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Un hombre joven y delgado, en mangas de camisa, dejó un hinchado saco de yute dentro de una de las cajas y después hizo una reverencia a Tylee tan pronunciada como la del escribiente, con el torso paralelo al suelo. No se irguió hasta que la mujer habló.

—Oficial general Khirgan. Deseo hablar con quienquiera que esté a cargo, si se me permite. —Era un tono muy diferente del que había usado con el escribiente, en absoluto perentorio.

—Como ordenéis —contestó el tipo delgado con un acento que sonaba amadiciense. Al menos, si era seanchan hablaba a un ritmo normal, sin arrastrar las palabras.

Hizo otra reverencia igualmente pronunciada, se apresuró hacia una zona donde seis de las cuadras se habían cerrado con paredes, a mitad de camino de la fila de la izquierda, y llamó apocadamente a la puerta; después esperó a recibir permiso antes de entrar. Cuando salió, regresó a la parte trasera del edificio sin dignarse siquiera dirigir una mirada a Perrin y Tylee. Al cabo de unos minutos, Perrin abrió la boca, pero Tylee hizo una mueca y sacudió la cabeza, así que volvió a cerrarla y esperó. Esperaron su buen cuarto de hora, y la impaciencia fue aumentando de segundo en segundo. La oficial general olía a una firme paciencia.

Finalmente, una mujer regordeta de aspecto atildado, con un vestido de color amarillo fuerte y de corte extraño, salió de la pequeña habitación, pero se detuvo para examinar el trabajo que se realizaba en la parte trasera del edificio sin hacer el menor caso de Tylee y de Perrin. ¡Tenía la mitad del cuero cabelludo rapado! El resto del cabello lo llevaba tejido en una gruesa trenza canosa que le colgaba sobre el hombro. Por fin asintió con satisfacción y se dirigió hacia ellos a buen paso. Un trozo ovalado, en color azul, sobre la pechera del vestido, llevaba bordadas tres manos doradas. Tylee hizo una reverencia tan pronunciada como la que Faloun le había hecho a ella, y, recordando su advertencia, Perrin hizo otro tanto. La remilgada mujer inclinó la cabeza. Ligeramente. Olía a orgullo.

—¿Deseáis hablar conmigo, oficial general? —Tenía una voz suave, tan atildada como ella misma. Y nada acogedora. Era una mujer muy ocupada a la que estaban molestando. Una mujer ocupada y consciente de su importancia.

—Sí, honorable —contestó respetuosamente Tylee. Un atisbo de irritación surgió entre su olor a paciencia, pero enseguida desapareció. Su semblante se mantuvo inexpresivo—. ¿Podéis decirme cuánta horcaria tenéis preparada?

—Una extraña petición —comentó la otra mujer como si estuviera considerando responder o no. Ladeó la cabeza en un gesto pensativo—. De acuerdo —dijo al cabo de un momento—. Según el recuento a media mañana, tengo noventa y siete quintales y cuatro libras. Un extraordinario logro, aunque lo diga yo, si se tienen en cuenta las cantidades que he expedido y lo difícil que resulta conseguir la planta en terreno agreste sin enviar escarbadores a distancias disparatadas. —Por imposible que pudiera parecer, el olor a orgullo se volvió más intenso—. He resuelto ese problema, sin embargo, al inducir a los campesinos locales a que planten horcaria en algunos de sus campos. Para el verano hará falta construir algo más grande que albergue esta manufactura. Os confesaré que no me sorprendería que se me ofreciera un nuevo nombre por esto. Aunque, naturalmente, tal vez no lo acepte. —Con un amago de sonrisa afectada pasó los dedos por el óvalo de la pechera tan ligeramente que era casi una caricia.

—La Luz os será propicia, honorable —murmuró Tylee—. Milord, ¿me hacéis el favor de enseñar el documento a la honorable? —Todo ello con una reverencia a Perrin notablemente más pronunciada que la que había dedicado a la otra mujer. La atildada mujer enarcó las cejas.

Alargaba la mano para tomar el papel que le ofrecía Perrin cuando se quedó paralizada, clavada la vista en el rostro del él. Por fin se había fijado en sus ojos. Con una leve sacudida, salió del pasmo y empezó a leer sin que en el rostro se reflejaran expresión alguna de sorpresa, tras lo cual dobló la hoja y empezó a darse golpecitos con ella contra la otra mano.

—Parece que os movéis a altos niveles, oficial general. Y con una extraña compañía ¿Qué ayuda me pedís vos… o él?

—Horcaria, honorable —dijo suavemente Tylee—. Toda la que tenéis. Se cargará en carros lo antes posible. Y nos tendréis que proporcionar también esos carros y los conductores, me temo.

—¡Imposible! —espetó la atildada mujer mientras se erguía altaneramente—. He establecido un programa muy estricto respecto a la cantidad de libras de horcaria preparada que se despacha cada semana, y me atengo a él sin desviarme un ápice, y no quiero ver manchado ese expediente. El daño que se ocasionaría al imperio sería inmenso. Las sul’dam están atando marath’damane a manos llenas.

—Disculpadme, honorable —dijo Tylee con otra reverencia—. Si pudieseis encontrar la forma de darnos…

—Oficial general —la interrumpió Perrin. Saltaba a la vista que aquél era un encuentro delicado y había procurado mantener relajado el gesto, pero ya no pudo evitar fruncir el entrecejo. Ni siquiera estaba seguro de que casi cinco toneladas del producto fueran suficientes, ¡y ella iba a intentar negociar por una cantidad menor! La mente le trabajaba a toda velocidad para dar con una solución. A su entender, las prisas conducían a hacer mal las cosas, a cometer errores y a provocar percances, pero no tenía opción—. Puede que esto no le interese a la honorable, desde luego, pero Suroth prometió muerte y algo peor si se ponían obstáculos a su plan. Supongo que su cólera no llegará más allá de vos y de mí, pero dijo que se cargara todo.

—No, por supuesto que la cólera de la Augusta Señora no tocará a la honorable. —Tylee lo dijo como si no estuviera segura de ello.

La atildada mujer respiraba con dificultad, de forma que el óvalo con las tres manos doradas subía y bajaba sobre el pecho. Hizo una reverencia a Perrin como la que le había hecho antes Tylee.

—Necesitaré casi todo el día para reunir suficientes carros en los que cargar el producto. ¿Bastará así, milord?

—Tendrá que bastar, ¿verdad? —replicó Perrin mientras le quitaba la nota de la mano. La mujer soltó el papel de mala gana y observó con gesto ávido cómo se lo guardaba en el bolsillo de la chaqueta.

Ya fuera, la oficial general sacudió la cabeza mientras se encaramaba a la silla.

—Tratar con Manos Menores siempre es difícil. Ninguno de ellos ve nada inferior en sí mismo. Pensé que esto estaría a cargo de alguien de Cuarto o Quinto Rango, lo que ya habría resultado muy complicado. Cuando vi que la mujer era del Tercer Rango, sólo dos peldaños más abajo que una Mano de la Emperatriz en persona, así viva para siempre, tuve la seguridad de que no conseguiríamos más que unos pocos cientos de libras, si acaso. Pero habéis llevado el asunto maravillosamente. Corriendo un riesgo, pero, aun así, magníficamente disimulado.

—Bueno, nadie quiere jugársela a cara o cruz —comentó Perrin mientras salían del establo a la ciudad con todos en fila detrás de ellos dos. Ahora tenían que esperar por los carros y quizá deberían buscar una posada. Ardía de impaciencia. Quisiera la Luz que no tuvieran que pasar la noche allí.

—Vos no lo sabíais —susurró Tylee—. Esa mujer supo que se hallaba a la sombra de la muerte tan pronto como leyó la nota de Suroth, pero estaba dispuesta a correr el riesgo para cumplir con su deber para con el imperio. Una Mano Menor de Tercer Rango tiene prestigio suficiente para escapar de la muerte aduciendo cumplimiento del deber. Pero utilizasteis el nombre de Suroth. Hacer algo así está bien casi siempre, salvo cuando se habla directamente a la Augusta Señora, claro; pero, con una Mano Menor, usar su nombre sin el título significa que o sois un lugareño ignorante o un íntimo de Suroth. La Luz os fue propicia, y la mujer creyó que sois lo segundo.