Introdujo las manos bajo su chaqueta, le rodeó la cintura y la apretó hasta que las caderas contactaron. Les estorbaba la ropa, así que Brian le sacó la blusa de la cinturilla al tiempo que ella luchaba con los botones de su camisa.
¿Por qué la deseaba tanto? Había estado con muchas mujeres, pero Lily era distinta. Cada vez que estaba cerca de ella, incluso sin estarlo, necesitaba tocarla, besarla… asegurarse de que de veras estaba ahí. ¿Sería la emoción de la persecución?, ¿el hecho de que le estuviese poniendo las cosas difíciles? Brian era inexorable hasta conseguir conquistar a las mujeres, pero una vez que lo conseguía no tardaba en aburrirse.
De pronto, recordó la primera noche que habían pasado juntos, el momento en que la había salvado de una velada aburrida con un plomo de hombre. Quizá Sean hiciera bien en advertirlo. Sus hermanos ya habían sido víctimas de la maldición de los Quinn. Pero Brian pensaba que, si no creía en ella, esta no podría afectarle.
Oyeron el chirrido de una puerta sobre sus cabezas y Lily se quedó petrificada. Brian se retiró despacio y miró a los ojos desorbitados de ella.
– Te juro que es la última vez que dejo que me beses -dijo Lily cuando logró reaccionar. Luego se remetió la blusa a toda velocidad y siguió subiendo.
Brian no la siguió. Se apoyó contra la pared y se mesó el pelo. Quizá debería alejarse de ella. Al fin y al cabo, no parecía capaz de mantener el control cuando estaban cerca. Lo que era un problema, pues podía llevarlo a hacer alguna tontería… como enamorarse. Y la historia más reciente demostraba que, cuando un Quinn se enamoraba, no había marcha atrás.
– Necesitamos una estrategia -dijo Lily en la sala de conferencias-. Brian Quinn no va a quedarse de brazos cruzados.
Lily recordó el beso que habían compartido en las escaleras y comprendió que debería estar planteándose su innegable deseo hacia Brian, más que los problemas de Patterson.
Hasta ese beso, había conseguido engañarse, creyendo que seguía controlando lo que sentía por él. Pero había bastado el simple roce de sus labios para hacerle tomar conciencia de que Brian ejercía un poder extraño sobre ella, el poder de volverla una mujer obsesionada con el sexo. Tendría que esquivarlo, era la única solución que se le ocurría.
– Tendré que esquivarlo -repitió. Luego miró a los miembros del departamento de relaciones públicas de Patterson y se obligó a sonreír-. Necesito que enviéis mensajes positivos a los medios de comunicación. Tenemos que conseguir que el público le dé la espalda a Quinn. Tenemos que conseguir que vean el proyecto portuario como algo positivo para Boston.
– Pero es uno de los periodistas más populares -dijo Derrick Simpson-. Sus índices de audiencia están por las nubes desde hace un año, sobre todo entre las mujeres.
Lily suspiró. Sí, tenía un trabajo complicado por delante y no cabía duda de que a las mujeres de Boston les resultaba tan irresistible como a ella misma. Pero tenía que haber alguna forma de frenar a Brian Quinn. Bastaría con un par de rumores desafortunados para que los inversores retiraran su confianza en Patterson.
– Tenemos que desviar la atención -dijo Lily-. Necesitamos un escándalo mayor. Algún ministro aceptando un soborno o un famoso que se acueste con su hermanastra. Podríamos… podríamos dejar pistas falsas. Que Brian Quinn no sepa qué fuentes creer y cuáles descartar.
– Buena idea -dijo John Kostryki-. Dejaremos pistas falsas. Si se confía y no comprueba las fuentes, destruirá su reputación en esta ciudad.
Lily dudó. No debería tener reparos en pegar a Brian Quinn donde más le dolía: en su reputación. Pero tampoco quería destruirlo.
– Es una posibilidad -murmuró.
– Podríamos sorprenderlo en una situación comprometida -sugirió Allison Petrie.
– Tengo entendido que le gustan mucho las mujeres -añadió Margaret-. Si lo pillamos con la clase equivocada de mujer, podríamos hacer que se calmara.
La idea le resultó despreciable. Por no hablar del ataque de celos que le entraba sólo de pensar en Brian con otra mujer.
– Son opciones, son opciones -comentó ella.
– Tiene antecedentes -apuntó Derrick.
– ¿De escándalos con mujeres?
– Penales -precisó Derrick-. Antecedentes penales.
– ¿Brian Quinn está fichado? -preguntó asombrada Lily-. ¿Cómo lo sabes?
– El señor Patterson contrató a un detective para que lo investigara.
– He leído el informe. Pero no recuerdo nada de eso.
– Esta es la última actualización del detective -Margaret le acercó una carpeta-. Ha llegado esta mañana. Al parecer, Quinn ha tenido unos cuantos encuentros con la policía. Da la impresión de que la única razón por la que no está en la cárcel es porque su hermano es policía.
– ¿Sabías que Quinn tuvo la desfachatez de colarse en la fiesta de recaudación de fondos que ofreció Richard Patterson el fin de semana pasado? -intervino Allison-. Lo vieron unas cuantas personas.
– A partir de ahora, quiero ser la primera persona en ver los informes del investigador – dijo Lily tras agarrar la carpeta-. Margaret, asegúrate de que me la hagan llegar según se reciba. Nos vemos mañana por la mañana otra vez. A ver si se nos ocurren más opciones. Necesito tiempo para leer esto -añadió, dando por zanjada la reunión,
Salió de la sala de conferencias y, antes de entrar en su despacho, fue a la mesa de su ayudante Mary y recogió los mensajes que le habían dejado. Había dos de Brian, uno desde el teléfono del canal y otro desde su móvil.
– Bajo a comer algo -te comunicó mientras metía el informe del investigador en el bolso-. Y puede que luego me dé un paseo por el parque. Si vuelve a llamar Brian Quinn, dile que no tengo nada que decirle… No, mejor que le agradecería que deje de llamarme. No, espera, no le digas eso. No digas nada. Tómale el recado nada más.
Mientras caminaba hacia el ascensor, apenas podía contener la curiosidad. El informe, al igual que el anterior, era muy claro y detallado. Pero este se centraba en la vida privada de Brian más que en su carrera profesional.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Lily se unió al grupo de trabajadores que bajaban en la hora de la comida. Una vez fuera del edificio, se confundió entre la masa anónima de peatones que abarrotaban la acera. De pronto, sintió el peso abrumador de la soledad, tan asfixiante como el aire caliente y húmedo de la ciudad.
Desde que estaba en Boston, no había dejado de sentirse como una extranjera. No tenía amigos, nadie en quien pudiera confiar, a quien contarle sus problemas. Nada más conocía a Brian Quinn y había decidido expulsarlo de su vida para siempre.
Lily suspiró y se encaminó hacia el parque de la plaza de Correos, un pequeño oasis en medio de tantos rascacielos. Una vez allí,,se dirigió a la fuente de cristal y encontró un hueco de césped cerca, desde donde se oía el sonido relajante del agua.
Se puso la carpeta en el regazo y agarró el informe, pasando la vista a toda velocidad por encima hasta encontrar la alusión a la fiesta de recaudación de fondos.
– Según varios invitados -leyó en voz alta-, Brian Quinn estuvo presente en la fiesta de recaudación patrocinada por Richard Patterson, celebrada en el hotel Copley Plaza el sábado 14 de junio. Entró sin invitación y fue visto en compañía de una mujer pelirroja de identidad desconocida, con la que estuvo bailando hasta el final de la fiesta.
Lily respiró profundo. No había referencia alguna a lo que Brian había hecho después de bailar con ella, a nada de lo que había ocurrido en la limusina. Aliviada, Lily regresó al principio del informe y empezó a leer con más detenimiento. El detective había descrito pormenorizadamente la historia de una infancia bastante dura.