—Nynaeve al’Meara no dijo que se puede cambiar la cantidad de daño que inflige un golpe. —De nuevo se apoderó de ella la incertidumbre, sin embargo, y en la voz se insinuó un timbre indeciso—. Al menos, creo que se puede hacer eso. Me parece que un golpe se puede sentir como uno o como cien. Pero sólo es una suposición, Elayne. Sólo es lo que creo.
—Continúa —la animó Elayne—. A lo mejor encontramos algo que lo corrobora. ¿Qué me dices de esto? —Cogió una especie de casquete metálico de forma extraña. Estaba cubierto de raros dibujos angulosos que parecían burilados con gran meticulosidad; demasiado fino para utilizarlo como casco, aunque pesaba el doble de lo que aparentaba. El tacto del metal resultaba resbaladizo, no sólo suave, como si estuviera engrasado.
Aviendha soltó la daga, renuente, y le dio una vuelta al casquete entre las manos antes de soltarlo y tomar de nuevo la daga.
—Creo que esto permite dirigir un… aparato de algún tipo. Una máquina. —Sacudió la cabeza cubierta con la toalla—. Pero no sé cómo ni qué tipo de máquina. ¿Ves? Otra vez estoy haciendo conjeturas, nada más.
Sin embargo, Elayne no dejó ahí las cosas. Aviendha fue tocando —y a veces sosteniendo— ter’angreal tras ter’angreal, y en todas las ocasiones dio una respuesta. Pronunciadas con vacilación y seguidas de la advertencia de que sólo eran conjeturas, pero siempre tenía una respuesta. Le parecía que una cajita engoznada, aparentemente de marfil y cubierta con franjas sinuosas rojas y verdes, contenía música, cientos de melodías, tal vez miles. Con un ter’angreal, puede que tal cosa fuera posible. Después de todo, una buena caja de música podía tener cilindros hasta para cien melodías y algunas tocaban piezas muy largas en un cilindro tras otro sin cambiarlos. Un cuenco achatado, blanco, de casi un paso de diámetro, servía para mirar cosas que estaban muy lejos, creía, y un jarrón alto, adornado con hojas de parra verdes y azules —¡hojas azules!— recogería agua del aire. Eso parecía fútil, pero Aviendha casi lo acarició y, tras considerarlo, Elayne se dio cuenta de que en el Yermo sería muy útil. Si es que funcionaba como pensaba Aviendha. Y si a alguien se le ocurría cómo hacer que funcionara. Una figurilla blanca y negra, en forma de pájaro con las largas alas extendidas como si volara, era para hablar con gente que estuviera a gran distancia, dijo. Y lo mismo era una figura azul de mujer, lo bastante pequeña para que le cupiera en la palma de la mano, vestida con chaqueta y falda de corte extraño. Y cinco pendientes, seis anillos y tres brazaletes.
Elayne empezaba a pensar que Aviendha se estaba dando por vencida y que daba la misma respuesta con la esperanza de que dejara de preguntarle, pero entonces cayó en la cuenta de que la voz de su hermana estaba adquiriendo seguridad, en lugar de lo contrario, y que las protestas de que sólo eran suposiciones habían disminuido. También esas «conjeturas» se volvían progresivamente más detalladas. Una vara doblada sin rasgos distintivos, de un color negro sin brillo y ancha como su muñeca —parecía de metal, pero uno de los extremos se acoplaba a cualquier mano que lo asía—, le dio la idea de cortar, ya fuera metal o piedra, si no eran demasiado gruesos; pero nada que pudiera prenderse, sin embargo. La figurilla de un hombre, aparentemente de cristal, de un pie de altura y alzada la mano como si diera el alto, espantaría a bichos y animales dañinos, lo que habría resultado muy útil habida cuenta de la plaga de ratas y moscas que azotaba a Caemlyn. Una talla de piedra del tamaño de su mano, toda ella curvas en un profundo color azul —al menos tenía el tacto de piedra, si bien, de algún modo, no parecía realmente tallada—, servía para que creciera algo. Plantas no. Le llegaba una idea sobre agujeros, aunque no eran exactamente agujeros. Y no creía que se tuviera que encauzar para que cualquiera lo hiciera funcionar, ¡sólo entonar la canción adecuada! Algunos ter’angreal no requerían el encauzamiento, pero ¡por favor! ¿Cantar?
Habiendo acabado de abotonar el vestido de Aviendha, Sephanie se había quedado embelesada con los enunciados y los ojos se le abrían más y más. Essande también escuchaba con interés y la cabeza ladeada; soltaba ahogadas exclamaciones con cada revelación, pero no estaba de puntillas y dando brincos como Sephanie.
—¿Y ésa que hace, milady? —barbotó la doncella joven cuando Aviendha hizo una pausa. Señalaba la estatuilla de un hombre barbudo y corpulento que exhibía una jovial sonrisa y sostenía un libro. Medía dos pies y parecía de bronce oscurecido con el paso del tiempo; de hecho, pesaba como para que lo fuera—. Siempre que lo miro me entran ganas de sonreír también, milady.
—A mí me pasa igual, Sephanie Pelden —dijo Aviendha mientras acariciaba la cabeza del hombre de bronce—. Sostiene más libros que el que se ve. Contiene miles y miles de libros. —De repente la envolvió el brillo del saidar y tocó la figura de bronce con finos flujos de Fuego y de Tierra.
Sephanie soltó un chillido cuando dos palabras de la Antigua Lengua aparecieron en el aire, encima de la estatuilla, negras como si estuvieran escritas con tinta. Algunas de las letras estaban trazadas de una forma un poco extraña, pero las palabras eran muy claras: Ansoen e Imsoen, flotando en la nada. Aviendha parecía casi tan sobresaltada como la doncella.
—Me parece que por fin tenemos una prueba —dijo Elayne con más tranquilidad de la que sentía. Tenía el corazón en la garganta y le latía con fuerza. Las dos palabras se podían traducir por «mentiras» y «verdad». O, en contexto, «ficción» y «no ficción» sería más acertado. Memorizó el punto donde los flujos habían tocado la estatuilla, para cuando pudiera reanudar sus estudios—. Pero no debiste hacer eso. No es seguro.
—Oh, Luz. —El brillo que envolvía a Aviendha desapareció y la joven abrazó a Elayne—. ¡No se me ocurrió! ¡Tengo un gran toh contigo! ¡No era mi intención poner en peligro a los bebés! ¡Nunca!
—Los bebés y yo estamos bien. —Elayne se echó a reír mientras le respondía al abrazo con otro—. La visión de Min, ¿recuerdas? —Al menos sus bebés no corrían peligro. Hasta que nacieran. Morían tantos niños en el primer año de vida… Min no había dicho nada más aparte de que nacerían sanos. Y tampoco había dicho que ella no se consumiría, pero no pensaba sacar ese tema delante de su hermana, que ya se sentía culpable—. No tienes toh conmigo. Era en ti en quien pensaba al decir eso. Podrías haber muerto o te podrías haber consumido.
Aviendha se retiró lo suficiente para mirarla a los ojos. Lo que vio la tranquilizó, ya que esbozó una sonrisa.
—Sin embargo, conseguí que funcionara. Quizá podría ocuparme de estudiarlos. Guiándome tú, sería absolutamente seguro. Disponemos de meses hasta que puedas hacerlo tú.
—No dispones de nada de tiempo, Aviendha —dijo una voz de mujer desde la puerta—. Nos marchamos. Confío en que no te hayas acostumbrado demasiado a vestir seda. Te veo, Elayne.
Aviendha rompió el abrazo al apartarse de un salto y enrojeció intensamente mientras dos mujeres Aiel entraban en la sala; y no eran dos Aiel cualquiera. Nadere, de tez pálida y tan alta como casi la mayoría de los hombres y lo bastante ancha para compensar la talla, era una Sabia de considerable autoridad entre los Goshien; y Dorindha, con algunos trazos blancos en el largo cabello pelirrojo, era esposa de Bael, jefe de clan de los Goshien, aunque su verdadera importancia le venía de ser la Señora del Techo del septiar Manantial Humeante, el más grande del clan. Era ella la que había hablado.
—Te veo, Dorindha —contestó Elayne—. Te veo, Nadere. ¿Por qué os lleváis a Aviendha?
—Dijiste que podía quedarme con Elayne para guardarle las espaldas —protestó Aviendha.
—Lo dijiste, Dorindha. —Elayne asió la mano de su hermana con firmeza, y Aviendha respondió estrechándosela—. Tú y las Sabias también.