajó la vista hacia los papeles de la presentación del proyecto-. Es un plan muy ambicioso -añadió cambiando de tema.
– Sí, mañana por la mañana presento el proyecto a la Fundación Aldrich Sloane. Confío en que decidan financiármelo.
– Te has hecho mayor -murmuró Sinclair tras guardar silencio unos segundos.
– Tengo veintiséis años. Sé lo que quiero hacer con mi vida.
– Y no permites que nada se interponga en tu camino, ¿verdad? Ni siquiera un viejo tonto.
– No eres un viejo tonto -Laurel le acarició un brazo-. Pero sabes lo que quieres y tampoco dejas que nadie se interponga en tu camino. En eso nos parecemos.
– ¿Puedes perdonar a un anciano egoísta? Laurel lo miró a los ojos y, por primera vez en su vida, advirtió lo mucho que la quería Sinclair. Era su única familia y lo menos que podía hacer era perdonarlo.
– Sí.
– Bien -Sinclair le dio una palmadita en una mano-. Yo reconozco que estaba equivocado con tu fideicomiso. De hecho, creo que podría venirme bien aportar algo de mi propio dinero para ese proyecto.
– ¿Vas a darme mi herencia? -Laurel no podía creérselo.
– Haré la transferencia por la mañana. Tendrás que firmar un par de papeles, pero no debería llevarte mucho tiempo -contestó Sinclair. Los ojos de Laurel se arrasaron de lágrimas y le dio un abrazo a su tío, que se retiró en seguida, aturdido con el gesto de cariño-. Sólo me gustaría que consideraras un par de cosas.
– ¿Qué? -Laurel contuvo la respiración. ¿Acaso iba a imponerle otra condición?
– Primero, me gustaría que volvieras a la mansión. Es tu casa, tu sitio. Yo no tardaré en volverme a Maine. Y, segundo, me gustaría que encontraras a ese marido tuyo. Me cae bien. Y quiero enseñarle un par de monedas más.
– ¿Eso es todo?
– Eso es todo -dijo Sinclair y ambos echaron a andar hacia la biblioteca-. Cuando era joven, me consideraba un pintor aceptable – comentó mientras se sentaba.
– ¿En serio?, ¿pintor?
– Era bueno, pero mis padres insistieron en que hiciese algo más práctico.
– Quizá deberías retomar tu afición por la pintura -sugirió ella-. Tienes tiempo, podíamos salir a comprar unos pinceles. No es demasiado tarde, tío. Nunca es demasiado tarde para hacer realidad tus sueños.
– No, supongo que no.
Mientras Laurel se sentaba para compartir un coñac con su tío, sus pensamientos se desviaron hacia Sean. Desde que se había marchado, no había dejado de verlo en sueños y despertarse anhelando su compañía.
Toda vez que sus otros sueños se estaban concretando, quizá fuese el momento de hacer realidad el último que le quedaba pendiente.
Sean miró la puerta del despacho, luego pasó una mano por las letras mayúsculas pintadas en la ventana.
– Detective Privado. Investigaciones Quinn -leyó.
Había encontrado el local el mes anterior. El edificio estaba en una calle principal de Southie y, aunque no había esperado alquilar el despacho tan rápidamente, había aprendido una lección importante con Laurel. Esperar el momento perfecto para hacer realidad un sueño era perder un tiempo precioso.
Eran tan distintos. Laurel afrontaba la vida con valentía, sin miedo a cometer errores, y él siempre había sido precavido y calculador. Ella le había enseñado a asumir riesgos. Le había enseñado que nunca había un momento perfecto para empezar a construir la vida que quería, de modo que no tenía sentido retrasar sus planes indefinidamente.
Pero había una parte de su vida que seguía sin resolver. Respiró profundamente y dejó salir el aire despacio. Laurel. Sabía por Amy que le habían concedido la subvención y que había comprado el piso. También sabía que había regresado a la mansión. Pero no había vuelto a hablar con ella desde que habían puesto fin a su singular matrimonio. Y aunque al principio había imaginado que acabaría pasándosele, a la tercera semana había empezado a pensar que quizá sus sentimientos no desaparecerían nunca.
Llamaron a la puerta. Sean cruzó el despacho y, tras abrir la puerta, se encontró a su madre con una planta enorme en los brazos.
– Mamá -Sean agarró la planta-, ¿qué haces aquí?
– Te he traído un regalito para alegrar el despacho.
– ¿Cómo sabías dónde estaba?
– En el pub no hablan de otra casa. Tu padre no hace más que repartir tarjetas de tu negocio.
Sean agarró una pila de periódicos antiguos que había sobre una silla y le quitó el polvo.
– Siéntate.
– Es un despacho agradable. Tiene mucha luz -dijo Fiona sonriente, complacida por la invitación de su hijo-. Es un gran paso, ¿verdad? Tu propio despacho.
– Sí -Sean apuntó hacia un lado-. Y mira eso: un fax y un ordenador. Hasta estoy pensando en encargar una página web. Y cuando tenga dinero, quizá hasta contrate a una secretaria.
– Tienes todo lo que necesitas -dijo Fiona.
– Sí… bueno, no todo.
Se quedaron en silencio hasta que, por fin, Fiona se animó a preguntar: