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– ¿Qué he hecho?

– ¿Señorita Gallagher?

– Lléveme al hotel, por favor -le pidió ella, sobresaltada por la voz del chófer, tras pulsar el botón del interfono.

Mientras la limusina doblaba la curva, Lily cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. No era momento de ponerse a dudar. Había ido a Boston para hacer un trabajo y, cuando terminara, volvería a Chicago. Y se llevaría un recuerdo increíble de un encuentro espontáneo y apasionado para que le hiciese compañía por las noches.

Apoyó las manos sobre el asiento y tocó con los dedos la pajarita de Brian.

– Sexo del bueno -murmuró mientras la acariciaba-. Eso ha sido todo -añadió. Pero su voz no sonó convencida.

– ¿No haces el telediario de esta noche? Brian se sentó en un taburete junto a su hermano gemelo, Sean, y saludo con la mano a su padre, al otro lado de la barra. El Pub de Quinn estaba relativamente vacío para ser un domingo por la tarde. Algunos clientes habituales estaban al fondo, jugando al billar, y una pareja estaba en una de las mesas próximas a la barra. Por los altavoces sonaba una suave balada irlandesa.

– ¿Haces el telediario de esta noche? -le preguntó Seamus tras acercarse con el mandil puesto.

– Sí. A las once. Tengo que estar en el estudio a las siete. Me apetecía comer algo antes.

– Tenemos coles. Te sirvo un plato.

– No, mejor una hamburguesa con queso, sin cebolla. Y un refresco sin burbujas, no me vaya a entrar hipo.

– ¿Por?-Seamus enarcó una ceja.

– Tengo que leer las noticias. No puedo arriesgarme a estar con hipo.

Seamus le acercó el refresco, luego apuntó el pedido y fue a la cocina a encargarle a Henry la hamburguesa.

Brian y Sean se quedaron en silencio, mirando sus bebidas. No necesitaban hablar. Desde que habían nacido, compartían un lenguaje secreto, una capacidad especial para adivinar el estado de ánimo del otro o lo que estaban pensando. Aunque Sean no solía abrirse con los demás hermanos, cuando estaba a solas con Brian sí podía sincerarse.

Brian sabía que todos pensaban que Sean era tímido y reservado. Pero también sabía que su hermano utilizaba una fachada de indiferencia para ocultar su sensibilidad. Se protegía tras una armadura y permitía a muy pocas personas que miraran dentro.

De todos los hermanos Quinn, Sean había sido el que había llevado peor la infancia que le había tocado. Se había rebelado contra las circunstancias. Nunca había aprendido a confiar y se había vuelto un hombre solitario. Había dejado el cuerpo de policía y se había hecho detective privado para poder trabajar a su aire.

– ¿Qué tal el trabajo? -preguntó Brian.

– Ni bien ni mal.

– Creía que habías pillado un buen pellizco con el caso ese de Liam, Eleanor y ese tal Pettibone.

Meses atrás, un banco de Manhattan había contratado a Sean para que resolviese un caso de malversación y este había pedido ayuda a su hermano Liam, al que le había encargado que vigilara a la sospechosa. Liam se había enamorado de ella. Después de limpiar su nombre y demostrar su inocencia, Eleanor Thorpe y Liam habían seguido viéndose y habían anunciado su compromiso el día después de la boda de Brendan y Amy, a principios de mayo.

– Lo pillé -dijo Sean-. Pero me lo he pulido con las costas de otro caso grande. A mi cliente rico no le ha gustado lo que he descubierto. Resulta que su mujer lo estaba engañando. Y ha decidido no pagarme los honorarios. He tenido que contratar a un abogado y presentar una denuncia.

– Vaya -lamento Brian-. Ojalá pudiera echarte una mano.

– Estoy bien -contestó Sean-. Liam está ganando dinero últimamente. Está pagando el alquiler del apartamento… por una vez. Seguirá con Ellie hasta que se muden a finales de verano. Hasta entonces no tendré problemas.

– ¿Cómo llevas lo de vivir con los dos?

– Le gusta limpiar -dijo Sean, encogiéndose de hombros, en alusión a Ellie-. Es un poco maniática con la tapa del váter. Y le agradecería que no dejara colgando… sus trapitos íntimos por todo el baño.

– Ya, supongo que pueden distraerte -murmuró Brian, recordando al instante el sujetador y las braguitas negras de encaje a juego de Lily Gallagher. Respiró profundamente y se sacó la imagen de la cabeza. Llevaba todo el día pensando en Lily y ya era hora de parar. Sí, era guapa e interesante y habían pasado una noche inolvidable; pero no debía concederle más importancia de la que tenía.

– Le gusta cocinar. Siempre hay restos en la nevera -continuó Sean después de un sorbo de Guinness-. Entre eso y, cuando vengo al pub, me estoy ahorrando un montón de dinero en comida.

Brian asintió con la cabeza. Miró hacia el fondo de la barra y captó las miradas de dos rubias despampanantes. Una de ellas lo saludó con la mano. En cualquier otra circunstancia, Brian le habría devuelto el saludo. Pero, tras su experiencia con Lily, había decidido tomarse un respiro con el sexo opuesto.

Conocer a Lily Gallagher lo había desconcertado. Nunca había perdido el control como con ella. Por supuesto que había seducido a unas cuantas mujeres, hasta había tenido aventuras de una noche, pero con Lily había sido distinto. En vez de sentirse saciado al despertar, se sentía inquieto, como si hubiese hecho algo… algo malo.

¿Pero qué? Ella lo había buscado tanto o más que él. Y, desde luego, no había necesitado presionarla. Le había dado la oportunidad de parar en aquella carrera alocada hacia la intimidad.

Era preciosa. Y tenía un cuerpo diseñado para sus manos. Brian miró a las chicas de la barra. Le resultó curioso pensar que un par de noches atrás le habrían resultado atractivas. Pero en esos momentos eran… demasiado. Tenían demasiado pintados los labios, demasiados reflejos en el pelo, demasiado ajustada la ropa y pechos demasiado grandes para ser naturales.

Lily no había necesitado mejoras para ser bonita. El cabello, la piel, la silueta esbelta. Todo le había parecido perfecto. De pronto la vio con la falda subida, con los ojos cerrados, en el momento del orgasmo. Brian emitió un gruñido débil y se frotó la frente.

– Lily -murmuró.

– ¿Qué? -preguntó Sean.

– ¿Qué de qué?

– Has dicho Lily -contestó Sean-. Lily, ¿qué?

– Ah… Lily. La conocí anoche. En la fiesta de recaudación de fondos en el Copley Plaza.

– Aja.

– ¿Qué significa eso?

– Nada.

– Entonces cierra la boca.

– No la tomes conmigo -dijo Sean-. Era por darte conversación.

– Bueno, pues no me la des -murmuró Brian. De nuevo se quedaron en silencio, ambos mirando sus bebidas, hasta que Brian soltó otro exabrupto.

– ¿Era guapa? -preguntó Sean.

– Sí. Y divertida, inteligente, muy sexy. Llevaba un vestido dorado que le sentaba… no te lo imaginas. De verdad, creo que me dejó sin respiración. ¿Alguna vez te ha pasado eso?

– Parece que te ha dado fuerte.

– He pasado una noche con ella.

– Dime que no la salvaste de una situación de vida o muerte -dijo Sean-. Si no, la has fastidiado.

– No, no la sal… -Brian frenó en seco. Maldita fuera. Sí la había salvado, no de un peligro mortal, pero sí de un acompañante aburrido. De hecho, Lily le había dado las gracias por el favor y el no se había dado cuenta de la importancia de sus palabras hasta ese momento-. Sí, supongo que la salvé.

– Pues ya la has liado. Brian, ¿es que no prestas atención? Conor, Dylan, Brendan y Liam. Hasta Keely. Es una maldición, ya lo sabes. Nadie es inmune. Ni siquiera tú.

– Ni tú -replicó Brian.

– ¿Ah, no? Yo no estoy llorando en la barra por una aventura de una noche.

– No fue una simple aventura -contestó.

– ¿Tienes su teléfono?, ¿has quedado en volver a verla? ¿Piensas llamarla?

– No.

– Entonces fue una aventura de una noche.

– Dicho así suena… bueno, no fue una aventura. Fue distinto. Además, si quisiera encontrarla, la encontraría.