En lo que a él se refería, era incapaz de mirar a ninguna de ellas sin que la letanía de nombres de las mujeres que habían muerto por su causa, mujeres que había matado, empezara a resonar en su cabeza. Moraine Damodred. Ella por encima de todas. Su nombre lo tenía escrito a fuego en el cráneo. Liah, de los Cosaida del clan Chareen, Sendara de los Montaña de Hierro del clan Taardad, Lamelle de los Agua Humeante del clan Miagoma, Andhilin de los Sal Roja del clan Goshien, Desora de los Musara del clan Reyn… Tantos nombres. A veces se despertaba en mitad de la noche desgranando esa lista, con Min abrazándolo y murmurándole quedo, como quien tranquiliza a un niño. Siempre le decía que se encontraba bien y que quería volver a dormirse; sin embargo, después de cerrar los ojos no se quedaba dormido hasta haber completado la lista. A veces Lews Therin la entonaba con él.
Min alzó la vista del volumen que tenía abierto sobre la mesa, uno de los libros de Herid Fel. Los devoraba, y usaba como marcador la nota que le había enviado a Rand antes de morir, aquella en la que decía que ella era una distracción para él por ser tan bonita. La chaqueta corta de color azul, bordada con florecillas blancas en las mangas y las solapas, estaba cortada para ajustarse prietamente sobre su busto, donde la blusa de seda de color cremoso dejaba atisbar el inicio de los senos; los grandes ojos oscuros, enmarcados por los oscuros rizos que le llegaban a los hombros, tenían un brillo de complacencia. Rand sentía ese placer a través del vínculo. Le gustaba que él la mirara. A buen seguro que el vínculo le revelaba a Min lo mucho que le gustaba mirarla. Lo raro era que transmitía asimismo que a ella también le gustaba mirarlo. ¿Guapa? Rand empezó a tararear entre dientes mientras se toqueteaba el lóbulo. Era preciosa. Y unida a él más estrechamente que nunca. Ella y Elayne y Aviendha. ¿Cómo iba a mantenerlas a salvo ahora? Se obligó a devolverle la sonrisa en torno a la boquilla de la pipa, inseguro de hasta qué punto funcionaba el engaño. Un atisbo de irritación había aparecido en el vínculo por el extremo de Min, si bien no entendía por qué se irritaba cuando creía que se preocupaba por ella. ¡Luz, es que quería protegerlo a él!
—Rand no es muy hablador, Loial —dijo Min, que había dejado de sonreír. La voz baja y casi musical no tenía dejo alguno de enfado, pero lo que el vínculo le transmitía era otra historia—. De hecho, a veces es tan charlatán como un mejillón. —La mirada que le echó lo hizo suspirar. Al parecer iban a tener una larga charla cuando se quedaran solos—. Yo no puedo contarte gran cosa, pero estoy convencida de que Cadsuane y Verin te explicarán todo lo que quieras saber. También lo harán otros. Pregúntales a ellos si quieres algo más que un «sí» o un «no» además de un par de palabras seguidas.
La baja y regordeta Verin, que tejía punto en una silla al lado de Nynaeve, pareció sobresaltada al oír mencionar su nombre. Parpadeó vagamente, como si se preguntara por qué lo habría hecho. Cadsuane, sentada al otro extremo de la mesa, con el cestillo de costura abierto a su lado, sólo apartó la atención del bastidor de bordar justo el tiempo suficiente para mirar a Loial. Los adornos dorados se mecieron, colgados del moño gris acerado en lo alto de la cabeza. Sólo fue eso, una ojeada, nada de mirada ceñuda, pero aun así las orejas de Loial se sacudieron con nerviosismo. Las Aes Sedai siempre le impresionaban, y Cadsuane más que ninguna otra.
—Oh, lo haré, Min, lo haré —dijo—. Pero Rand es esencial en mi libro. —Sin tener un frasco de arena a mano, se puso a soplar suavemente la página del libro de apuntes para que se secara la tinta, pero siendo como era Loial, no pudo menos que hablar entre soplido y soplido—. Nunca das bastantes detalles, Rand. Haces que te tenga que sacar todo a la fuerza. ¡Vaya, pero si ni siquiera mencionaste que estuviste prisionero en Far Madding hasta que Min lo sacó a colación! ¿Qué dijo el Consejo de los Nueve cuando te ofrecieron la Corona de Laurel? ¿Y cuando le diste un nombre nuevo? No creo que eso les gustara. ¿Cómo fue la ceremonia de coronación? ¿Hubo celebraciones, festejos, desfiles? ¿Cuántos Renegados te atacaron en Shadar Logoth? ¿Cuáles de ellos? ¿Cómo fue al final? ¿Qué sensación daba? Mi libro no será muy bueno sin esos detalles. Confío en que Mat y Perrin me den mejores respuestas. —Frunció el entrecejo de forma que las largas cejas le rozaron las mejillas—. Espero que se encuentren bien.
Los colores se arremolinaron en la cabeza de Rand, arcos iris gemelos girando en agua. Ahora sabía cómo rechazarlos, pero esta vez no lo intentó. Uno cobró forma en una fugaz imagen de Mat que cabalgaba a través de un bosque, a la cabeza de una fila de gente montada. Parecía discutir con una mujercita de tez oscura que cabalgaba a su lado, se quitaba el sombrero, miraba dentro de él y volvía a encasquetárselo en la cabeza. Sólo duró unos instantes, y luego lo reemplazó Perrin sentado en una sala común o una taberna, con copas de vino delante, acompañado por un hombre y una mujer que llevaban sendas chaquetas rojas, idénticas, adornadas con ribetes azul y amarillo. Extrañas ropas. Perrin parecía sombrío como la muerte, y sus compañeros, recelosos. ¿De él?
—Están bien —dijo sosegadamente, sin hacer caso de la mirada penetrante de Cadsuane. La mujer no lo sabía todo y él tenía intención de que siguiera siendo así. De cara al exterior, tranquilo, satisfecho, exhalando anillos de humo. Por dentro era otro cantar. «¿Dónde están?», pensó enfadado, frenando y aplastando otra aparición de los colores. Hacer eso ahora le resultaba tan fácil como respirar. «¡Los necesito, y ellos se van a pasar el día a los Jardines de Ansaline!»
De repente, otra imagen surgió en su mente, la cara de un hombre, y tuvo un sobresalto. Por primera vez no venía acompañada por el vértigo. Por primera vez la vio claramente en los instantes precedentes a su desaparición. Un hombre de ojos azules y barbilla cuadrada, quizás unos años mayor que él. Tal vez debería decir que lo veía claramente por primera vez después de mucho tiempo. Era la cara del extraño que le había salvado la vida en Shadar Logoth, cuando había combatido contra Sammael. Y lo que era peor…
«Me percibió —dijo Lews Therin. Para variar, parecía cuerdo. A veces daba esa impresión, pero la locura volvía siempre, a la larga—. ¿Cómo puede percibirme una cara que aparece en mi mente?»
«Si tú no lo sabes, ¿cómo esperas que lo sepa yo? —pensó Rand—. Pero yo también lo percibí a él. —Había sido una sensación rara, como si estuviera… tocando de algún modo al otro hombre. Y no sólo físicamente. Persistía un residuo. Daba la impresión de que sólo tenía que moverse un milímetro, en cualquier dirección, para volver a tocarlo—. Creo que también me vio la cara».
Hablarle a una voz dentro de su cabeza había dejado de parecerle insólito. A decir verdad, ya hacía mucho que no se lo parecía. ¿Y ahora…? Ahora podía ver a Perrin y a Mat con sólo pensar en ellos o con oír sus nombres, y tenía esa otra cara apareciendo en su mente de forma espontánea. Y por lo visto era más que una cara. Total ¿qué era mantener conversaciones dentro de su cráneo comparado con eso? Pero el hombre había sido consciente de él, y viceversa.
«Cuando los chorros de fuego compacto se tocaron en Shadar Logoth debió de crearse algún tipo de conexión entre nosotros. No se me ocurre otra explicación. Ésa fue la única vez que nos encontramos. Él utilizaba lo que se llama Poder Verdadero. Tuvo que ser eso. No sentí nada, no vi nada excepto su chorro de fuego compacto». Tener atisbos de conocimientos que le parecían suyos cuando sabía que provenían de Lews Therin tampoco le resultaba ya chocante. Recordaba los Jardines de Ansaline, destruidos en la Guerra de la Sombra, tan bien como recordaba la granja de su padre. El conocimiento funcionaba en ambas direcciones. A veces Lews Therin hablaba de Campo de Emond como si hubiese crecido allí. «¿Le encuentras tú algún sentido a eso?»