El larguirucho guardia abrió una de las hojas de la puerta y la sostuvo así para que entrara una criada de edad avanzada, cargada con una bandeja de plata y dos jarras altas de vino, en oro, así como un círculo de copas hechas de porcelana azul de los Marinos. Por lo visto, Reene no debía de estar segura de cuántas personas se reunirían. La frágil mujer se movía despacio y con cuidado de no ladear la pesada bandeja ni que se cayera nada. Elayne encauzó flujos de Aire para sostener la bandeja, pero dejó que se disiparan sin haberlos utilizado. Dar a entender que la criada no podía realizar su trabajo sería vejatorio. Sin embargo, le dio las gracias efusivamente. La anciana sonrió de oreja a oreja, con obvia complacencia, y le dedicó una reverencia profunda una vez que se liberó del peso de la bandeja.
Dyelin llegó casi detrás de la criada, toda ella una imagen de vigor, y la mandó salir antes de torcer el gesto al ver el contenido de una de las jarras —Elayne suspiró; seguro que contenía leche de cabra— y llenó una de las copas con el vino de la otra. Saltaba a la vista que Dyelin había limitado el aseo personal a lavarse la cara y cepillarse el cabello dorado con pinceladas grises, porque el traje de montar en color gris oscuro, con un broche grande, redondo y de plata —en el que estaban cincelados el Búho y el Roble de la casa Taravin— prendido en el cuello alto, tenía manchas de barro medio seco en la falda.
—Está pasando algo muy serio, algo que no está bien —dijo mientras hacía girar el vino en la copa, sin probarlo. El frunce del entrecejo pronunció más las finas arrugas del rabillo de los ojos—. He estado en este palacio más veces de las que recuerdo, y hoy me he perdido dos veces.
—Estamos enteradas de eso —le dijo Elayne, que le explicó rápidamente lo poco que había sido capaz de deducir y lo que se proponía hacer. Tardíamente, colocó una salvaguardia contra escuchas a escondidas y no le sorprendió sentir que el tejido cortaba el saidar. Por lo menos, quien hubiera estado escuchando habría recibido una especie de descarga. Una pequeña sacudida, ya que la cantidad de Poder involucrada era tan minúscula que ni la había percibido. No obstante, tal vez fuera posible crear una sacudida más fuerte la próxima vez. Quizás de ese modo acabaría por desanimar a quienquiera que estuviera escuchando a escondidas.
—Así que puede ocurrir otra vez —dijo Dyelin cuando Elayne acabó. Hablaba con un tono sosegado, pero se lamió los labios y dio un pequeño sorbo de vino, como si la boca se le hubiera quedado seca de repente—. Bien. Bien, vale. Si no sabes qué lo causó y no sabes si volverá a ocurrir, ¿qué podemos hacer?
Elayne se quedó mirándola fijamente. Otra vez alguien parecía pensar que tenía respuestas que ignoraba. Claro que eso era lo que significaba ser reina. Siempre se esperaba que una tuviera respuesta o que hallara una. Eso era lo que significaba ser Aes Sedai.
—No podemos frenarlo, así que tendremos que vivir con ello, Dyelin, e intentar que la gente no se asuste demasiado. Anunciaré lo que pasa, hasta donde sabemos, y haré que las otras hermanas hagan lo mismo. De esa forma, la gente sabrá que las Aes Sedai están al tanto, lo que proporcionará cierto alivio. Algo. Seguirán asustados, desde luego, pero no tanto como lo estarían si no decimos nada y vuelve a pasar.
Elayne creía que era un empeño poco convincente, pero para su sorpresa Dyelin estuvo de acuerdo sin vacilar.
—A mí no se me ocurre qué otra cosa se puede hacer. La mayoría de la gente piensa que vosotras, las Aes Sedai, podéis ocuparos de cualquier cosa. Debería ser suficiente, dadas las circunstancias.
¿Y qué pasaría cuando comprendieran que las Aes Sedai no podían encargarse de todo, que ella no podía? Bueno, ése era un río que cruzaría cuando llegara a él.
—¿Traes buenas o malas noticias?
Antes de que Dyelin tuviera tiempo de contestar, la puerta volvió a abrirse.
—He sabido que lady Dyelin había regresado. Deberías habernos mandado llamar, Elayne. Aún no eres reina, y no me gusta que guardes cosas en secreto. ¿Dónde está Aviendha?
Catalyn Haevin, una joven díscola de mirada fría —una muchachita, a decir verdad, ya que todavía le faltaban meses para llegar a la mayoría de edad, aunque su tutor y protector la hubiera abandonado para que siguiera su propio camino—, rebosaba orgullo de los pies a la cabeza y mantenía bien alzada la barbilla regordeta. Podría deberse al enorme broche esmaltado con el Oso Azul de la casa Haevin que adornaba el cuello alto de su traje de montar azul. Había empezado a mostrar respeto a Dyelin, así como cierta cautela, poco después de comenzar a compartir la cama con ella y con Sergase, pero respecto a Elayne seguía empeñada en exigir cualquier privilegio debido a una Cabeza Insigne.
—Todos lo hemos oído —dijo Conail Northan. Delgado y alto, ojos risueños y nariz aguileña, vestía una chaqueta de seda roja. Era mayor de edad, aunque no hacía mucho; sólo habían pasado unos pocos meses desde su decimosexto día onomástico. Se pavoneaba y acariciaba la empuñadura de la espada con excesiva afición, pero no parecía haber en él maldad alguna, sólo la puerilidad juvenil, aunque era un rasgo infortunado en un Cabeza Insigne—. Y todos estábamos impacientes por saber cuándo se unirán a nosotros Luan y los otros. Este par habría venido corriendo. —Revolvió el cabello de los dos muchachitos que lo acompañaban, Perival Mantear y Branlet Gilyard, los cuales le asestaron una mirada hosca y se pasaron los dedos por el cabello para arreglárselo. Perival enrojeció. Bastante bajo pero ya guapo, era el más joven con sus doce años, pero Branlet sólo tenía uno más.
Elayne suspiró, pero no podía pedirles que se marcharan. Por mucho que casi todos fueran unos críos todavía —puede que todos, considerando el comportamiento de Conail— aun así eran los Cabezas Insignes de sus casas y, junto con Dyelin, sus aliados más importantes. A Elayne le habría gustado mucho saber cómo se habían enterado del propósito del viaje de Dyelin. Se suponía que era un secreto hasta que Dyelin le hubiera contado el resultado del viaje. Otra tarea para Reene. El chismorreo sin restricción, un chismorreo desacertado, podía ser tan peligroso como la labor de los espías.
—¿Dónde está Aviendha? —demandó Catalyn. Por extraño que pudiera parecer, Aviendha le caía bien. Decir que la entusiasmaba se acercaba más a la realidad. ¡Había insistido en convencer a Aviendha de que le enseñara a manejar una lanza, nada menos!
—Y bien, milady, ¿cuándo se unen a nosotros? —preguntó de nuevo Conail mientras se acercaba a las jarras para servirse vino en una copa azul.
—La mala noticia es que no van a hacerlo —respondió sosegadamente Dyelin—. La buena es que todos han rechazado una invitación a unirse a Arymilla. —Carraspeó sonoramente cuando Branlet alargó la mano hacia la jarra de vino. Las mejillas del chico enrojecieron, y el joven tomó la otra jarra como si hubiera sido realmente ésa su intención desde el primer momento; Cabeza Insigne de la casa Gilyard, todavía era un muchachito por mucha espada que llevara a la cadera. Perival también lucía una que arrastraba por las baldosas y que parecía demasiado grande para él, pero ya se había servido leche de cabra. Sirviéndose una copa de vino, Catalyn dirigió una sonrisa burlona a los chicos, una sonrisa de superioridad que desapareció cuando se dio cuenta de que Dyelin la estaba mirando.