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—Como ordenéis —murmuró, el semblante una oscura máscara. No aplazó obedecer la orden, y emprendió camino al trote, de vuelta por donde habían llegado, con la escribanía sujeta debajo del brazo.

Aún conteniendo las ganas de abofetear a Chanelle y de llorar al mismo tiempo, Elayne se encogió. Ésta no era la primera vez que las mujeres de los Marinos habían ido a El Cisne de Plata, ni la segunda ni la tercera, pero hasta ese momento lo habían hecho para preguntar, no a exigir. Había nueve hermanas instaladas actualmente en la posada —el número cambiaba conforme las hermanas llegaban o partían de la ciudad, además de existir el rumor de que había otras Aes Sedai en Caemlyn— y le preocupaba que ninguna hubiera ido a palacio. Ella no se había acercado a El Cisne —sabía lo mucho que deseaba Elaida echarle mano, pero ignoraba a quién apoyaban las hermanas que se alojaban en la posada o siquiera si apoyaban a alguien; se habían mostrado tan herméticas como mejillones con Sareitha y Careane— pero sí había esperado que alguna visitara el palacio aunque sólo fuera para descubrir qué había detrás de la pretensión de las Atha’an Miere. ¿Por qué había tantas Aes Sedai en Caemlyn cuando la propia Tar Valon se hallaba bajo asedio? La primera respuesta que le venía a la cabeza era ella misma, lo que reforzaba su resolución de evitar a cualquier hermana que no supiera personalmente que era seguidora de Egwene. Pero eso no impediría que se propagara la noticia del acuerdo hecho a cambio de la ayuda para utilizar el Cuenco de los Vientos y del precio que la Torre tendría que pagar por esa ayuda. Así se abrasara, esa noticia sería como una carreta llena a tope de fuegos artificiales que estallarían al mismo tiempo cuando se hiciera de conocimiento general entre las Aes Sedai. Más bien diez carretas.

Mientras seguía con la mirada a Renaile, que se alejaba trotando, luchó para controlar las emociones. E intentó hablar en un tono lo más parecido a una conversación civilizada.

—Lleva muy bien el cambio de las circunstancias, creo.

Chanelle soltó un resoplido desdeñoso.

—Y más le vale. Cualquier Detectora de Vientos sabe que ascenderá y caerá muchas veces antes de que su cuerpo retorne a la sal. —Se giró para mirar a la otra mujer de los Marinos y un atisbo de malicia se insinuó en su voz—. Se precipitó desde una altura superior que la mayoría y no debería haberle sorprendido darse un fuerte golpe en la caída después de pisar en tantos dedos como hizo mientras estaba en… —Cerró la boca de golpe y giró la cabeza bruscamente hacia Elayne, Birgitte, Aviendha y Reene, incluso a las mujeres de la guardia, como si las retara a que hicieran algún comentario.

Prudentemente, Elayne mantuvo la boca cerrada y, gracias a la Luz, todas hicieron lo mismo. En lo tocante a ella, creía haber apaciguado el malhumor y ahogado el llanto, y no quería decir nada que pudiera dar pie a que Chanelle gritara y deshiciera todo su trabajo. En realidad, no se le ocurría nada que decir después de oír aquello. Dudaba que formara parte de una costumbre Atha’an Miere vengarse de alguien de quien se creyera que había abusado de su posición superior. Sin embargo, sí era una reacción muy humana.

La Detectora de Vientos la miró de arriba abajo, fruncido el entrecejo.

—Estáis mojada —dijo como si acabara de darse cuenta—. En vuestra condición es malo estar mucho tiempo mojada. Deberíais cambiaros de ropa ahora mismo.

Elayne echó la cabeza hacia atrás y chilló tan fuerte como pudo, un aullido de pura indignación y rabia. Gritó hasta que no le quedó aire en los pulmones, jadeante.

En el silencio que siguió, todas la miraron sorprendidas. Casi todas. Aviendha empezó a reírse con tantas ganas que tuvo que recostarse en un tapiz de cazadores montados enfrentados a un leopardo que se había revuelto contra ellos. Aviendha tenía un brazo apretado contra la cintura, como si le dolieran las costillas. El vínculo también le transmitía regocijo —¡regocijo!— aunque el semblante de Birgitte era tan impasible como el de una hermana.

—Tengo que Viajar a Tear —dijo en voz baja Chanelle al cabo de un momento, y se volvió sin añadir nada más ni hacer ningún tipo de saludo o reverencia. Reene y Reanne sí hicieron una, sin mirar a Elayne a la cara y, aduciendo tareas pendientes, se marcharon a toda prisa.

A su vez, Elayne miró a Aviendha y a Birgitte.

—Como alguna de las dos pronuncie una sola palabra… —dijo en tono de advertencia.

Birgitte mostró semejante expresión de inocencia que era evidentemente falsa, y el vínculo transmitió un regocijo tal que Elayne se sorprendió luchando contra el deseo de echarse a reír. Por su parte, Aviendha rió con más ganas, simplemente.

Recogiéndose los vuelos de la falda con tanta dignidad como pudo hacer acopio, se encaminó hacia sus aposentos. Y si caminaba más deprisa que antes era porque tenía ganas de quitarse esa ropa mojada. Era la única razón. La única.

15

Una habilidad distinta

Para su furia, una abrasadora rabia que le hizo apretar las mandíbulas, Elayne se perdió de camino a sus aposentos. Había ocupado esas habitaciones desde que había dejado el cuarto de niños, y sin embargo, en dos ocasiones giró una esquina para descubrir que no conducía donde esperaba. Y un tramo de escalera con barandilla de mármol la condujo en una dirección totalmente equivocada. ¡Así se abrasara, estar embarazada la había atontado por completo dejándola sin ideas claras! A través del vínculo percibió desconcierto y una creciente preocupación mientras subía otro tramo de una escalera diferente. Algunas de las mujeres de la guardia musitaban con inquietud, no tan alto como para que ella entendiera las palabras, hasta que la alférez que las comandaba, una saldaenina delgada y de mirada fría que se llamaba Devora Zarbayan, las hizo callarse con una seca palabra. Hasta Aviendha empezó a mirarla con incertidumbre. Bueno, pues no estaba dispuesta a que le echaran en cara que se había perdido… ¡en palacio!

—Ni una palabra de nadie —advirtió en tono severo—. ¡De nadie! —añadió cuando Birgitte abría la boca a pesar de todo.

La mujer de cabello dorado la cerró con un chasquido de dientes y se tiró de la gruesa trenza casi del mismo modo que hacía Nynaeve. No se molestó en evitar que la desaprobación se le reflejara en el semblante, y el vínculo todavía transmitía perplejidad y preocupación. Suficiente para que la propia Elayne empezara a sentir lo mismo. Tan fuerte era, que luchó para librarse de esa sensación antes de empezar a retorcerse las manos y a disculparse.

—Creo que voy a intentar encontrar mis aposentos, si es que puedo pronunciar unas pocas palabras —dijo Birgitte con voz tirante—. Quiero ponerme algo seco antes de que se me desgasten las botas. Tenemos que hablar de esto después. Me temo que sólo hay algo que puede hacerse, pero… —Tras hacer una corta y brusca inclinación de cabeza que apenas le dobló el cuello, echó a andar mientras sacudía el arco de un lado a otro.

Elayne estuvo a punto de llamarla para que volviera. Quería hacerlo. Pero Birgitte necesitaba cambiarse de ropa tanto como ella. Además, su estado de ánimo se había tornado gruñón y testarudo. No tenía intención de hablar de perderse por unos pasillos en los que había crecido, ni en ese momento ni después. ¿Que sólo había algo que podía hacerse? ¿Y eso qué significaba? Si lo que Birgitte sugería era que estaba demasiado aturdida y confusa para salir de esa ofuscación… De nuevo apretó los dientes.

Por fin, tras otro giro inesperado, dio con las puertas altas con leones tallados que conducían a sus aposentos y soltó un quedo suspiro de alivio. Había empezado a pensar que sus recuerdos de palacio estaban completamente trastocados. Un par de mujeres de la guardia, radiantes con los sombreros de ala ancha y plumas blancas, los ceñidores bordeados de puntilla, el León Blanco sesgado sobre el peto bruñido y más puntilla clara en los puños y el cuello, se pusieron firmes a los lados de las puertas al verla acercarse. Elayne tenía intención de cambiarles el peto por otro lacado en rojo para que estuviera a juego con la chaqueta y el pantalón de seda cuando tuviera tiempo para ese tipo de cosas. Si tenían que estar tan guapas que cualquier atacante las descartara como un peligro hasta que fuera demasiado tarde, entonces irían definitivamente llamativas. A ninguna de las guardias parecía importarle. De hecho, parecía que esperaban con ansiedad el peto lacado.