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Cuando asintió con la cabeza en respuesta, el larguirucho hombre se dirigió presuroso hacia las puertas y abrió una para asomar la cabeza. Elayne no alcanzó a oír lo que decía —la salvaguardia funcionaba en ambos sentidos— pero en cuestión de unos minutos un corpulento guardia entró empujando ante sí a un tipo que caminaba arrastrando los pies, con argollas en las muñecas y en los tobillos. Todo en el prisionero parecía… medianía anodina. No era grueso ni delgado. Tenía el cabello castaño, sin un matiz que resaltara, al igual que los ojos. Ningún rasgo sobresalía en particular. Las ropas que vestía tampoco tenían nada de especial —chaqueta y pantalones sencillos de color marrón que no eran del peor paño ni del mejor—, un poco arrugadas y algo sucias; un cinturón repujado ligeramente, con una sencilla hebilla de metal como otras diez mil más que podía haber en Caemlyn. En resumen, era, eminentemente, un tipo fácil de olvidar. Birgitte hizo una seña al guardia para que parara al hombre cerca de las sillas y después le dijo que esperara fuera.

—Es un hombre de confianza —dijo Norry, que siguió con la mirada al guardia hasta que salió—. Se llama Afrim Hansard. Sirvió lealmente a vuestra madre y sabe mantener cerrada la boca.

—¿Grilletes? —inquirió Elayne.

—Éste es Samwil Hark, milady —dijo Norry mientras miraba al hombre con la clase de curiosidad que podría haber mostrado hacia un animal de formas extrañas—, un cortabolsas de notable éxito. Los guardias lo capturaron sólo porque otro rufián… eh… «dio el soplo», como dicen en las calles, con la esperanza de reducir su propia sentencia por reincidente en robo con violencia por tercera vez. —Un ladrón estaría deseoso de aprovechar esa oportunidad. No sólo el castigo de azotes era más largo, sino que el estigma de ladrón marcado en la frente sería mucho más difícil de disimular o de tapar que la marca en el pulgar que tenía por reincidir la segunda vez—. Cualquiera que se las haya ingeniado para evitar que lo atrapen durante tanto tiempo como maese Hark ha de ser capaz de realizar la tarea que tengo en mente para él.

—Soy inocente, milady, lo soy. —Hark se llevó los nudillos a la sien en un saludo, y las cadenas de hierro de los grilletes tintinearon; esbozó una sonrisa obsequiosa y habló muy deprisa—. No son más que mentiras y casualidades, nada más. Soy un buen súbdito de la reina, vaya que sí. Llevaba los colores de vuestra madre durante los disturbios, milady. Y no es que tomara parte en los disturbios, lo entendéis, ¿verdad? Soy escribiente cuando tengo trabajo, que no es el caso en este momento. Pero llevé sus colores en mi gorro para que todo el mundo los viera, vaya que sí.

El vínculo rebosaba escepticismo por parte de Birgitte.

—Los aposentos de maese Hark contenían arcones llenos de bolsas limpiamente cortadas —continuó el jefe amanuense—. Las hay a miles, milady. Literalmente a miles. Supongo que lamentará haber guardado… eh… trofeos. La mayoría de los cortabolsas tienen el sentido común de librarse de ellas cuanto antes.

—Las recojo cuando las veo, es lo que hago, milady. —Hark extendió los brazos hasta donde se lo permitían las cadenas y se encogió de hombros, la viva imagen de la inocencia ofendida—. Puede que fuera necio, pero no pensé que estuviera mal guardarlas. Sólo era una especie de entretenimiento, milady.

La señora Harfor resopló sonoramente por la nariz y la desaprobación se reflejó claramente en su rostro. Hark se las ingenió para parecer más ofendido.

—En sus aposentos se encontraron también monedas por un total de más de ciento veinte coronas de oro, ocultas debajo de las tablas del suelo, en escondrijos de las paredes, en las vigas, en todas partes. Su justificación para eso —Norry alzó la voz cuando Hark volvió a abrir la boca— es que desconfía de los banqueros. Asegura que el dinero es una herencia de una vieja tía de Cuatro Reyes. Yo personalmente dudo mucho que los magistrados de Cuatro Reyes tengan registrada esa supuesta herencia. El magistrado que juzgó su caso dice que pareció sorprendido al enterarse de que existía un registro de herencias. —A decir verdad, la sonrisa de Hark se borró un tanto ante aquel recordatorio—. Dice que trabajó para Wilbin Saems, un comerciante, hasta la muerte de Saems, ocurrida hace cuatro meses, pero la hija de maese Saems sigue dirigiendo el negocio y ni ella ni ninguno de los otros escribientes recuerda a ningún Samwil Hark.

—Me odian, eso es lo que pasa, milady —arguyó Hark, taciturno. Asió la cadena y apretó los puños—. Estaba reuniendo pruebas de que estaban robando al buen amo, ¡su propia hija, nada menos!, sólo que el pobre murió antes de que se las pudiera entregar y me echaron a la calle sin referencias y sin un céntimo en el bolsillo, eso fue lo que hicieron. Quemaron las pruebas que tenía, me dieron una buena tunda y me tiraron en la calle.

—Un escribiente, decís. —Elayne se dio golpecitos en la barbilla, pensativa—. La mayoría de los escribientes hablan mejor que vos, maese Hark, pero os daré una oportunidad para que probéis que sois lo que afirmáis ser. ¿Queréis mandar traer una escribanía, maese Norry?

—No es menester, milady. —Norry esbozó una sonrisa. ¿Cómo era capaz de conseguir que una sonrisa pareciera seca?—. El magistrado del caso tuvo la misma idea.

Por primera vez —que ella hubiera visto— el jefe amanuense sacó una hoja de papel del cartapacio que aferraba contra el torso, y Elayne se dijo para sus adentros que habrían tenido que sonar trompetas. La sonrisa de Hark se borró completamente mientras seguía con la mirada aquella hoja que pasaba de la mano de Norry a la de ella.

Sólo hizo falta una ojeada. Unas cuantas líneas irregulares de letra pequeña, apretada y desmañada cubrían menos de media página. De hecho, sólo media docena de palabras era legible, y a duras penas.

—Mal puede atribuirse esto a un escribiente —murmuró. Devolvió la hoja a Norry y trató de dar una expresión severa al semblante. Había visto a su madre dictar sentencias, y Morgase había sabido ofrecer una actitud impecable—. Me temo, maese Hark, que quedaréis recluido en una celda hasta que se pueda preguntar a los magistrados de Cuatro Reyes, y que poco después se os colgará. —A Hark le temblaron los labios de miedo y se llevó una mano al cuello como si ya sintiera el nudo corredizo—. A no ser, claro, que aceptéis seguir a un hombre para mí. Un hombre peligroso al que no le gusta que lo sigan. Si podéis decirme dónde va de noche, en lugar de morir ahorcado se os exiliará a Baerlon. Donde haréis bien en emprender una nueva ocupación para ganaros la vida. El gobernador estará informado sobre vos.

—Por supuesto, milady. —La sonrisa de Hark había reaparecido de repente—. Soy inocente, pero veo que las pruebas están en mi contra, vaya si lo veo. Seguiré a cualquier hombre que queráis que siga. Yo fui un fiel vasallo de vuestra madre, oh, sí, y ahora vuestro. Y leal es lo que soy, milady, aunque por ello tenga que padecer.

Birgitte soltó un resoplido despectivo.

—Arregla las cosas para que maese Hark vea el rostro de Mellar sin que éste lo vea a él, Birgitte —dijo Elayne. El cortabolsas sería un tipo de los que uno se olvidaba pronto, pero no tenía sentido correr riesgos—. Luego lo sueltas. —Hark parecía a punto de ponerse a bailar, ni que llevara cadenas ni que no—. Pero antes… ¿Veis esto, maese Hark? —Alzó la mano derecha de manera que el hombre viera el anillo de la Gran Serpiente—. Es posible que hayáis oído decir que soy Aes Sedai. —Llena ya de Poder, resultó muy fácil tejer Energía—. Pues bien, es cierto. —El tejido que urdió en la hebilla del cinturón de Hark, en las botas, en la chaqueta y en los pantalones, era algo parecido al vínculo de un Guardián, aunque mucho menos complejo. Desaparecería de las ropas y de las botas en cuestión de semanas o de meses, como mucho, pero el metal conservaría siempre lo que se conocía como Localizador—. Os he aplicado un tejido, maese Hark. Ahora se os podrá encontrar dondequiera que estéis. —En realidad, sólo ella estaría en condiciones de dar con el hombre, ya que el Localizador se encontraba sincronizado con quien lo había tejido, pero no había razón para explicarle eso al cortabolsas—. Sólo para tener la seguridad de que seréis leal.