Tras besarla a conciencia, se retiró y esperó a la reacción de Lily. No tuvo que esperar mucho. Sus mejillas estaban encendidas de deseo y le estaba clavando la mirada en la boca, con los labios hinchados por el beso.
– Puedes pasarte el día entero besándome y no conseguirás que cambie de opinión.
Brian rió. Sus palabras no sonaron tanto a amenaza como a invitación.
– Por ahí vamos mejor. ¿Quieres que empiece a besarte aquí mismo o buscamos un sitio más cómodo? -contestó y ella enarcó una ceja irritada.
– Debes de ser el hombre más creído y egoísta que he conocido en la vida.
– Pero tampoco has conocido a ningún hombre que te bese como yo.
Lily apretó los dientes, se dio la vuelta y cruzó la calle hacia un taxi. Brian la siguió con la mirada, negó con la cabeza y se dirigió hacia su coche. Tras despedirse de ella la primera noche en la limusina, había creído que no volvería a verla. Pero esa vez tenía la certeza de que, antes o después, volverían a encontrarse. Y, cuando eso ocurriera, estaba seguro de que sería una experiencia interesante.
Lily soltó el maletín sobre el sofá y se descalzó. Eran cerca de las siete y se había pasado el día en el despacho, repasando todos los artículos que se habían publicado sobre Richard Patterson en el último año. Había echado un vistazo a numerosas revistas de negocios hasta hacerse una idea de qué periódicos estaban de su parte y dónde tenía enemigos. Se había reunido con el equipo de abogados para que la asesoraran en ese terreno. Y había diseñado una estrategia para controlar cualquier escándalo que pudiera explotar.
Estaba segura de que Brian Quinn iba a ir por ellos con todas sus fuerzas. Por lo que había podido ver, era tenaz y paciente cuando estaba detrás de una historia jugosa. Y, en el fondo, no podía culparlo. Desde que había comenzado a ejercer como relaciones públicas, ella era la primera que había puesto sus cinco sentidos en alcanzar sus objetivos.
Y nunca había dudado de su capacidad. Pero, de repente, se preguntaba si no se habría tirado donde más cubría sin chaleco salvavidas. Si los negocios de Richard Patterson resultaban tan turbios como se temía, le costaría impedir que le explotara algún escándalo. Y un cliente insatisfecho podía ser muy peligroso. Además, tenía que enfrentarse a un periodista perseverante que tenía la capacidad de arrebatarle el juicio con un simple beso.
– Limítate a hacer tu trabajo -se dijo mientras se desplomaba sobre el sofá. Se echó la mano a la nuca y se quitó la horquilla del moño para que el cabello le cayera suelto con libertad.
Brian ya había sacado por televisión las protestas contra el proyecto Wellston en el puerto y era obvio que tenía a Patterson entre ceja y ceja. Quinn era más peligroso que los grupos locales que se oponían al proyecto. Podía llegar a miles de telespectadores en una sola noche e influir en las decisiones de las personas con poder.
Se sentía casi impotente. Le había mostrado su debilidad la tarde del pub y, si era buen periodista, la explotaría en su beneficio a la menor oportunidad. Gruñó y se frotó las sienes, tratando de despejar la cabeza. Con ese encargo, más que con ningún otro, tenía que desconectar al salir del despacho y disfrutar del tiempo libre.
Pero una cosa era decirlo y otra distinta conseguirlo. En Boston no tenía amigos, de modo que no le quedaba más remedio que pasarse día y noche pensando en el trabajo. Ya había roto la promesa de ponerse a dieta. Lily agarró las chocolatinas que había comprado en una máquina expendedora y se metió una en la boca. Empezaría el régimen al día siguiente.
Llamaron a la puerta y se levantó como un resorte. Todavía no había pedido la cena. ¿Quien sería? Al abrir la puerta se encontró con Brian Quinn. Llevaba un ramo de flores y una sonrisa luminosa embellecía su cara. El corazón le dio un vuelco.
– Hola -lo saludó él, mirándola a los labios.
Lily hizo ademán de cerrar, pero Brian empujó la puerta con suavidad.
– ¿Qué haces aquí? -pregunto ella-. ¿Cómo has averiguado dónde me alojo?
– Soy Brian Quinn, periodista de investigación -bromeó este-. Tengo muchas fuentes fiables.
– No quiero hablar contigo. No tenemos nada que decirnos.
– De acuerdo, entonces no hablaremos. Vamos.
– ¿Adonde?
– A cenar. Eres nueva en Boston. Conozco los mejores restaurantes y puedo entrar sin necesidad de hacer reserva. Te invito a que me acompañes a cenar. No tienes que decir una sola palabra. No hablaremos de trabajo, no hablaremos de sexo, no hablaremos de nada. Sólo comeremos.
– ¡No voy a salir contigo! -gritó Lily.
– ¿Quién ha dicho que esto sea una cita?
– ¿Es que no hablo suficientemente claro? – Lily esbozó una sonrisa sarcástica-. ¿Eres Brian Quinn, periodista de investigación, o Brian Quinn, mulo con incapacidad auditiva?
– No creo que el hecho de que estemos trabajando en bandos opuestos tenga nada que ver con que comamos juntos. Sé separar el trabajo de mi vida privada. ¿Tú no?
– Por supuesto -mintió Lily, volviendo hacia el sofá-. Pero no me apetece en estos momentos.
– Ni siquiera lo has intentado -Brian la siguió dentro-. Soy un hombre agradable, buen conversador. También soy ingenioso y guapo. Y modesto. Cena conmigo. Si te aburres, puedes volver al hotel. Al fin y al cabo, tienes que cenar, ¿no?
– Estoy cansada. Iba a llamar al servicio de habitaciones.
Brian se encogió de hombros, se sentó en el sofá, estiró los brazos sobre el respaldo y cruzó una pierna sobre la rodilla contraria.
– Tampoco es mala idea. ¿Me dejas ver el menú?
– Si no te levantas del sofá y te marchas de mi habitación ahora mismo, llamaré a seguridad para que te echen -le advirtió Lily con los brazos en jarra-. Pero antes avisaré a los medios de comunicación para que vengan y graben cómo te expulsan. Y quizá hasta añada algo sobre tu debilidad por los látigos, la ropa interior de cuero y los tacones altos. ¿Verdad que es odioso que los periodistas se conviertan en el centro de la noticia?
– Llevas tres días en la ciudad -Brian sonrió-. Todavía no tienes contactos. No conoces a nadie, así que no vendrá ningún medio. Bueno, ¿qué?, ¿dónde está el menú? A mí con una hamburguesa me vale. ¿A ti qué te apetece?
¡Le reventaba que siempre estuviera un paso por delante de ella! Si debía tomarlo como una indicación de cómo iba a controlar la situación, más valía que se montara en el primer avión de vuelta a Chicago. Suspiró, se pasó la mano por el pelo.
– No te vas a marchar, ¿verdad?
– No -contestó él. Lily se acercó a la mesa, agarró el menú y se lo lanzó. Brian lo agarró al vuelo-. Bueno, ¿qué tal te ha ido el día? -preguntó mientras ojeaba la carta.
– No pensarás de verdad que voy a contestar a eso, ¿no?
– Sólo intentaba darte conversación.
– Pues te seré sincera. Ha sido un día ajetreado. He estado mirando el seguimiento de los medios de comunicación a Richard Patterson. Juegas fuerte. Tu reportaje sobre el proyecto Wellston era implacable. Y no te has molestado en contrastar todos los datos -Lily reposó las manos sobre el regazo, lo miró y trató de convencerse de que no era tan guapo como recordaba-. ¿Sabes? Todavía me quedan dos preguntas.
– Eso era el sábado por la noche -contestó él.
– No recuerdo que pusiéramos un límite de tiempo, ¿no? Así que pregunta número cuatro: ¿qué tienes que puedas utilizar contra Richard Patterson?
– No pienso contestar.
– Tienes que hacerlo. Y ser sincero, ¿recuerdas? Ese era el trato -Lily no pudo evitar sonreír. Por fin tenía la sartén por el mango. Al menos, momentáneamente.
Permaneció callado unos segundos antes de responder.
– Pidamos la cena primero. Luego te cuento. ¿Qué vas a querer tú?
– Una ensalada César y una copa de vino tinto -contestó Lily tras examinar el menú-. Por cierto, Richard Patterson me cubre los gastos de alojamiento y manutención. No sé si te causa algún dilema ético, pero te aviso por si acaso. Estás comiendo a su costa.