Elayne se quedó sin respiración cuando un hombre enjuto con coraza y yelmo cónico de acero se lanzó sobre Birgitte espada en mano, pero la rubia mujer esquivó la estocada con calma —a través del vínculo parecía que había salido a una larga cabalgada, poco más— y le propinó un golpe de revés con el arco en un lado de la cabeza que lo derribó de las almenas. El tipo tuvo tiempo de gritar antes de estrellarse contra el suelo empedrado con un ruido nauseabundo. No era el único cadáver tirado en la calle. Birgitte decía que los hombres no seguirían a nadie a menos que supieran que esa persona estaba dispuesta a arrostrar los mismos peligros y las mismas dificultades a los que ellos se enfrentaban, pero si por hacer caso a esas necedades masculinas conseguía que la mataran…
Elayne no se dio cuenta de que había taconeado a Fogoso hasta que Caseille asió las riendas del caballo.
—No soy idiota, teniente —dijo en un tono gélido—. No tengo intención de acercarme hasta que sea… seguro.
La arafelina retiró bruscamente la mano; detrás de las barras del bruñido casco cónico, el semblante de la mujer se tornó impasible. Inmediatamente, Elayne se sintió mal por ese exabrupto —Caseille sólo hacía su trabajo— pero aun así seguía enfadada y no iba a disculparse. Sintió vergüenza al darse cuenta de que esos pensamientos eran producto de una rabieta. Pero qué puñetas, había momentos en los que abofetearía a Rand por haberla dejado embarazada de esos bebés. Últimamente no sabía los cambios de humor que iba a tener de un instante para otro. Pero los tenía, vaya que sí.
—Si esto es lo que sucede cuando se va a tener un bebé creo que nunca tendré uno —dijo Aviendha mientras se ajustaba el chal oscuro echado sobre los hombros.
La silla de montar de arzones altos de su rucio le levantaba la voluminosa falda Aiel lo suficiente para que enseñara las piernas hasta las rodillas; llevaba medias, sí, pero no parecía que esa exhibición la incomodara. Con la yegua parada, la Aiel parecía habituada a montar. Claro que Mageen —«margarita» en la Antigua Lengua— era un animal dócil y tranquilo que tendía a estar fondón. Por suerte, Aviendha sabía tan poco de caballos que no reparaba en esos detalles.
Unas risas apagadas hicieron que Elayne girara la cabeza. Las veintiuna mujeres que conformaban su guarda personal —todas ellas asignadas al servicio esa mañana, incluida Caseille—, vestidas con armadura y yelmo bruñidos, mostraban un gesto impasible. Demasiado impasible, de hecho. Sin duda alguna, se reían por dentro. Pero las cuatro Allegadas situadas detrás de ellas se tapaban la boca con la mano y tenían juntas las cabezas. Alise, normalmente una mujer de rostro afable que tenía pinceladas grises en el pelo, vio que las observaba —mejor dicho, les asestaba una mirada fulminante— y puso los ojos en blanco ostentosamente, lo que provocó que las otras volvieran a reírse. Caiden, una bonita domani metida en carnes, se rió con tanta fuerza que se tuvo que sujetar en Kumiko, a pesar de que la canosa y rolliza mujer parecía tener sus propias dificultades. La irritación aguijoneó a Elayne. No se debía a las risas —vale, un poco sí— y desde luego, tampoco a las Allegadas. Al menos, no mucho. Su ayuda era inestimable.
Esta lucha en las murallas no era, ni mucho menos, el primer asalto que Arymilla había lanzado en las últimas semanas. De hecho, su frecuencia iba en aumento, ahora hasta tres o cuatro ataques al día en ocasiones. Arymilla sabía perfectamente que Elayne no tenía suficientes hombres para defender las seis leguas de murallas, así la abrasara la Luz, y, del mismo modo, Elayne sabía que tampoco podía prescindir de hombres entrenados para cubrir todas las leguas de murallas y torres, y si ponía gente sin experiencia sería empeorar las cosas. Los hombres de Arymilla sólo tenían que hacerse con una de las puertas de la ciudad. Así podría llevar los combates al interior de la urbe, donde Elayne se encontraría muy superada en número. Tal vez la población se alzaría en su favor, cosa que no era segura; aun así, eso sólo serviría para aumentar la matanza al enfrentarse aprendices, mozos de cuadra y tenderos contra soldados entrenados y mercenarios. Quienquiera que acabara sentándose en el Trono del León —y muy probablemente no sería Elayne Trakand— estaría manchada con la sangre de Caemlyn. Así que, aparte de defender las puertas y apostar vigías en las torres, había hecho que todos los soldados se retiraran a la Ciudad Interior, cerca del Palacio Real, y había situado hombres con visores de lentes en las torres más altas de palacio. Cuando un centinela avistaba un nuevo ataque, algunas Allegadas se coligaban y abrían accesos para llevar a los soldados al lugar indicado. Ellas no participaban en la lucha, por supuesto. Elayne no les habría permitido utilizar el Poder Único como arma aunque hubieran estado dispuestas a hacerlo.
De momento había funcionado, aunque casi siempre por los pelos. La Baja Caemlyn —la zona de extramuros— era un laberinto de casas, tiendas, posadas y almacenes que permitía a los hombres retirarse antes de que se los viera. En tres ocasiones sus soldados habían tenido que luchar en las calles en el interior de la muralla y recobrar al menos una de las torres. Una tarea cruenta. Habría incendiado la Baja Caemlyn hasta los cimientos para dejar sin cobertura a la gente de Arymilla. Sin embargo, el fuego se podía extender fácilmente al interior de las murallas y originar un gran incendio, hubiera lluvias primaverales o no. Tal como estaba la situación, cada noche estallaban incendios provocados en el interior de la ciudad, y sofocar ésos ya conllevaba bastantes dificultades. Además, la gente vivía en esas casas a pesar del asedio y no quería que se la recordara como la que destruyó sus hogares y sus medios de subsistencia. No, lo que le molestaba era que no se le hubiera ocurrido antes utilizar a las Allegadas de ese modo. Si lo hubiera hecho, no tendría que estar aguantando aún a las mujeres de los Marinos, y no digamos ya el trato por el que les cedía una milla cuadrada de Andor. ¡Luz, una milla cuadrada! Su madre no había cedido ni un centímetro de Andor. La Luz la abrasara, este asedio no le dejaba tiempo para llorar a su madre. O a Lini, su vieja niñera. Rahvin había asesinado a su madre y, probablemente, Lini había muerto al intentar protegerla. Encanecida y consumida por los años, Lini no se habría echado atrás ni siquiera frente a un Renegado. Pero pensar en Lini hizo que oyera la atiplada voz de la mujer: «No puedes volver a meter la miel en el panal, pequeña». Lo hecho, hecho estaba, y tendría que vivir con ello.
—Ya está. Se acabó —dijo Caseille—. Se dirigen a las escalas.
Y así era. A lo largo de toda la muralla los soldados de Elayne avanzaban, mientras que los de Arymilla retrocedían por las almenas donde habían apoyado las escaleras de mano. Los hombres aún morían en el parapeto, pero la lucha se acababa.
Elayne se sorprendió a sí misma al clavar los talones en los flancos de Fogoso. En esta ocasión ninguna de las mujeres fue lo bastante rápida para detenerla. Perseguida por los gritos, Elayne cruzó la calle al galope y desmontó de un salto al pie de la torre más cercana antes de que el castrado se hubiera detenido por completo. Abrió la pesada puerta de un empujón, se recogió la falda pantalón y subió a todo correr la escalera de caracol, contraria a las agujas del reloj, dejando atrás amplios nichos en el muro donde grupos de hombres armados la miraban asombrados al verla pasar corriendo. Esas torres estaban construidas así para poder defenderlas de atacantes que intentaran abrirse camino hacia la ciudad desde lo alto de la muralla. La escalera acababa en una gran sala donde otra escalera, en el lado opuesto, subía en espiral haciendo el giro en dirección contraria. Una veintena de hombres con corazas y cascos disparejos descansaban sentados contra la pared, jugaban a los dados mientras charlaban y reían como si nadie hubiera muerto detrás de las dos puertas reforzadas con hierro de la habitación.