Выбрать главу

—Una dura decisión —dijo tristemente Reanne. Tironeó de la falda con agitación, se alisó la tela, y volvió a darle tirones—. Tal vez querréis considerarla durante unos cuantos días. No es algo que haya de hacerse de forma inmediata.

Elayne rechinó los dientes. ¡La mujer estaba dando a entender que había tomado esa decisión inducida por uno de sus cambios de humor! Pero ¿lo había hecho? Parecía razonable y lógico. No podían tener prisioneras a las sul’dam para siempre. Mandar de vuelta con los seanchan a aquellas que no desearan la libertad era una forma de librarse de ellas a la par que se asestaba un golpe a los seanchan. Era más que odio por cualquier seanchan. Pues claro que sí. Así se abrasara, ¡pero cómo odiaba no estar segura de si sus decisiones eran atinadas! No podía permitirse tomar decisiones erróneas. Con todo, no había prisa. De todos modos, siempre sería mejor mandar de vuelta un grupo. De ese modo habría menos probabilidades de que alguien arreglara un «accidente». No le extrañaría que los seanchan hicieran algo así.

—Lo pensaré, Reanne, pero dudo que cambie de opinión.

Reanne volvió a suspirar, profundamente. Ansiosa del prometido regreso a la Torre Blanca y al blanco de novicia —se le había oído decir que envidiaba a Kirstian y a Zarya— y deseaba muchísimo entrar en el Ajah Verde, aunque Elayne albergaba sus dudas. Reanne era amable, compasiva, de hecho, y Elayne nunca había visto una Verde a la que pudiera llamar «blanda». Hasta las que parecían pomposas o delicadas de cara al exterior, eran frío acero por dentro.

Un poco más adelante, Vandene salió de un corredor que cruzaba en horizontal —esbelta, de pelo blanco y grácil en el vestido de paño verde oscuro rematado por un reborde marrón oscuro— y giró en la misma dirección hacia la que iban ellas sin que, aparentemente, se diera cuenta de su presencia. Era una Verde, y tan dura como una cabeza de martillo. Jaem, su Guardián, caminaba a su lado y llevaban la cabeza inclinada para sostener una conversación en voz baja; de vez en cuando se pasaba una mano por el pelo gris y ralo. Sarmentoso y enjuto, con la chaqueta verde oscuro colgándole flojamente, era viejo, pero hasta la última pizca tan duro como ella, una vieja raíz capaz de embotar hachas. Kirstian y Zarya, ambas con el blanco liso de las novicias, los seguían modosamente con las manos enlazadas a la altura de la cintura, una de ellas, pálida como una cairhienina, y la otra baja y estrecha de caderas. Para tratarse de fugitivas que habían tenido éxito en lo que tan pocas conseguían —permanecer libre de la Torre Blanca durante años, trescientos en el caso de Kirstian— habían vuelto a ocupar su sitio como novicias con asombrosa facilidad. Claro que la Regla de las Allegadas era una mezcla de las leyes por las que se gobernaban las novicias y de aquellas según las cuales vivían las Aceptadas. Tal vez, para ellas los vestidos de paño blanco y la pérdida de la libertad para ir y venir a su antojo eran los únicos cambios reales, aunque las Allegadas también regulaban lo último hasta cierto punto.

—Me alegro mucho de que tenga a esas dos para ocuparse de ellas —murmuró Reanne con un timbre de conmiseración. Una doliente compasión brillaba en sus ojos—. Está bien que llore a su hermana, pero me temo que la muerte de Adeleas la tendría obsesionada sin Kirstian y Zarya. De todos modos es posible que lo esté. Creo que ese vestido que lleva era de Adeleas. He intentado reconfortarla, ya que tengo experiencia en ayudar a la gente abrumada por el dolor. Fui Mujer Sabia de un pueblo además de llevar el cinturón rojo en Ebou Dar hace mucho tiempo. Sin embargo no me dijo ni dos palabras.

De hecho, en la actualidad Vandene sólo llevaba ropa de su hermana, como también el perfume floreado de Adeleas. A veces Elayne pensaba que Vandene intentaba convertirse en Adeleas, renunciar a sí misma para que su hermana volviera a la vida. Pero, ¿podía culparse a alguien por estar obsesionado con hallar a quien había matado a su hermana? Poco más de un puñado de gente sabía lo que estaba haciendo Vandene. El resto pensaba como Reanne, que estaba absorta en la enseñanza de Kirstian y Zarya; eso y empezar con el castigo impuesto por huir. Vandene hacía ambas cosas, por supuesto, y con gran voluntad, pero aun así sólo era una tapadera para su verdadero propósito.

Elayne alargó la mano sin ser consciente de ello, y encontró la de Aviendha, que la tomó entre la suya en un apretón reconfortante. Se la estrujó con fuerza, incapaz de imaginar el dolor de perder a Aviendha. Intercambiaron una rápida ojeada, y vio que los ojos de Aviendha reflejaban sus mismos sentimientos. ¿De verdad había creído alguna vez que un semblante Aiel era impasible e indescifrable?

—Como vos decís, Reanne, tiene a Kirstian y a Zarya que la mantienen ocupada. —La Allegada no se encontraba entre las pocas personas que sabían la verdad—. Todas lloramos a Adeleas a nuestra manera. Vandene hallará consuelo a lo largo del camino elegido.

Cuando descubriera a la asesina de su hermana, era de esperar. Si eso no conseguía, al menos, paliar en parte el dolor… Bien, a eso le harían frente llegado el momento. Por ahora, debía dejar que Vandene obrara a su antojo. Sobre todo, considerando su certeza de que la Verde pasaría por alto cualquier intento de impedírselo. Eso, más que irritante, era indignante. Tenía que presenciar quizá cómo se destruía Vandene y, peor aún, hacer uso de ello. Que no hubiera alternativa no lo hacía más llevadero.

Cuando Vandene y sus acompañantes giraron en otro pasillo, Reene Harfor apareció por un corredor lateral justo delante de Elayne; mujer corpulenta y reservada, con un moño canoso en lo alto de la cabeza y un aire de majestuosa dignidad, el reglamentario tabardo rojo con el León Blanco de Andor que vestía parecía recién planchado, como siempre. Elayne jamás la había visto con un cabello fuera de sitio o siquiera con un aspecto ligeramente peor al final de una larga jornada dedicada a supervisar el funcionamiento del palacio. Y más aún. La cara redonda parecía perpleja por alguna razón, pero adoptó una expresión preocupada al ver a Elayne.

—Pero, milady, estáis empapada —dijo con un tono escandalizado al tiempo que le hacía una reverencia—. Debéis quitaros esas ropas mojadas de inmediato.

—Gracias, señora Harfor —respondió Elayne, prietos los dientes—. No me había dado cuenta.

Lamentó al instante el exabrupto —la doncella primera le había sido tan leal como a su madre— pero lo que empeoró las cosas fue que la señora Harfor se tomó con calma su estallido, sin pestañear siquiera. Los cambios de humor de Elayne Trakand ya no causaban sorpresa.

—Con vuestro permiso, os acompañaré, milady —dijo sosegadamente al tiempo que se ponía al lado de Elayne. Una joven y pecosa criada que llevaba un cesto de ropa de cama doblada empezó a hacer una reverencia, sólo un pelo más dirigida a Elayne que a la doncella primera, pero Reene realizó un rápido gesto que hizo que la chica se escabullera antes de haber acabado de doblar las rodillas. Tal vez sólo era para evitar que oyera lo que no debía, porque siguió hablando sin pausa—. Tres de los capitanes mercenarios exigen reunirse con vos. Los dejé en el Recibidor Azul y advertí a los criados que tuvieran cuidado de que los pequeños objetos de valor no cayeran en sus bolsillos de manera accidental. Resultó que no habría hecho falta esa advertencia, ya que Careane Sedai y Sareitha Sedai aparecieron poco después y se quedaron para hacer compañía a los capitanes. El capitán Mellar también está con ellos.

Elayne frunció el entrecejo. Mellar. Estaba intentando mantenerlo tan ocupado que no tuviera tiempo para bellaquerías, pero aun así siempre encontraba el modo de aparecer en el lugar y el momento más inoportunos. Y, siguiendo en la misma línea, otro tanto ocurría con Careane y Sareitha. Una de las dos tenía que ser la asesina del Ajah Negro. A menos que fuera Merilille, y ésta se encontraba fuera de su alcance, al parecer. Reene estaba enterada de ello. No tenerla informada habría sido un crimen. La mujer tenía ojos en todas partes, y esas personas podrían dar con alguna pista fundamental.