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—¿Crees que ha llegado a sus oídos lo segura que está Arymilla de alzarse con la victoria? —preguntó en uno de los breves intervalos en los que no tuvo que responder a reverencias y a inclinaciones de cabeza—. No, eso no bastaría para intranquilizar a Arilinde ni a Laerid. —Seguramente tener a Arymilla dentro de las murallas con treinta mil hombres no alteraría a ese par.

—No, no los inquietaría —convino Birgitte. Miró a su alrededor como para comprobar quién, aparte de las mujeres de la guardia, podría oírla, antes de continuar—: A lo mejor les preocupa lo que me tiene preocupada a mí. No te perdiste cuando regresamos a palacio. Oh, mejor dicho, tuviste ayuda para errar el camino.

Elayne hizo un alto para dirigir unas palabras apresuradas a una pareja canosa vestida con ropas de paño más propias de unos granjeros prósperos. La casa solariega de Brannin y Elvaine Martan era poco más grande que una granja, un cúmulo de edificios que se habían ido extendiendo al buen tuntún y que albergaban varias generaciones. Un tercio de sus hombres de armas eran sus hijos y nietos, sobrinos y sobrinos-nietos. Sólo los que eran demasiado jóvenes o demasiado viejos para cabalgar se habían quedado atrás para ocuparse de la siembra. Elayne esperaba que la sonriente pareja no pensara que la despachaba con cajas destempladas, pero siguió caminando casi al instante de pararse.

—¿Qué quieres decir con que tuve ayuda? —demandó.

—El palacio está… cambiado. —Por un instante hubo desconcierto en el vínculo. Birgitte hizo una mueca—. Parece una locura, lo sé, pero es como si todo el edificio se hubiera construido siguiendo un plano ligeramente distinto. —Una de las mujeres de la guardia que iban delante perdió el paso, pero enseguida lo recuperó—. Tengo buena memoria… —Birgitte vaciló y el vínculo rebosó un fárrago de emociones que enseguida aplastó. Muchos de los recuerdos que tenía de sus vidas pasadas se estaban desvaneciendo tan seguro como que al llegar la primavera la nieve se fundía. Ya no recordaba nada previo a la fundación de la Torre Blanca, y los de las cuatro existencias vividas desde ese momento hasta el final de la Guerra de los Trollocs empezaban a fragmentarse. No parecía que hubiera muchas cosas que la asustaran, pero le daba miedo olvidar el resto, sobre todo los recuerdos relacionados con Gaidal Cain—. No olvido un camino una vez que lo he recorrido —prosiguió—, y algunos de estos pasillos no están igual que estaban. Algunos de los corredores se han… desplazado. Otros ya no están y sin embargo hay otros nuevos. Nadie habla de ello, que yo sepa, pero creo que la gente mayor no ha dicho nada porque teme estar perdiendo la cabeza, mientras que los jóvenes tienen miedo de perder su posición.

—Pero eso es… —Elayne cerró la boca de golpe. Obviamente aquello no era imposible. Birgitte no era una fantasiosa para que empezara a imaginarse cosas. La renuencia de Naris a salir de los aposentos cobró sentido de repente, y puede que el desconcierto de Reene también. Casi deseó que el hecho de estar embarazada la hubiera confundido. Pero ¿cómo pasaba y por qué?—. No es obra de los Renegados —afirmó con seguridad—. Si pudieran hacer algo así lo habrían llevado a cabo hace tiempo, y algo peor que… Os deseo un buen día a vos también, lord Aubrem.

Descarnado hasta rozar lo escuálido y calvo excepto por una fina aureola de pelo blanco, Aubrem Pensenor tendría que haber estado jugueteando con sus nietos subidos a las rodillas, pero mantenía recta la espalda y la vista clara. Había estado entre los primeros en llegar a Caemlyn con casi un centenar de hombres y con las primeras nuevas de la marcha de Arymilla Marne contra la ciudad, apoyada por Naean y Elenia. Empezó a recordar cosas sobre cabalgar por Morgase en la Sucesión hasta que Birgitte murmuró que lady Dyelin la estaría esperando.

—Oh, en ese caso, no quiero retrasaros, milady —se disculpó cordialmente el anciano—. Por favor, presentad mis respetos a lady Dyelin. Ha estado tan ocupada que no he cambiado dos palabras con ella desde que llegué a Caemlyn. Dadle muchos recuerdos, si tenéis a bien. —La casa Pensenor había sido aliada de la de Dyelin Taravin desde tiempos inmemoriales.

—No es obra de los Renegados —dijo Birgitte una vez que Aubrem estuvo lo bastante lejos para no oírla—. Pero qué o quién lo causa es sólo la primera pregunta. ¿Volverá a ocurrir? Si pasa ¿los cambios serán benignos siempre? ¿O es posible que te despiertes y te encuentres en una habitación que desaparece? Si un corredor puede desaparecer, también podrá hacerlo una habitación. ¿Y si es más que el palacio? Tenemos que comprobar si todas las calles llevan donde conducían hasta ahora. ¿Y si la próxima vez una parte de la muralla de la ciudad deja de estar ahí?

—Se te ocurren ideas muy tétricas —dijo Elayne con tristeza. Aun con el Poder llenándola, había muchas posibilidades de que se le agriara el estómago.

Birgitte toqueteó los cuatro nudos dorados del hombro de su chaqueta roja y blanca.

—Venían junto con éstos —dijo.

Curiosamente, la preocupación que transmitía el vínculo era menor ahora que había compartido sus preocupaciones. Elayne esperaba que la mujer no creyera que ella tenía las respuestas. No, eso era realmente imposible. Birgitte sabía bien a lo que atenerse para pensar eso.

—¿Te asusta esto, Deni? —preguntó—. Confieso que a mí sí.

—No más de lo necesario, milady —contestó la robusta mujer sin dejar de escudriñar lo que les aguardaba más adelante. Mientras que las otras caminaban con la mano sobre la empuñadura de la espada, la de ella descansaba sobre el largo garrote. El tono de su voz sonaba tan plácido y tan realista como lo era su expresión—. En cierta ocasión, un enorme carretero llamado Eldrin Dentado estuvo a punto de romperme el cuello. Normalmente no era un hombre violento, pero esa noche estaba borracho como una cuba. Por alguna razón yo no acertaba a darle bien y el garrote parecía rebotarle en el cráneo sin dañarlo. Aquello me asustó más porque sabía con certeza que estaba a punto de morir. Esto, que cualquier día uno se despierta y tal vez muere, es sólo una posibilidad.

Que cualquier día uno se despertaba y tal vez moría. Elayne suponía que había formas peores de enfocar la vida. Aun así, se estremeció. Ella se encontraba a salvo, al menos hasta que los bebés nacieran, pero nadie más lo estaba.

Los dos guardias apostados a las puertas con tallas de leones del Salón del Mapa eran hombres bien entrenados, uno de ellos, bajo y podría decirse que casi huesudo, y el otro lo bastante ancho para dar la impresión de achaparrado a pesar de ser de talla media. Nada visible los distinguía de cualquier otro hombre de la Guardia Real, pero sólo los buenos espadachines, hombres de confianza, prestaban ese servicio. El guardia bajo hizo una señal de asentimiento a Deni y después se puso firme ante el ceño desaprobador de Birgitte. Deni le sonrió con timidez —¡Deni, tímidamente!— mientras un par de mujeres de la guardia pasaban para llevar a cabo la inevitable rutina del registro. Birgitte abrió la boca, pero Elayne posó la mano en el brazo de la arquera y ésta la miró; después sacudió la cabeza y la gruesa trenza se meció lentamente.

—No conviene cuando están de servicio, Elayne. Deberían ocuparse de su obligación en lugar de estar distraídos por culpa del otro. —No levantó la voz, pero sin embargo a Deni le enrojecieron las mejillas, dejó de sonreír y volvió a otear el corredor a uno y otro lado. Así era mejor, tal vez, pero a Elayne le dio pena. Alguien tenía que disfrutar de algún pequeño placer en la vida.

El llamado Salón del Mapa era muy espacioso, el segundo salón de baile más grande de palacio. Tenía cuatro chimeneas donde ardían pequeños fuegos bajo las repisas talladas. El techo en cúpula, con adornos dorados, estaba sustentado por columnas bastante separadas entre sí, a dos espanes de las paredes de mármol blanco a las que habían despojado de tapices, y con suficientes lámparas de espejos para alumbrar la estancia tan bien como si tuviera ventanas. La mayor parte del suelo de baldosas lo conformaba un mosaico detallado del mapa de Caemlyn; el original se había dispuesto hacía más de mil años, después de terminarse la Ciudad Nueva, aunque antes de que la Baja Caemlyn empezara a crecer. Mucho antes de que existiera Andor, antes incluso que Artur Hawkwing. Se había reconstruido varias veces desde entonces, ya que las teselas perdían color y se desgastaban, de modo que cada calle era exacta —al menos lo habían sido hasta ese día; quisiera la Luz que lo siguieran siendo— y, a pesar de que muchos edificios habían sido reemplazados con el paso de los años, hasta algunos de los callejones seguían sin cambiar a juzgar por lo que el mapa mostraba.