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Careane y Sareitha, formales con los chales de flecos, inclinaron ligeramente la cabeza en señal de respeto, pero Mellar se destocó del sombrero de plumas haciendo una reverencia floreada y la otra mano puesta sobre el ceñidor bordeado de puntilla que cruzaba en diagonal el peto bruñido. Los seis nudos dorados soldados en el peto, tres en cada hombro, irritaban a Elayne, pero ya lo había dejado pasar. El hombre de rostro chupado le sonrió con excesiva calidez; claro que, por fría que se mostrara con él, el tipo pensaba que tenía alguna posibilidad con ella porque no había negado el rumor de que era el padre de sus bebés. Las razones por las que no había rebatido esa sucia historia habían cambiado —ya no tenía necesidad de proteger a sus bebés, los bebés de Rand— pero aun así lo había dejado estar. Si se le daba tiempo, ese hombre se anudaría una soga al cuello por sí mismo. Y, si no lo hacía, entonces ya se encargaría ella de anudársela.

Los mercenarios, todos bien entrados en la madurez, sólo se retrasaron un instante más que Mellar, aunque las reverencias no fueran tan rebuscadas. Evard Cordwyn, un andoreño alto, de mandíbula cuadrada, lucía un gran rubí en la oreja izquierda, y Aldred Gomaisen, bajo y delgado, con la parte delantera de la cabeza afeitada, llevaba franjas horizontales en rojo, verde y azul cubriéndole la mitad del torso, mucho más de lo que parecía lógico que tuviera derecho a llevar en su nativa Cairhien. Hafeen Bakuvun, canoso, se adornaba con un grueso aro de oro en la oreja izquierda y un anillo enjoyado en cada dedo. El domani era muy grueso, pero la forma en que se movía denotaba músculos firmes debajo de la grasa.

—¿No estáis de servicio, capitán Mellar? —preguntó fríamente Elayne mientras tomaba asiento en una de las pocas sillas que había en la sala. En total, eran cinco, con brazos y respaldo alto, talladas sencillamente con motivos de parras y sin un solo detalle en dorado. Situadas en una hilera bastante separada, delante de los ventanales, la luz les daba de frente. En un día luminoso, aquellos a los que se recibía en audiencia tenían que entrecerrar los ojos por el resplandor. Por desgracia, esa ventaja no existía este día. Las dos mujeres de la guardia tomaron posiciones detrás de Elayne a uno y otro lado, ambas con la mano apoyada en la empuñadura de la espada y vigilando a los mercenarios con expresiones fieras que hicieron que Bakuvun sonriera y Gomaisen se frotara la mejilla para ocultar a medias una mueca maliciosa. Las mujeres no dieron señales de sentirse ofendidas; sabían el propósito de la hechura de los uniformes. Elayne las sabía muy capaces de borrar rápidamente todo rastro de sonrisas si tenían que desenvainar las espadas.

—Mi primer deber es protegeros, milady. —Toqueteando la espada, Mellar miró a los mercenarios como si esperara que la atacaran; o quizá que lo atacaran a él. Gomaisen mostró una expresión mordaz y divertida, y Bakuvun rió con ganas. Los tres hombres llevaban la funda de la espada vacía; en el caso de Cordwyn, las dos ceñidas a la espalda. A ningún mercenario se le permitía entrar en palacio llevando encima armas, ni siquiera una daga.

—Sé que tenéis otras obligaciones —contestó impasible—, porque yo os las he asignado personalmente, capitán: entrenar a los hombres que he traído del campo. No les estáis dedicando tanto tiempo como esperaba. Tenéis toda una compañía de hombres a los que entrenar, capitán. —Una compañía de viejos y de muchachos, sin duda trabajo suficiente para ocuparle el día. Casi no dedicaba tiempo a las mujeres de su guardia personal a pesar de que estaban a su mando. A decir verdad, mejor así. Le encantaba pellizcar traseros—. Sugiero que os ocupéis de ello. Ya.

La ira asomó al estrecho semblante de Mellar. De hecho, el hombre se estremeció de rabia, pero se controló al instante. La expresión se había borrado con tal rapidez que era como si Elayne se lo hubiera imaginado. Pero sabía que no era así.

—Como ordenéis, milady —contestó suavemente. También su sonrisa tenía una suavidad untuosa—. Mi honor es serviros bien. —Tras hacer otra floreada reverencia, se encaminó hacia la puerta pavoneándose con unos andares que tenían más de chulescos que de otra cosa. Había pocas cosas que hicieran mella mucho tiempo en el comportamiento de Doilin Mellar.

Bakuvun se echó a reír otra vez.

—Vaya, el hombre lleva tanta puntilla que juro que me esperaba que se ofreciera a enseñarnos a bailar, y vaya si sabe bailar.

El cairhienino también soltó una risotada, un sonido gutural, grosero.

La espalda de Mellar se puso tensa y vaciló un paso, pero el hombre recuperó enseguida el ritmo e incluso lo aceleró hasta el punto de que casi chocó contra Birgitte en el umbral. Continuó sin disculparse siquiera y la arquera lo siguió con la mirada, fruncido el entrecejo —el vínculo transmitía ira, contenida de inmediato, e impaciencia, que no desapareció— antes de cerrar la puerta a sus espaldas y desplazarse hasta quedarse de pie detrás de la silla de Elayne, con una mano apoyada en el respaldo. La gruesa trenza no estaba muy bien tejida como era habitual, ya que la había destejido para secarse el cabello; sin embargo el uniforme de capitán general le sentaba como un guante. Más alta que Gomaisen con las botas de tacón, Birgitte ofrecía una presencia autoritaria cuando quería. Los mercenarios le dirigieron reverencias ligeras, respetuosas pero no deferentes. Si habían abrigado dudas sobre ella al principio, pocos de los que la hubieran visto manejar el arco o exponerse ante el enemigo albergaban todavía alguna.

—Habláis como si conocieseis al capitán Mellar, capitán Bakuvun. —Elayne dio un ligero timbre interrogante a su comentario, si bien mantuvo un tono despreocupado. Birgitte intentaba proyectar seguridad a través del vínculo para equiparar la expresión, pero el recelo y la preocupación seguían irrumpiendo. Al igual que el cansancio siempre presente. Elayne se esforzó para no soltar un bostezo. Birgitte tenía que tomarse un descanso.

—Lo había visto ya en un par de ocasiones, milady —contestó el domani con cautela—. Tres veces como mucho, diría yo. Sí, no más de tres. —Ladeó la cabeza de forma que casi la miró de soslayo—. ¿Sabéis que ejerció mi oficio en el pasado?

—No intentó ocultar tal circunstancia, capitán —contestó, como si el tema la aburriera. Si se le hubiera escapado algo interesante, podría haber arreglado un encuentro a solas para interrogarlo, pero no merecía la pena correr el riesgo de que Mellar descubriera que había hecho preguntas si forzaba la mano ahora. Podría empujarlo a huir, antes de descubrir lo que le interesaba saber sobre él.

—¿Realmente es necesario que estén presentes Aes Sedai, milady? —inquirió Bakuvun—. Me refiero a las otras Aes Sedai —añadió al tiempo que miraba el anillo de la Gran Serpiente de Elayne. Alzó la copa de plata y una de las criadas se apresuró a llenarla. Las dos chicas eran bonitas, lo que quizá no era una buena opción, pero Reene no tenía mucho donde elegir; la mayoría de las doncellas o eran jóvenes o eran muy mayores y no tan ágiles como en sus buenos tiempos—. Lo único que han hecho desde que estamos aquí es intentar infundirnos temor con el poderío y el alcance de la Torre Blanca. Respeto a las Aes Sedai como cualquier hombre, sí, vaya si las respeto, pero, si me disculpáis, acaba siendo molesto cuando sólo tratan de atemorizar a un hombre. Juro que sí, milady.

—Un hombre sensato siempre sentirá respeto y temor por la Torre —adujo sosegadamente Sareitha mientras se ajustaba el chal de flecos marrones, tal vez para atraer la atención hacia él. El rostro atezado y cuadrado todavía no tenía la apariencia intemporal, cosa que indudablemente anhelaba alcanzar.

—Sólo los necios no se sienten impresionados por la Torre —añadió Careane acto seguido. Corpulenta y tan ancha de hombros como la mayoría de los hombres, la Verde no tenía necesidad de recurrir a tácticas gestuales. Su rostro cobrizo proclamaba lo que era, a cualquiera que supiera lo que debía buscar en él, con tanta claridad como lo hacía el anillo que llevaba en el índice derecho.