—Muy pequeños esos nabos para hablar de una buena noticia —dijo Birgitte—. Así me abrase, si no es cierto. Nos traéis una puñetera ardilla muerta de hambre y la llamáis costillar de vaca.
—Tan acerba como siempre —repuso secamente Dyelin. Las dos mujeres intercambiaron miradas fulminantes mientras Birgitte apretaba los puños y Dyelin toqueteaba la daga que llevaba al cinturón.
—Nada de discusiones —intervino Elayne, que dio un timbre cortante a la voz. La ira compartida en el vínculo la ayudó. A veces temía que esas dos acabarían a golpes—. Hoy no estoy dispuesta a soportar vuestras riñas.
—¿Dónde está Aviendha?
—Se ha ido, Catalyn. ¿Qué más has descubierto, Dyelin?
—¿Que ha ido dónde?
—Se ha marchado —contestó sosegadamente Elayne. Ni que tuviera abrazado el saidar ni que no, deseaba abofetear a la chica—. Dyelin…
La mujer mayor tomó un sorbo de vino para disimular el hecho de romper el pulso de miradas con Birgitte. Se acercó a Elayne, tomó el espadachín de plata, le dio la vuelta y volvió a ponerlo en su sitio.
—Aemlyn, Arathelle y Pelivar trataron de convencerme de que anunciara mi pretensión al trono, pero fueron menos tenaces que cuando hablé con ellos la vez anterior. Creo que casi los he persuadido de que no voy a hacerlo.
—¿Casi? —Birgitte le puso un quintal de desdén a la palabra. Dyelin hizo caso omiso de ella de manera deliberada. Elayne miró ceñuda a Birgitte, que rebulló con incomodidad y se dirigió a la mesa para servirse una copa de vino. Satisfactorio. Mucho. Fuera lo que fuera lo que estaba haciendo esperaba que siguiera funcionando.
—Milady —dijo Perival con una reverencia mientras le tendía a Elayne una de las dos copas que sostenía. Elayne consiguió esbozar una sonrisa e inclinó la cabeza antes de aceptar el ofrecimiento. Leche de cabra. ¡Luz, empezaba a aborrecerla!
—Luan y Abelle se mostraron… evasivos —siguió Dyelin, que miró al alabardero, ceñuda—. Es posible que se estén inclinando a tu favor. —No obstante, su tono indicaba que no lo creía—. Le recordé a Luan que me ayudó a arrestar a Naean y a Elenia, al principio del conflicto, pero eso parece haber servido de poco, al igual que con Pelivar.
—Así que es posible que todos estén esperando a que venza Arymilla —dijo Birgitte, hosca—. Si sobrevivís, os apoyarán contra ella. Y si no, uno de ellos presentará su propia reclamación al trono. Ellorien es la que tiene más derecho después de vos, ¿no es así?
Dyelin frunció el entrecejo, pero no negó nada.
—¿Y Ellorien? —preguntó quedamente Elayne. Estaba segura de saber la respuesta de antemano. Su madre había ordenado azotar a Ellorien. Había sido bajo influencia de Rahvin, pero eran pocos los que parecían creer eso. En realidad había muy pocos que creyeran que Gaebril hubiera sido Rahvin. Dyelin torció el gesto.
—¡Esa mujer tiene la cabeza más dura que una piedra! Habría hecho la reclamación en mi nombre si creyera que iba a servir de algo. Al menos ha tenido el sentido común de comprender que no. —Elayne reparó en que no mencionaba ninguna reclamación de Ellorien en su propio nombre—. En cualquier caso, dejé a Keraille Surtovni y a Julanya Fote para que no los pierdan de vista. Dudo que hagan algo, pero en caso de que lo hagan, lo sabremos de inmediato. —Tres Allegadas que tenían que formar un círculo para Viajar estaban observando a la gente de las Tierras Fronterizas por la misma razón.
Entonces, las noticias no eran buenas en absoluto, lo enfocara como lo enfocara Dyelin. Elayne había esperado que la amenaza del ejército de las Tierras Fronterizas indujera a algunas de las casas a apoyarla. «Por lo menos una de las razones por las que los dejé cruzar Andor sigue siendo válida», pensó, sombría. Aun en el caso de que no consiguiera el trono, le había hecho un servicio a Andor. A no ser que quienquiera que lo ocupara lo echara todo a perder. No le costaba imaginar a Arymilla haciendo exactamente eso. Bueno, Arymilla no iba a ponerse la Corona de la Rosa, y se acabó. De un modo u otro, había que impedírselo.
—De modo que son seis, seis y seis —dijo Catalyn, ceñuda y toqueteando el gran sello que llevaba en la mano izquierda. Parecía pensativa, algo inusitado en ella. Lo habitual era que dijera lo que se le venía a la cabeza sin la menor consideración—. Aun en el caso de que Candraed se nos una, aún no tendríamos diez. —¿Se estaba planteando si había adherido Haevin a una causa perdida? Por desgracia, no había atado tan firmemente a su casa que los nudos no pudieran deshacerse.
—Estaba convencido de que Luan se nos uniría —murmuró Conail—. Y Abelle y Pelivar. —Echó un buen trago de vino—. Cuando venzamos a Arymilla, lo harán. Recordad lo que os digo.
—¿Pero en qué piensan? —demandó Branlet—. ¿Es que intentan iniciar una guerra a tres bandas? —El timbre de voz le cambió de un tono de tiple a otro bajo a mitad de la frase, y se puso colorado. Ocultó la cara detrás de la copa, pero torció el gesto. Por lo visto la leche de cabra le gustaba tan poco como a ella.
—Es por los fronterizos. —La voz de Perival tenía el tono aflautado de un niño, pero hablaba con seguridad—. Están a la expectativa porque quienquiera que gane aquí todavía tendrá que ocuparse de ellos. —Alzó el oso y lo sopesó como si así fuera a obtener respuestas—. Lo que no entiendo es por qué nos invaden, para empezar. Estamos muy lejos de las Tierras Fronterizas. Y ¿por qué no han seguido adelante y han atacado Caemlyn? Podrían barrer a Arymilla, y dudo que pudiéramos mantenerlos a raya con tanta facilidad como a ella. Así que ¿por qué están aquí?
Sonriente, Conail le palmeó el hombro.
—Vaya, ésa sí que será una batalla digna de verse, cuando combatamos a los fronterizos. Las Águilas de Northan y el Yunque de Mantear harán sentirse orgulloso a Andor, ¿eh?
Perival asintió con la cabeza, pero no parecía sentirse feliz con la perspectiva. Elayne intercambió una mirada con Dyelin y Birgitte, que parecían estupefactas. La propia Elayne estaba sorprendida. Las otras dos mujeres estaban enteradas del asunto, por supuesto, pero el pequeño Perival había estado muy cerca de desvelar un misterio que tenía que guardarse. Otros podrían desentrañar finalmente que las tropas de las Tierras Fronterizas tenían como propósito forzar a las casas a unirse a ella, pero lo que no podía pasar era que la suposición se confirmara.
—Luan y los otros mandaron mensajeros a Arymilla pidiéndole una tregua hasta que los fronterizos fueran rechazados —dijo Dyelin al cabo de un momento—. Ella pidió tiempo para pensarlo. Según mis cálculos, fue entonces cuando empezó a incrementar los esfuerzos contra la muralla. Les ha dicho que aún lo está considerando.
—Aparte de todo lo demás —comentó acaloradamente Catalyn— eso demuestra por qué Arymilla no merece el trono. Antepone sus ambiciones a la seguridad de Andor. Luan y los otros deben de ser unos necios si no lo ven.
—Necios no —respondió Dyelin—. Sólo hombres y mujeres que creen ver el futuro mejor de lo que lo ven en realidad.
¿Y si eran Dyelin y ella quienes no veían claramente el futuro? fue lo que Elayne se preguntó. Para salvar Andor habría dado su apoyo a Dyelin. No de buena gana, pero para que no se derramara sangre andoreña lo habría hecho. Dyelin habría tenido el respaldo de diez casas, o más. Quizás incluso Danine Candraed se habría decidido finalmente a apoyarla. Sólo que Dyelin no quería ser reina; creía que era Elayne quien debía llevar la Corona de la Rosa. Y Elayne también lo pensaba. Pero ¿y si se equivocaban? No por primera vez, se había hecho esa pregunta, pero ahora, mirando el mapa con todas las malas nuevas, no conseguía librarse de ella.
Esa noche, después de una cena sólo memorable por la sorpresa de unas fresas diminutas, se sentó a leer en una de las salas de sus aposentos. O intentó leer. El libro encuadernado en piel era una historia de Andor, que era de lo que trataban casi todos los libros que leía últimamente. Era preciso leer todo lo posible para obtener una visión real de la verdad, contrastando unas con otras. Para empezar, un libro publicado durante el reinado de cualquier monarca nunca hacía mención de cualquier paso en falso que diera ni de sus inmediatas predecesoras, si pertenecían a la misma casa. Había que leer libros escritos cuando el trono estaba en manos de Trakand para saber los errores de Mantear, y libros escritos bajo el reinado de Mantear para descubrir los errores de Norwelyn. Los errores de otros podían enseñarle a no cometer los mismos. Su madre había hecho de eso casi su primera lección.