Elayne había escuchado comentarios de gente que no se había dado cuenta de que podía oírla —en su mayoría mujeres, pero incluido Doilin Mellar, su propio comandante—, diciendo que a ese paso iba a desprestigiar al cuerpo de mujeres de la guardia, pero aun así confiaba completamente en la capacidad de su guardia para protegerla. Eran valientes y decididas, o en caso contrario no ocuparían ese puesto. Yurith Azeri y otras que habían sido guardias de mercaderes —un oficio poco corriente para una mujer— tomaban lecciones diarias de esgrima, y uno u otro Guardián también les daba una segunda clase a diario. Ned Yarman, Guardián de Sareith, y Jaem, el de Vandene, encomiaban mucho la rapidez con la que aprendían. Jaem decía que se debía a que no pensaban que ya sabían algo sobre utilizar una espada, lo que parecía absurdo. ¿Cómo iba alguien a pensar que sabía algo sobre una cosa si necesitaba tomar clases?
A despecho de las guardias apostadas ya a la puerta, Devora hizo salir de la formación a dos de las que la acompañaban y que, desenvainadas las armas, entraron en los aposentos mientras Elayne esperaba en el pasillo con Aviendha y las demás; dando golpecitos con el pie en el suelo, impaciente. Todas evitaban mirarla. El registro de los aposentos no significaba un menosprecio para las mujeres que guardaban la puerta —Elayne suponía que era posible que alguien escalara la pared de palacio; había tallas de sobra para proporcionar asideros—, pero aun así sentía irritación por tener que estar allí esperando. Sólo cuando salieron e informaron a Devora que no había asesinos esperando dentro, ni Aes Sedai al acecho para apoderarse de Elayne en un abrir y cerrar de ojos y llevarla de vuelta a la Torre y a Elaida, se les permitió a Aviendha y a ella entrar mientras las dos guardias tomaban posiciones a uno y otro lado de las puertas junto a las demás. Elayne no estaba segura de que le impidieran físicamente entrar antes, pero hasta ese momento no había sentido necesidad de hacer la prueba. Que su propia guardia personal la retuviera a la fuerza ya sería insoportable por mucho que esas mujeres se limitaran a hacer su trabajo. Más valía evitar totalmente esa posibilidad.
Un fuego bajo ardía en el hogar de mármol blanco de la antesala, pero no parecía dar mucho calor. Las alfombras se habían retirado al entrar la primavera, y las baldosas del suelo se notaban frías a través de la suela de los zapatos, aunque era gruesa. Essande, su doncella, extendió la falda gris orlada en rojo con una gracilidad que resultaba sorprendente a su edad, aunque la mujer delgada y de pelo blanco padecía de terribles dolores en las articulaciones, cosa que negaba y por lo que rehusaba la Curación. También habría rechazado con igual vehemencia cualquier sugerencia de que volviera a su posición de jubilada. El Lirio Dorado de Elayne aparecía bordado en grande sobre la pechera y ella lo lucía con orgullo. Dos mujeres más jóvenes la flanqueaban un poco más atrás; vestían el mismo uniforme pero el lirio era más pequeño. Eran dos hermanas de rostro cuadrado que se llamaban Sephanie y Naris. De mirada tímida pero bien entrenadas por Essande, hicieron una marcada reverencia que casi las llevó hasta el suelo.
Essande se movería despacio y sería frágil, pero nunca perdía tiempo con chácharas ni comentando lo obvio. No hubo exclamaciones por lo mojadas que estaban Elayne y Aviendha, aunque sin duda las mujeres de la guardia se lo habrían advertido.
—Enseguida estaréis secas y calientes las dos, milady, y vestidas con algo apropiado para recibir a los mercenarios. La seda roja con unas gotas de fuego los impresionará como es debido. Y también debéis comer. No os molestéis en decirme que habéis tomado algo, milady. Naris, ve a traer viandas de la cocina para lady Elayne y lady Aviendha.
Aviendha soltó un resoplido de risa, pero ya hacía tiempo que había dejado de poner objeciones a que la llamaran «lady». Y mejor así, porque no habría conseguido que Essande dejara de hacerlo. En el trato con el servicio, había cosas que se ordenaban y cosas que había que aceptar, simplemente.
Naris torció el gesto y respiró hondo por alguna razón, pero hizo otra profunda reverencia, ésta dirigida a Essande, y otra sólo un poco más pronunciada a Elayne —su hermana y ella sentían el mismo temor reverencial por la mujer mayor que por la heredera del trono de Andor— antes de recogerse la falda y dirigirse apresuradamente hacia el corredor.
Elayne torció el gesto igualmente. Las mujeres de la guardia también le habían informado a Essande sobre los mercenarios, por lo visto. Y que no había comido. Odiaba que la gente hablara de ella a su espalda. Claro que, en eso, ¿cuánta culpa tenían sus cambios de humor? No recordaba haberse sentido molesta porque una doncella supiera que tenía hambre y mandara traer comida sin tener que preguntarle. Los criados hablaban entre ellos —chismorreaban continuamente, a decir verdad; eso era de sobra conocido— y se transmitían cualquier cosa que pudiera ayudar a servir mejor a su señora, si eran buenos en su trabajo. Essande era buenísima en el suyo. Con todo, resultaba exasperante, y la exasperaba más porque era consciente de lo irracional de esa reacción.
Dejó que Essande las condujera a Aviendha y a ella al vestidor, con Sephanie cerrando la marcha. A esas alturas se sentía fatal, toda mojada y temblando, además del enfado con Birgitte porque se hubiera marchado, el miedo por haberse perdido en el lugar donde había crecido, y el enojo con las mujeres de la guardia por chismorrear sobre ella. En verdad se sentía absolutamente desdichada.
Enseguida, sin embargo, Essande la había despojado de la ropa mojada y la envolvió en una gran toalla blanca que había estado colgada en una percha para que se calentara delante de un ancho hogar de mármol que había a un extremo del cuarto. Eso tuvo un efecto tranquilizador. Aquel fuego no era en absoluto pequeño y en el cuarto casi hacía calor, un calor bienvenido que le penetró en la piel y acabó con la tiritona. Essande le frotó el cabello con la toalla mientras Sephanie hacía otro tanto con Aviendha, lo que seguía irritando a ésta a pesar de no ser la primera vez ni muchísimo menos. Ella y Elayne se cepillaban el cabello la una a la otra con frecuencia por la noche, pero aceptar ese simple servicio de la doncella de una dama hacía que le salieran chapetas en las curtidas mejillas.
Cuando Sephanie abrió uno de los armarios que había a lo largo de una pared, Aviendha suspiró profundamente. Llevaba una toalla sujeta flojamente alrededor del cuerpo —que otra mujer le secara el pelo sería embarazoso, pero estar casi desnuda no le daba apuro— y otra más pequeña envuelta en la cabeza.
—¿Crees que debería llevar ropas de las tierras húmedas, Elayne, puesto que vamos a reunirnos con esos mercenarios? —preguntó en un tono muy renuente. Essande sonrió. Disfrutaba vistiendo a Aviendha con sedas.
Elayne disimuló su propia sonrisa, tarea nada fácil ya que tenía ganas de reírse. Su hermana fingía despreciar las sedas, pero rara vez perdía la oportunidad de llevarlas.
—Si puedes aguantarlo, Aviendha, hazlo —contestó seriamente mientras se ajustaba cuidadosamente su toalla del vestidor. Essande la veía en cueros todos los días, al igual que Sephanie, pero no era algo que dejara que pasara sin una razón—. Para que surtiera más efecto, las dos tendríamos que hacer que se sintieran intimidados. No te importará mucho, ¿verdad?
Pero Aviendha ya estaba enfrente del armario y sujetaba de cualquier modo la toalla mientras toqueteaba los vestidos. Varias prendas Aiel colgaban en otro de los armarios, pero Tylin le había dado arcones llenos de ropas de seda y paño bien cortadas antes de salir de Ebou Dar, suficientes para llenar casi una cuarta parte de los armarios tallados.