Выбрать главу

– ¿Qué tal lo he hecho? -murmuró él, todavía a escasos centímetros de su boca.

– Bi… bien -dijo Laurel con voz trémula. Luego el órgano empezó a sonar y Sean se dio la vuelta y le ofreció el brazo. Mientras echaban a andar por el pasillo, la miró de reojo y vio la misma expresión de asombro que había visto en su rostro cuando había abierto los ojos al terminar el beso.

Sean tenía la impresión de que había disfrutado del momento tanto como él. Bueno, iba a pagarle diez mil dólares, pero al menos se quedaría satisfecha. Y si quería más, estaría encantado de ofrecérselo.

Capítulo 2

El banquete, elegante aunque apagado, se celebró en el Four Seasons, uno de los hoteles más majestuosos de la ciudad. Una orquesta pequeña tocaba melodías en un extremo del salón mientras los invitados charlaban relajados por las mesas desperdigadas alrededor de la pista de baile. Laurel estaba contenta con cómo había salido todo, después de tantos planes y una coordinación perfecta. Había sido la boda perfecta, salvo que el novio estaba en la cárcel y se había casado con un desconocido. Por suerte, nadie había notado nada extraño.

Era un milagro haber superado la prueba de la cena. Primero, los brindis y luego los besos obligatorios para complacer a los invitados. Después del beso de la iglesia, no había imaginado que la cosa pudiera mejorar. Pero cada vez que Sean rozaba su boca era diferente, una sensación más intensa, un sabor más adictivo. El último beso que habían compartido, en la pista de baile, la había dejado mareada, sin aliento, con ganas de acorralarlo en una esquina oscura.

Se llevó una mano al pecho y respiró profundamente. Sólo tenía que superar una última prueba para poder decir que la noche había sido un éxito. Su tío Sinclair se personaría en el banquete y tendría que presentarle a Sean. Aunque tenía más de ochenta años, seguía siendo tan perspicaz como cuando era un joven emprendedor y había empezado a amasar dinero con el padre de Laurel.

Miró hacia la pista de baile y vio a Sean bailando con una de las damas de honor. No bailaba muy bien, pero tenía una constitución atlética y un oído fino que le permitía seguir el ritmo con facilidad. Y no estaba nada mal en esmoquin. Cualquier mujer se sentiría atraída por un hombre como…

Frunció el ceño. Nan Salinger, dama de honor y compañera de trabajo, parecía estar disfrutando de la compañía de Sean demasiado. Llevada por un arranque de celos, se agarró la cola del vestido y entró en la pista de baile.

– Necesito pedirte prestado a mi marido un momento -le dijo, dándole una palmadita en un hombro-. Tenemos que cortar la tarta.

– De acuerdo.

Como si se tratara de una orden, Sean soltó a Nan y fue hacia la tarta, dejando a solas a las dos mujeres en la pista de baile.

– Creo que has encontrado a un verdadero príncipe -comentó Nan, siguiéndolo con una mirada soñadora-. ¿Por qué no encuentro yo un hombre así?

– ¿Así cómo? -preguntó Laurel, intrigada por saber la opinión que tenía del novio su amiga.

– No sé, un hombre varonil. Ya sabes, fuerte, callado pero atractivo. Hombros anchos, un trasero bonito. No habla mucho, ¿verdad? Pero eso lo hace más interesante. ¿Tiene hermanos solteros? Porque si tiene, me gustaría conocerlos.

Laurel frunció el ceño de nuevo. ¿Un trasero bonito? No tenía por qué escuchar esas cosas el día de su boda.

– No… no sé -contestó-. Pero te lo diré si me entero -añadió mientras se daba la vuelta, ansiosa por evitar más preguntas.

Porque en realidad no sabía nada sobre la familia de Sean… ni de él mismo. No sabía qué le gustaba comer ni qué hacía en su tiempo libre. No sabía su color favorito, qué coche tenía. Y entonces tomó conciencia de que nunca sabría nada de eso. Sean Quinn saldría de su vida esa misma noche y no volvería a verlo.

– ¿Señorita Laurel?

Laurel se giró y vio al hombre de confianza de su tío, Alistair Winfield. Su tío no iba a ninguna parte sin él. Alistair hacía de mayordomo, cocinero y gestor financiero todo en uno. También de chico de los recados. Había sido él quien la había informado de que su tío no acudiría a la ceremonia, el que había firmado la tarjeta del regalo de boda. Y quien se había asegurado de que hubiese dinero suficiente en la cuenta de Laurel para cubrir todos los gastos de la boda.

– Hola, Alistair.

– Está preciosa, señorita Laurel -dijo sonriente el hombre, calvo y bajito-. Siento mucho no haber podido asistir a la ceremonia, pero el señor Sinclair tenía una reunión muy importante con la Sociedad Numismática.

Como tenía poco dinero, encima se dedicaba a coleccionarlo. El tío Sinclair tenía pensado dejar todo su dinero a la Sociedad Numismática. Aunque a Laurel se le ocurrían muchas formas mejores en que emplear la fortuna de Sinclair, era cosa de él.

– Al menos ha podido venir al banquete.

– Quiere conocer a su marido -dijo Alistair.

– ¿Dónde está? -preguntó ella-. No lo he visto entrar.

– Está esperando fuera, en el pasillo. Ya sabe que no le gustan las aglomeraciones – Alistair esbozó una sonrisa tímida-. Ni las mujeres con sombreros raros. Además, si hay flores en el salón, exigiría que las quitaran. Ya sabe lo que le pasa con las rosas.

– Me aseguré de pedirle a la florista que no pusiera ninguna rosa -dijo Laurel-. Íbamos a cortar la tarta. En cuanto terminemos, le llevaré un trozo y le presentaré a Edward.

– No será de chocolate, ¿no? Ya sabe que no le gusta.

– Se me había olvidado -Laurel hizo una mueca de fastidio.

– Tranquila, la esperamos fuera -dijo él-. Pero sólo diecisiete minutos. Su tío nunca espera más de diecisiete minutos.

– Estaré en cinco -aseguró Laurel. Luego se agarró la falda y corrió hacia Sean, que la estaba esperando con el cuchillo en la mano.

– No tengo ni idea de cómo partir esto – dijo mirando la tarta de cuatro pisos-. ¿Empiezo por arriba o por abajo? Parece que necesitamos unas cien raciones -añadió tras calcular el número de invitados de un vistazo.

– Sólo tenemos que cortar un trozo para ti y otro para mí -explicó sonriente Laurel-. El fotógrafo hará unas fotos y los del hotel se encargan de repartir el resto. ¿No decías que ya habías estado en más de una boda?

– En el bar -contestó él-. Y la tarta no estaba ahí.

– Pon la mano encima de la mía y sonríe – dijo Laurel tras agarrar el cuchillo. El fotógrafo disparó un par de veces antes de que Laurel partiera la tarta. Cortó un pedacito pequeño y se lo ofreció-. Toma. Sonríe y párteme un trozo a mí.

Sean obedeció. Cortó un pedacito y se lo llevó a la boca. Pero nada más rozar los labios de Laurel, una buena parte se escurrió y cayó sobre su vestido. Los invitados rieron y aplaudieron, instando a Sean a que le quitara él la tarta.

– Ni se te ocurra -susurró ella al ver cómo le miraba el corpiño. Sean se apartó un poco y Laurel se giró para limpiarse el vestido. Cuando hubo recobrado la compostura, sonrió de nuevo y pasó un brazo alrededor de Sean-. Ahora, mi tío Sinclair está esperando a conocerte. Tiene ochenta años, es un poco excéntrico y te hará un par de preguntas raras. Probablemente querrá ver tus uñas. Tiene una manía con las uñas limpias. Intenta tomártelo con sentido del humor y, si no sabes qué decir, me aprietas la mano y dejas que yo conteste. Recuerda, te llamas Edward Garland Wilson, eres de West Palm Beach, Florida, y tu familia se dedica a hacer inversiones bursátiles. Aparte de eso, no sabe nada de ti.

– ¿Por qué no le habías presentado a Edward hasta ahora? -preguntó Sean mientras salían.

– Sinclair es un poco ermitaño. Vive en una isla, en Maine. Le gusta coleccionar sellos y monedas y observar pájaros. Es vegetariano, tiene siete pares de zapatos iguales. Y cree que hay extraterrestres viviendo entre nosotros. Por favor, no le lleves la contraria en eso.