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«¡Oh, Luz! ¿Por qué tengo esta voz en mi cabeza? —gimió Lews Therin—. ¿Por qué no puedo morir? Oh, Ilyena, mi amada Ilyena, quiero reunirme contigo». La voz se apagó, sustituida por el llanto. Le pasaba a menudo cuando hablaba de su esposa, a la que había matado en su locura.

Daba igual. Rand ahogó el sonido de los sollozos del hombre hasta reducirlo a un murmullo apenas audible. Estaba convencido de que tenía razón. Pero ¿quién era aquel tipo? Un Amigo Siniestro, de eso no cabía duda, pero no uno de los Renegados. Lews Therin conocía sus rostros tan bien como el suyo propio y ahora Rand también. Una inesperada idea le hizo torcer el gesto. ¿Hasta qué punto lo percibía a él ese otro hombre? A los ta’veren se los podía localizar por el efecto que causaban en el Entramado, aunque sólo los Renegados sabían cómo. Al menos Lews Therin nunca había mencionado que lo supiera —sus «conversaciones» eran siempre muy breves, aparte de que el hombre rara vez le proporcionaba información de forma voluntaria— y nada había cruzado por su mente al respecto. Pero Lanfear e Ishamael habían sabido cómo hacerlo, si bien ningún otro había dado con él desde que esos dos habían muerto. ¿Podría utilizarse esta conexión del mismo modo? Todos podían estar en peligro. Más de lo que era habitual, como si eso no fuera suficiente.

—¿Te encuentras bien, Rand? —preguntó Loial, preocupado, mientras enroscaba el tapón de plata con motivos de hojas cincelados en el frasco de tinta. El cristal del frasco era tan grueso que habría resistido cualquier golpe salvo ser arrojado contra la piedra, pero Loial lo manejaba como si fuera muy frágil. En sus manos enormes lo parecía—. Me pareció que el queso sabía mal, pero tú te comiste un buen trozo.

—Estoy bien —contestó Rand, pero, cómo no, Nynaeve no hizo caso. Se levantó de la silla y se deslizó velozmente a través de la sala en medio del remolino de la falda azul. Notó que se le ponía carne de gallina cuando ella abrazó el saidar y alargó las manos para sostenerle la cabeza. Al cabo de un instante un escalofrío le recorría el cuerpo. ¡Esa mujer nunca preguntaba! A veces actuaba como si todavía fuera la Zahorí de Campo de Emond y él se dispusiera a ponerse de camino a la granja cuando se hiciera de día.

—No estás enfermo —dijo con tono de alivio. La comida echada a perder estaba ocasionando todo tipo de enfermedades entre la servidumbre, algunas serias. La gente habría muerto de no ser por la presencia de Asha’man y Aes Sedai que proporcionaban la Curación. Reacios a que su señor desembolsara más de su ya escaso dinero y a despecho de todas las advertencias hechas por Cadsuane y Nynaeve y las otras Aes Sedai, se alimentaban con cosas que deberían haberse tirado a un montón de basura. Un cosquilleo distinto se centró brevemente en la herida doble del costado izquierdo.

—Esa herida no mejora —dijo ella, ceñuda. Había intentado Curarla con tan poco éxito como Flinn. Eso era algo que no le sentaba bien. Nynaeve se tomaba el fracaso como un insulto personal—. ¿Cómo puedes mantenerte en pie? Debes de estar sufriendo mucho.

—Hace caso omiso —intervino Min, impasible. Oh, sí, y tanto que tendrían unas palabras luego.

—Duele igual estando de pie que sentado —le dijo a Nynaeve mientras le retiraba suavemente las manos de la cabeza. Era la pura verdad. Como lo era lo que había dicho Min. No podía permitirse el lujo de dejar que el dolor hiciera de él su prisionero.

Una de las puertas gemelas se abrió con un chirrido y dejó paso a un hombre de pelo blanco y una chaqueta de color amarillo desvaído con adornos en rojo y azul que le colgaba flojamente sobre el cuerpo huesudo. La reverencia que hizo fue vacilante, pero por culpa de las articulaciones, no por descortesía.

—Milord Dragón —dijo con una voz casi tan chirriante como los goznes de la puerta—, lord Logain ha regresado.

Logain no esperó a ser invitado y entró prácticamente pisándole los talones al criado. Alto, de cabello oscuro que caía en ondas hasta los hombros, y de tez oscura para ser ghealdano, seguramente las mujeres lo encontraban apuesto, aunque también él tenía una vena de oscuridad. Llevaba la chaqueta negra con la Espada y el Dragón en el cuello alto, y una espada de empuñadura larga colgada a la cadera, pero había añadido algo, un broche redondo, esmaltado, que mostraba tres coronas doradas sobre campo azul, prendido en el hombro. ¿Había adoptado un emblema? Las cejas espesas del viejo criado se dispararon hacia arriba por la sorpresa, y miró a Rand como preguntando si quería que echara a Logain.

—Las noticias de Andor son aceptablemente buenas, supongo —empezó Logain mientras metía los guantes negros por el cinturón. Le dirigió a Rand una mínima reverencia, una ínfima inclinación de espalda—. Elayne sigue conservando Caemlyn, y Arymilla mantiene el cerco, pero Elayne tiene ventaja ya que Arymilla ni siquiera puede impedir la entrada de vituallas, cuanto menos refuerzos. No frunzáis el entrecejo, que no he estado en la ciudad. De todos modos, las chaquetas negras no se ven con buenos ojos allí. Los fronterizos siguen en el mismo sitio. Al parecer hicisteis bien en manteneros lejos de ellos. Corre el rumor de que hay trece Aes Sedai con ellos. Y corre el rumor de que os buscan. ¿Ha regresado ya Bashere?

Nynaeve le asestó una mirada hosca y se apartó de Rand asiéndose la trenza con fuerza. A su entender, que las Aes Sedai vincularan Asha’man estaba bien, pero no a la inversa.

¿Que había trece y que lo buscaban? Si no se había acercado al campamento de la gente de las Tierras Fronterizas había sido porque Elayne no quería que la ayudara —que interfiriera, como decía ella, y él empezaba a entender que tenía razón; el Trono del León tenía que ganarlo ella, no le pertenecía a él para dárselo— pero quizás había sido un acierto el haberlos evitado. Todos los dirigentes de las Tierras Fronterizas tenían lazos con la Torre Blanca, y sin duda Elaida seguía con ganas de echarle mano. Ella y esa absurda proclamación de que nadie salvo ella podía abordarlo. Si pensaba que con eso iba a obligarlo a presentarse ante ella es que era una necia.

—Gracias, eso es todo, Ethin, puedes retirarte. ¿Lord Logain? —preguntó dando énfasis al título mientras el criado hacía una reverencia y lanzaba una última mirada contrariada. Rand creía que el viejo criado habría intentado echar fuera a Logain si se lo hubiera dicho.

—El título le pertenece por derecho de nacimiento —intervino Cadsuane sin levantar la vista del bordado. Ella debía de saberlo, ya que había ayudado a capturarlo cuando se hacía llamar el Dragón Renacido; a él y a Taim, los dos. Los adornos del pelo se mecieron cuando asintió con la cabeza—. ¡Bah! Un noblecillo de poca monta con un pedazo de tierra en las montañas, la mayor parte cuesta arriba y cuesta abajo. Pero el rey Johanin y la Cámara Alta de la Corona lo despojaron de sus tierras y de su título cuando se convirtió en un falso Dragón.

Unas pequeñas chapetas tiñeron las mejillas de Logain, pero la voz le sonó fría y controlada.

—Pudieron arrebatarme mi predio, pero no quién soy.

Todavía enfrascada aparentemente en el bordado, Cadsuane soltó una suave risita. Las agujas de tejer de Verin se habían parado y la mujer estudiaba a Logain; un gorrión regordete observando a un insecto. Alivia también había desplazado la intensa mirada hacia el hombre, en tanto que Harilin y Enaila parecían repasar los movimientos de la partida. Min daba la impresión de seguir leyendo, pero cada mano descansaba cerca del puño contrario de las mangas de la chaqueta. Allí era donde guardaba algunos de sus cuchillos. Ninguno de ellos confiaba en Logain.