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—Jillari lo siente —se disculpó en un susurro apenas audible al tiempo que enlazaba las manos a la cintura. Los ojos los mantuvo bajos, con gesto humilde—. Jillari tratará de no olvidarlo.

—En primera persona —apuntó Kara—. ¿Recuerdas lo que te dije? Yo te llamo Jillari, pero cuando hablas tú has de usar «yo». Inténtalo. Y mírame. Puedes hacerlo. —Era casi como si animara a una criatura.

La seanchan se humedeció los labios y echó una mirada de soslayo a Kara.

—Yo —musitó, y al instante rompía a llorar de tal modo que las lágrimas le corrían por las mejillas más deprisa de lo que ella era capaz de limpiárselas con los dedos. Kara la abrazó al tiempo que hacía sonidos tranquilizadores. Parecía estar al borde de las lágrimas también. Aviendha rebulló, incómoda. No era por las lágrimas; entre los Aiel, tanto hombres como mujeres lloraban sin avergonzarse cuando tenían ganas de hacerlo. Sin embargo, para ellos hasta tocarse las manos era mostrar los sentimientos en público.

—¿Por qué no camináis un rato solas? —les dijo Reanne a las dos con una sonrisa reconfortante que acentuó las finas arrugas que tenía en los rabillos de los ojos azules. Tenía una voz de timbre alto y grato, adecuada para cantar—. Os alcanzaré y luego comeremos juntas. —Le hicieron reverencias a ella también, Jillari todavía llorando, y luego dieron media vuelta, Kara con el brazo echado sobre los hombros de la mujer más pequeña.

»Si os place, milady, podríamos hablar de camino a vuestros aposentos —propuso Reanne antes de que las dos mujeres hubieran dado un par de pasos.

La expresión de Reanne era tranquila, y no dio un tono especial a las palabras, pero Elayne apretó los dientes. Se obligó a aflojar la presión. No tenía sentido ser una estúpida cabezota. Estaba mojada. Y empezaba a temblar, aunque no podía decir que hiciera frío ese día.

—Una excelente sugerencia —contestó mientras recogía los vuelos de la falda empapada—. Venid.

—Podríamos caminar un poco más deprisa —murmuró Birgitte en un tono un poco más alto que entre dientes.

—Podríamos correr —dijo Aviendha sin intentar mantener la voz baja en absoluto—. A lo mejor nos secábamos con el esfuerzo.

Elayne no les hizo caso alguno y se desplazó a un paso apropiado. En su madre, habría sido majestuoso. No estaba segura de ser capaz de conseguir eso, pero de lo que no le cabía duda era que no iba a correr por el palacio. Ni siquiera a caminar deprisa. Verla apresurada daría pie a una docena de rumores, a cada cual peor. Tal y como iban las cosas, ya había rumores de sobra flotando en el aire. El peor era que la ciudad estaba a punto de caer, y que planeaba huir antes de que tal cosa ocurriera. No, se la vería totalmente imperturbable. Todos tenían que creer que se sentía absolutamente segura de sí misma. Aunque sólo fuera una fachada. Cualquier otra cosa sería tanto como doblegarse ante Arymilla. El miedo a la derrota había llevado a perder tantas batallas como la debilidad, y ella no podía permitirse el lujo de perder ni una.

—Creía que la capitana general os había enviado a explorar, Reanne.

Birgitte había estado utilizando a dos de las Allegadas como exploradoras, las mujeres que no podían crear un acceso lo bastante grande para que pasara un carro tirado por caballos, pero con los círculos de Allegadas capaces de crear accesos tanto para comercio como para el desplazamiento de soldados, había incorporado a la tarea a las restantes seis que podían Viajar por sí mismas. El cerco de un ejército no representaba un impedimento para ellas. Sin embargo, el vestido que llevaba Reanne, de buen corte y buen paño azul, aunque sin adornos a excepción de un alfiler en forma de círculo, esmaltado en rojo, no era adecuado para moverse furtivamente por la campiña.

—La capitana general pensaba que sus exploradoras necesitaban un descanso. Al contrario que ella misma —añadió suavemente Reanne a la par que enarcaba una ceja en dirección a Birgitte. El vínculo transmitió un fugaz destello de irritación. Por alguna razón, Aviendha se echó a reír; Elayne seguía sin entender el humor Aiel—. Mañana volveré a salir. Me hace evocar aquellos tiempos lejanos en los que era vendedora ambulante en una mula. —Las Allegadas ejercían muchos oficios durante sus largas vidas, siempre cambiando de localidad y de oficio antes de que alguien se fijara en que envejecían muy despacio. Las de más edad entre ellas habían ejercido media docena de oficios o más, y pasaban de uno a otro con facilidad—. Decidí dedicar mi día libre a ayudar a Jillari a decidirse por otro nombre. —Reanne torció el gesto—. En Seanchan se tiene por costumbre borrar los nombres de las chicas en el padrón familiar cuando se les pone la correa, y la pobre mujer cree que no tiene derecho al nombre con el que nació. El de Jillari lo recibió junto con la correa, pero quiere conservar ése.

—Hay más razones para odiar a los seanchan de las que puedo contar —comentó Elayne con acaloramiento. Después, tardíamente, cayó en la cuenta del significado de todo ello. Aprender a hacer una reverencia. Elegir un nombre. ¡Así se abrasara si estar embarazada la volvía obtusa, por si lo demás fuera poco…!—. ¿Cuándo cambió Jillari de opinión respecto al collar? —No había razón para que todo el mundo se diera cuenta de lo torpe que estaba ese día.

La expresión de la otra mujer no cambió un ápice, pero vaciló lo suficiente para que Elayne comprendiera que su intento de engaño había fracasado.

—Esta mañana, después de que vos y la capitana general os marchasteis, o de otro modo se os habría informado. —Reanne pasó rápidamente sobre ese punto para no dar tiempo a que se enconara—. Y hay otra noticia igual de buena. Al menos, hasta cierto punto. Una de las sul’dam, Marli Noichin, ¿la recordáis?, ha admitido que ve los tejidos.

—Oh, sí que es una buena noticia —murmuró Elayne—. Muy buena. Quedan otras veintiocho, pero convencerlas será más fácil ahora que una de ellas se ha venido abajo. —Había presenciado un intento de convencer a Marli de que podía aprender a encauzar, que ya podía ver los tejidos del Poder. La rellena seanchan se había mostrado obcecadamente desafiante incluso después de ponerse a llorar.

—Buena hasta cierto punto, dije. —Reanne suspiró—. En su opinión, tanto habría dado si hubiera admitido que asesinaba niños. Ahora dice que hay que atarla a la correa. Suplica que se le ponga el a’dam. Me pone la piel de gallina. No sé qué hacer con ella.

—Mandadla de vuelta con los seanchan lo antes posible —contestó Elayne.

Reanne se paró en seco, conmocionada, y con las cejas arqueadas hasta al máximo. Birgitte carraspeó; fuerte —la impaciencia rebosó en el vínculo antes de que la ocultara—, y la Allegada dio un respingo, tras lo cual echó a andar de nuevo, aunque a un paso más rápido que antes.

—Pero la harán damane. No puedo condenar a eso a ninguna mujer.

Elayne asestó una mirada a su Guardián que resbaló como lo haría una daga al topar con una buena armadura. La expresión de Birgitte era… plácida. Para la mujer de cabello dorado, ser Guardián conllevaba en gran parte un comportamiento de hermana mayor. Y a veces peor aún, de madre.

—Yo sí puedo —dijo, dando énfasis a la primera palabra, además de alargar más el paso. Bueno, no vendría mal ponerse ropa seca antes que después—. Ayudó a tomar a muchas otras prisioneras, suficientes para que pruebe su propia medicina, Reanne. Pero no es sólo por eso por lo que quiero que regrese con los seanchan. Si alguna de las otras quiere quedarse y aprender y así compensar lo que ha hecho, por supuesto que no se la mandará de vuelta, pero, tan verdad como que existe la Luz, ojalá que todas sientan lo mismo que Marli. Le pondrán un a’dam, Reanne, pero no podrán mantener en secreto quién era. Cada antigua sul’dam que pueda mandar de vuelta para que los seanchan la aten a la correa, será un azadón cavando en sus raíces.