– Ven -le dijo cuando llegó a ella. que todavía intentaba aplacar los ánimos de la multitud-. Tienes que salir de aquí.
– ¡No!
Brian maldijo, se agachó y la levantó en brazos. Sin darle tiempo para reaccionar, enfiló hacia la furgoneta, donde Bob los esperaba con la puerta abierta.
– ¡Bájame! -exigió Lily, pataleando-. ¡Puedo controlar la situación!
– Ni loca -contestó Brian.
– ¡Brian, suéltala! -gritó Seamus antes de que alcanzaran la furgoneta-. No te hagas el héroe. Ya sabes lo que pasa.
Brian no hizo caso a su padre ni al pescado que le golpeó en un hombro. Otro pescado aterrizó un segundo sobre la cabeza de Lily.
– ¿Se puede saber qué haces? -exclamó ella una vez dentro de la furgoneta.
– Salvarte el pellejo.
– No pienso dejar que me intimiden -replicó Lily-. Si de verdad quieres ayudarme, ¿por qué no has llamado a la policía para que dispersen la manifestación?
– No había tiempo.
– Seguro que te lo estás pasando bomba – contestó ella-. Para ti será un notición.
– ¿Crees que quería rescatarte? -preguntó Brian irritado-. Antes me pondría un ancla en el cuello y me tiraría al fondo del mar. Ahora tengo que casarme contigo.
– ¿Qué? -preguntó anonadada Lily.
– La maldición -Brian se mesó el cabello-. Te he salvado la vida, se acabó. Ya no hay marcha atrás.
– No digas tonterías. No me has salvado la vida. Nadie se muere porque le caiga un pescado podrido.
– Bueno, pero te he salvado de una situación peligrosa. Más de una vez. Cinco o seis si llevo bien la cuenta.
– ¿Y por eso tengo que casarme contigo? Estás loco.
– No depende de ti ni de mí -contestó él-. Es la maldición de los Quinn. Ya está decidido.
– Eh… -Bob carraspeo-. ¿Queréis que os deje solos?
– Aunque no me parece tan mala idea – continuó Brian sin hacer caso al conductor-. No negarás que hay algo entre nosotros. Y algo más que una mera atracción sexual.
– Te equivocas. Y sabes que estás equivocado -Lily negó con la cabeza-. A ti lo que te gusta es la conquista. Vas detrás de mí igual que vas detrás de una noticia. Pero una vez me conquistes, te fijarás en otra mujer, cualquier mujer más guapa o más interesante, alguien que consiga retener tu atención más tiempo que yo.
– No es verdad.
– Si, definitivamente, os dejos solos -Bob abrió la furgoneta.
– ¡No! -gritó Lily-. Soy yo la que se va – añadió justo antes de escabullirse y saltar fuera para echar a correr entre los manifestantes hacia la segunda limusina.
Brian la miró, dispuesto a acudir en su ayuda si alguien intentaba detenerla. Pero los manifestantes parecían darse por contentos con haber saboteado el acto y se limitaron a lanzarle insultos. Nada más entrar en la limusina, el conductor arrancó, pisando a fondo el acelerador.
– ¿Acallas de pedirle que se case contigo? – preguntó Bob.
– No -contestó Brian.
– ¿Estás seguro?
– Le he dicho que me iba a casar con ella – matizó-. No se lo he pedido. Hay una diferencia.
– Ha sido un desastre -dijo Lily-. Pescados podridos por todas partes. Ha salido en todos los medios. Y en la página nueve del Herald había uno foto de mi trasero.
Lily agarró el periódico mientras paseaba arriba y abajo por el despacho. Tras el espantoso acto del día anterior, había tenido que improvisar para lavar la imagen corporativa. Había emitido un comunicado a la prensa en el que destacaba la firme convicción de Patterson sobre el derecho de los pescadores a manifestarse, aunque continuaba decidido a seguir adelante con el proyecto Wellston. Había respondido las preguntas de numerosos periodistas y había analizado el tratamiento que los medios de comunicación habían dado a lo que había sucedido.
– No será tan horrible -contestó Emma-. Siempre tiendes a exagerar cuando estás disgustada.
– Me levantó en brazos y me sacó de la plataforma -murmuró Lily.
– ¿Patterson?
– No, Brian Quinn. Fue… humillante. El Herald sacó una foto y ha salido en todas partes. Dos canales grabaron la escena y la van a poner… y no sólo en informativos. En programas de humor -rezongó Lily-. Pero eso no es lo peor.
– ¿Todavía hay algo peor?
– Creo que quizá me ha pedido que me case con él. No estoy segura. O sea, no fue una declaración convencional. Me plantó en la furgoneta y me dijo que teníamos que casarnos.
– A ese tío le falta un tornillo. Primero te agarra como un cavernícola y luego te pide que te cases con el. Lily, ¿me puedes explicar qué ves en un hombre así?
– En realidad no es así -contestó Lily-. Normalmente es muy dulce y considerado. Pero también es peligroso. Y divertido… Y es inteligente, muy inteligente.
– Suena a que estás enamorada.
– Lo que estoy es confundida… y puede que un poco enamorada.
– ¿Sólo un poco?
– Sí -reconoció Lily-. O quizá esté enamorada de la idea de estar enamorada. Ha sido una relación tan intensa. No creía que pudiese ser tan apasionada. Pero mi parte racional me dice que eso se apagará con el tiempo y entonces descubriré que no estoy enamorada. O puede que no se apague, pero sea él el que descubra que no esta…
– No le des tantas vueltas -atajó Emma-. ¿Estas o no estás enamorada?
– Ya he escrito mi carta de dimisión -dijo Lyly, obviando la pregunta de su amiga-. Aquí ya no me respetarán. Me he convertido en una diana para hacer chistes.
– Lily, no te precipites. No reacciones impulsivamente. ¿No es lo que siempre les dices a tus clientes? Tómate algo de tiempo, espera a ver cómo se desarrollan las cosas. Quizá no sea tan terrible como piensas.
– Te aseguro que la fotografía de mi trasero es espantosa -contestó Lily tras mirar el periódico un segundo-. Si quieres venir a Boston, creo que puedo convencer a Patterson para que siga contando con DeLay Scoville. Y, de ese modo, quizá salve mi trabajo en la agencia. Si no, tendré que abrir la prestigiosa empresa de Relaciones Públicas Gallagher y llevaré una dieta de sándwiches de crema de cacahuete.
Golpearon con suavidad a la puerta y Marie asomo la cabeza.
– El señor Patterson quiere hablar contigo – susurró preocupada la ayudante.
– Gracias, Marie -Lily animó a la chica con una sonrisa. Luego devolvió la atención a Emma-. Tengo que colgar. Reunión con el jefe. Deséame suerte.
– No la necesitas. Ya verás cómo todo sale bien.
Lily se despidió. Luego se levantó y echo un último vistazo al despacho. Ya había reunido los pocos objetos personales que había llevado y los había metido en una bolsa, por si acaso. Pero, mientras salía del despacho, se sentía curiosamente tranquila.
Era como,si todo formase parte de un plan cósmico. Según Brian, habían estado destinados a estar juntos desde que sus vidas se habían cruzado. Pero no era más que una fantasía. Era demasiado sincera como para engañarse.
– Señorita Gallagher, ¿va todo bien? -le preguntó Marie.
– No creo. Pero no te preocupes. No es culpa tuya.
Lily fue al ascensor y esperó a que llegara. Pero nada más entrar, comprendió que debía haber subido por las escaleras. No pudo evitar recordar el rato que había pasado atrapada allí dentro con Brian. ¿Cómo podía haber accedido a hacer el amor en un ascensor?
Pero, cuando las puertas se abrieron, pareció como si se hubiera quedado paralizada. Se acordó de lo que Brian le había dicho. Todavía no podía creérselo. ¿De verdad la quería o sólo se había declarado llevado por la pasión del momento?
Salió por fin y la señora Wilburn la recibió con frialdad, sin molestarse en ofrecerle un café ni sonreír. La cara de Patterson tampoco era amigable. Nunca la habían despedido antes, pero toda vez que había aceptado su destino, se sentía tranquila.