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A Hark se le congeló la sonrisa. El sudor le brilló en la frente. Cuando Birgitte se dirigió hacia la puerta y llamó a Hansard, a quien dio instrucciones de que condujera a Hark fuera de la sala y lo llevara a un sitio donde ninguna mirada indiscreta lo viera, el cortabolsas se tambaleó y se habría desplomado si el fornido guardia no lo hubiera ayudado a recorrer el trecho que los separaba de las puertas.

—Me temo que acabo de proporcionarle la sexta víctima a Mellar —masculló Elayne—. Apenas parece capaz de seguir a su sombra sin tropezarse con sus propios pies. —No era la muerte de Hark lo que más lamentaba, ya que el hombre habría acabado en la horca sin lugar a dudas—. ¡Quiero a las personas que infiltraron a ese hombre en mi palacio! ¡Deseo tanto pillarlas que me duelen los dientes!

El palacio estaba plagado de espías —Reene había desenmascarado más de una docena aparte de Skellit, aunque pensaba que no quedaban más— pero tanto si a Mellar lo habían mandado para que espiara como para facilitar su posible secuestro, él era peor que los otros. Había arreglado las cosas para que unos hombres murieran o puede que los hubiera matado él mismo a fin de conseguir el puesto que tenía ahora. Que esos hombres hubieran creído que iban a matarla no cambiaba las cosas. Un asesinato era un asesinato.

—Confiad en mí, milady —pidió Norry mientras apoyaba un dedo en la larguirucha nariz—. Los cortabolsas son… eh… sigilosos por naturaleza, pero aun así nunca duran mucho. Antes o después cortan la bolsa de alguien más rápido, más diestro que ellos, alguien que no espera a que aparezcan los guardias. —Hizo un movimiento veloz, como si apuñalara a alguien—. Hark lleva en su negocio veinte años mínimo. Algunas de las bolsas que había en su… eh… colección llevaban bordadas preces dando las gracias por el final de la Guerra de Aiel. Si no recuerdo mal, ésas pasaron de moda enseguida.

—Puedo mandar arrestar a Mellar y que lo sometan a interrogatorio —dijo en tono bajo Birgitte, que se sentó en el brazo de la silla más próxima y se cruzó de brazos—. Entonces no necesitaríamos los servicios de Hark.

—Ésa es una broma que no tiene gracia, milady, si se me permite decirlo —arguyó la señora Harfor, muy tiesa.

—Iría… eh… contra la ley, milady —abundó maese Norry a la par.

Birgitte se incorporó de un brinco y el vínculo transmitió una creciente indignación.

—¡No me vengáis con puñetas! ¡Sabemos que ese hombre está más podrido que un pescado del mes pasado!

—No. —Elayne suspiró mientras luchaba para no indignarse también—. Tenemos sospechas, no pruebas. Esos cinco hombres pueden haber sido víctimas de asaltantes. La ley es muy clara respecto a cuándo se puede someter a interrogatorio a alguien, y tener sospechas no es una razón suficiente. Hace falta una prueba firme. Mi madre solía decir que una reina debe acatar la ley que dicta, o no es tal. No voy a quebrantarla. —El vínculo le transmitió algo… obstinado. Dirigió una mirada firme a Birgitte—. Y tú tampoco. ¿Me has entendido, Birgitte Trahelion? Tú tampoco.

Para su sorpresa, la obstinación duró sólo unos instantes más antes de desaparecer y quedar sustituida por la mortificación.

—Sólo era una sugerencia —masculló débilmente la arquera.

Elayne se preguntaba cómo había hecho aquello y cómo hacerlo de nuevo —a veces parecía que en la mente de Birgitte había dudas sobre cuál de ellas tenía el mando—, cuando Deni Colford se internó en la sala y carraspeó para hacerse notar. Para equilibrar la espada que la corpulenta mujer llevaba a la cintura, un garrote claveteado de latón le colgaba al otro costado, aunque resultaba chocante. Deni mejoraba con la espada, pero seguía prefiriendo el garrote que había utilizado para mantener el orden en una taberna de carreteros.

—Un sirviente vino a informar que lady Dyelin ha llegado, milady, y que estará a vuestra disposición tan pronto como se haya refrescado.

—Dile a lady Dyelin que se reúna conmigo en el Salón del Mapa. —Elayne sintió un atisbo de esperanza. Por fin, tal vez, le darían alguna buena noticia.

17

Un oso de bronce

Elayne dejó a la señora Harfor y a maese Norry y se dirigió, anhelante, hacia el Salón del Mapa, sin soltar el saidar. Anhelante, pero no con precipitación. Deni y las tres mujeres de la guardia iban delante y giraban la cabeza continuamente en busca de posibles amenazas, en tanto que las otras cuatro marchaban detrás pisando fuerte. Elayne no creía que a Dyelin le llevara mucho tiempo asearse un poco, tanto si las noticias eran buenas como si eran malas. Quisiera la Luz que fueran buenas. Birgitte llevaba las manos enlazadas a la espalda y tenía el gesto ceñudo; iba sumida en sus pensamientos mientras caminaba, aunque examinaba cada cruce de pasillos como si esperara que fuera a lanzarse algún ataque desde cualquiera de ellos. El vínculo rebosaba preocupación. Y cansancio. Un bostezo hizo que le crujieran las mandíbulas a Elayne antes de que pudiera contenerlo.

La renuencia a dar pie a rumores no era la única razón de que mantuviera un paso majestuoso. Ahora ya no eran sólo criados los que recorrían los pasillos. La cortesía la había obligado a ofrecer aposentos en palacio a todos los nobles que se las habían arreglado para llegar a la ciudad con mesnaderos —y estaba siendo generosa al llamarlos así; algunos estaban bien entrenados y llevaban una espada a diario, pero otros habían estado empujando el arado antes de ser llamados por su señor o su señora a tomar las armas— y un buen número había aceptado su oferta. Principalmente los que no tenían vivienda en Caemlyn o, según sospechaba Elayne, andaban escatimando el dinero. Granjeros y trabajadores pensarían que todos los nobles eran ricos y, a decir verdad, la mayoría lo era, aunque sólo fuera en comparación con ellos, pero los gastos que exigía su posición y sus compromisos obligaban a muchos a contar las monedas con tanto cuidado como cualquier esposa granjera. Elayne no sabía qué iba a hacer con los llegados más recientes. Ya había nobles durmiendo tres o cuatro en la misma cama si era grande; en todas, a excepción de las más estrechas, podían descansar dos como mínimo, y así ocurría. Muchas Allegadas habían tenido que conformarse con jergones en el suelo en los alojamientos de la servidumbre, y gracias a la Luz que el hecho de que fuera primavera permitía esas soluciones.

Daba la impresión de que todos los nobles hubieran salido a caminar, y cuando le dedicaban reverencias Elayne tenía que pararse e intercambiar unas pocas palabras al menos. Sergase Gilbean —pequeña y delgada en un traje de montar verde, con el oscuro cabello tocado con trazos blancos— que había llevado consigo a los veinte mesnaderos que tenía a su servicio, y el viejo avinagrado Kelwin Janevor, enjuto en la chaqueta de paño azul discretamente zurcida, que había llevado diez, recibieron un trato tan cortés como el larguirucho Barel Layden y la fornida Anthelle Sharplyn, a pesar de que eran Cabezas Insignes, aunque de casas menores. Todos habían acudido en su apoyo con cuanto habían podido reunir, y ninguno se había echado atrás al enterarse de la desventaja en número con las fuerzas que los asediaban. Sin embargo, ese día muchos parecían intranquilos. Ninguno lo mencionó —todos estaban rebosantes de buenos deseos y esperanza de una pronta coronación y lo honrados que se sentían de seguirla— pero en sus semblantes se plasmaba la preocupación. Arilinde Branstrom, normalmente tan entusiasta que cualquiera habría dicho que sus cincuenta mesnaderos podían cambiar las tornas a favor de Elayne por sí solos, no era la única que se mordisqueaba el labio, y Laerid Traehand, fornido y taciturno y por lo general impasible como un trozo de roca, no era el único que tenía el entrecejo fruncido. Ni siquiera la noticia de Guybon y la ayuda que había aportado conseguía arrancarles más que una fugaz sonrisa que enseguida quedaba engullida por la inquietud.