Выбрать главу

Alise miró a Elayne y apretó los labios un momento mientras se arreglaba innecesariamente la falda marrón. Se había opuesto a que se permitiera a Elayne —¡se permitiera!— ir allí. ¡Y Birgitte casi había cedido! Alise era una mujer convincente.

—Cuando queráis, estamos listas, capitana general —dijo.

—Adelante —dijo Elayne, pero Alise esperó hasta que Birgitte asintió con la cabeza antes de coligarse con las otras tres Allegadas. Después de echarle esa ojeada, hizo caso omiso de Elayne. De verdad que Nynaeve no tendría que haber empezado a animarlas a «demostrar algo de carácter», como decía ella. Cuando volviera a encontrarse con Nynaeve iba a tener unas palabras con ella.

El familiar corte vertical apareció y pareció rotar abriéndose a un espacio del establo principal de palacio, un agujero en el aire de casi cuatro pasos por cuatro, aunque la vista a través de la abertura de las altas puertas en arco de una de las cuadras de mármol blanco estaba un poco más descentrada de lo que había esperado. Cuando salió a las baldosas mojadas del patio del establo vio por qué. Había otro acceso abierto, ligeramente más pequeño. Si se intentaba abrir un acceso donde ya existía otro, el segundo se desplazaba justo lo suficiente para que los dos no se tocaran, bien que el espacio entre ambos era más fino que el filo de una navaja. De aquel otro acceso parecía que una columna doble de hombres salía a caballo del muro exterior del patio del establo para trazar una curva y abandonar el patio por las puertas reforzadas con hierro. Algunos llevaban yelmos y petos bruñidos o armaduras con cota de malla, pero todos vestían la chaqueta roja de cuello blanco de la Guardia Real. Un hombre alto, ancho de hombros, con dos nudos dorados en el hombro izquierdo de la chaqueta roja, se hallaba bajo la lluvia observándolos con el yelmo apoyado en la cadera.

—Ése es un espectáculo que alivia los ojos doloridos —murmuró Birgitte. Grupos reducidos de Allegadas recorrían la campiña en busca de cualquiera que intentara acudir en apoyo de Elayne, pero era un asunto arriesgado. Hasta ese momento, a las Allegadas les habían hablado de docenas y docenas de grupos que trataban de hallar un camino hacia la ciudad, pero sólo habían conseguido localizar cinco que totalizaban menos de un millar de hombres. Se había propagado el rumor del gran número de hombres que Arymilla tenía alrededor de la ciudad, y los hombres que apoyaban a Trakand parecían temerosos de que los encontraran; de quién podía encontrarlos.

Tan pronto como Elayne y las demás aparecieron, unos mozos con uniforme rojo y el León Blanco en el hombro izquierdo se acercaron corriendo. Un tipo flaco y huesudo al que le faltaban algunos dientes y sólo con una orla de cabello blanco se ocupó de sujetar la brida de Fogoso mientras una mujer delgada y entrecana sostenía el estribo para que Elayne desmontara. Haciendo caso omiso del aguacero, Elayne se encaminó hacia el hombre alto, salpicando agua a cada paso. El cabello le caía empapado sobre la cara y se le pegaba a la piel, pero vio que era joven, cerca de la madurez.

—Que la Luz brille sobre vos, teniente —dijo—. ¿Vuestro nombre? ¿A cuántos habéis traído? ¿Y de dónde? —A través del reducido acceso alcanzaba a ver una fila de jinetes que se extendía hasta perderse de vista entre los altos árboles. Cuando un par pasaba por el acceso otro par aparecía al extremo de la columna. Nunca habría imaginado que hubiera tantos guardias en alguna parte.

—Charlz Guybon, mi reina —contestó mientras hincaba una rodilla en el suelo y apoyaba el puño enguantado en las baldosas—. El capitán Kindlin, en Aringill, me dio permiso para que intentáramos llegar a Caemlyn. Eso fue después de que nos enteramos de que lady Naean y las otras habían escapado.

—Levantaos, teniente —dijo Elayne riendo—. Levantaos. Todavía no soy reina. —¿Aringill? Nunca había habido tantos guardias allí.

—Como ordenéis, milady —dijo él al tiempo que se ponía de pie y hacía una reverencia más indicada para la heredera al trono.

—¿Podemos seguir dentro con esto? —inquirió, irritada, Birgitte. Guybon se fijó en la chaqueta de la mujer con los galones dorados en los puños así como los nudos de rango y le hizo un saludo al que ella respondió con un rápido gesto de cruzar el brazo sobre el pecho. Si le sorprendió ver a una mujer en el cargo de capitán general fue lo bastante listo para no demostrarlo—. Estoy empapada, y tú también lo estás, Elayne.

Aviendha estaba justo detrás de ella con el chal echado sobre la cabeza y aparentemente no tan complacida con la lluvia ahora que la blusa blanca se le pegaba al cuerpo y la falda oscura chorreaba agua. Las mujeres de la guardia conducían los caballos hacia uno de los establos a excepción de las ocho que se quedarían con Elayne hasta que llegara el reemplazo. Guybon tampoco hizo ningún comentario sobre ellas. Un hombre muy juicioso.

Elayne consintió en que la condujeran con apremio hacia la sencilla columnata que daba acceso al palacio propiamente dicho. Incluso allí las mujeres de la escolta la rodeaban, cuatro delante y cuatro detrás, así que se sentía como una prisionera. Sin embargo, a cubierto ya de la lluvia, se paró en seco. Quería saber. De nuevo intentó abrazar el saidar —librarse de la humedad de la ropa sería tarea fácil con el Poder— pero la Fuente se le escabulló una vez más. Aviendha no conocía el tejido, así que se tuvieron que quedar allí chorreando agua. Las sencillas lámparas de hierro forjado que jalonaban la pared no se habían encendido todavía, de modo que con la lluvia el recinto estaba oscuro. Guybon se pasó los dedos por el pelo en un intento de peinarlos. ¡Luz, era guapísimo! Sus ojos, verdosos con mezcla de color avellana, estaban cansados, pero tenía un rostro que parecía hecho para la sonrisa; aunque daba la impresión de no haber sonreído hacía mucho tiempo.

—El capitán Kindlin dijo que podía intentar encontrar hombres a los que Gaebril había licenciado, milady, y empezaron a acudir en tropel tan pronto como transmití el llamamiento. Os sorprendería saber cuántos guardaron el uniforme en un arcón por si un día volvían a requerir su servicio. Bastantes se llevaron también la armadura, cosa que no deberían haber hecho, estrictamente hablando, pero me alegro de que lo hicieran. Temí haber esperado demasiado cuando supe lo del asedio. Me estaba planteando tratar de abrirnos paso a la fuerza hacia una de las puertas de la ciudad cuando la señora Zigane y las otras me encontraron. —Una expresión desconcertada asomó a su semblante—. Se enfadó mucho cuando la llamé Aes Sedai, pero eso que nos ha traído hasta aquí tiene que ser el Poder Único.

—Lo era, y ella no es eso —dijo Elayne con impaciencia—. ¿Cuántos habéis traído, teniente?

—Cuatro mil setecientos sesenta y dos guardias, milady. Y encontré a varios nobles que intentaban llegar a Caemlyn con sus mesnaderos. Podéis sentiros contenta. Me aseguré de que os fueran leales antes de permitirles unirse a mí. No pertenecen a las grandes casas, pero con ellos llegamos a un total de casi diez mil hombres, milady. —Lo dijo como si aquello no tuviera la menor importancia: «Hay cuarenta caballos aptos para cabalgar en el establo. Os he traído diez mil soldados».

Elayne se echó a reír y a dar palmas de contento.

—¡Es maravilloso, capitán Guybon! ¡Maravilloso! —Arymilla todavía contaba con más efectivos, pero ya no había tanta diferencia.

—Teniente de la guardia, milady. Soy teniente.

—A partir de este momento sois el capitán Guybon.

—Y mi segundo al mando —añadió Birgitte—, al menos de momento. Habéis demostrado ser un hombre con recursos, y por la edad debéis de tener experiencia, y necesito ambas cosas.