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Min mantuvo la mirada fija en los ojos de Rand y sacudió lentamente la cabeza; Rand suspiró. El vínculo le hablaba de irritación y cautela, esta última una advertencia intencionada para él, sospechaba. A veces, tenía la impresión de que Min le leía el pensamiento. Bien, si necesitaba a Cadsuane, y Min decía que la necesitaba, entonces no había más que hablar. Pero ojalá supiera qué se suponía que esa mujer tenía que enseñarle, aparte de rechinar los dientes.

—Aconsejadme, Cadsuane. ¿Qué os parece mi plan?

—Por fin pregunta el chico —murmuró ella mientras dejaba el bordado junto al cesto de costura—. Todos sus planes en marcha, algunos de los cuales ni siquiera se me han confiado, y ahora pregunta. De acuerdo. Tu paz con los seanchan será impopular.

—Es una tregua —la interrumpió—. Y una tregua con el Dragón Renacido durará sólo lo que el Dragón Renacido. Cuando muera, todos serán libres de emprender de nuevo la guerra contra los seanchan si quieren.

Min cerró el libro de golpe y se cruzó de brazos.

—¡No hables así! —espetó, roja la cara por la rabia. El vínculo también transmitía miedo.

—Las Profecías, Min —le recordó tristemente. Triste no por él, sino por ella. Deseaba protegerla, a ella y a Elayne y a Aviendha, pero al final les causaría dolor.

—¡Te he dicho que no hables así! —Asestó una mirada fulminante a Alivia quien, según su visión, ayudaría a Rand a morir, y las manos se deslizaron por los brazos hacia los puños de las mangas.

—Compórtate, Min —le dijo.

Ella apartó velozmente las manos de los puños, pero apretó los dientes y, de pronto, el vínculo rebosó testarudez. Luz, ¿es que ahora iba a tener que preocuparse por si Min intentaba matar a Alivia? No es que fuera a tener éxito en su empeño —tanto daría que arrojara una daga a una Aes Sedai como a la seanchan— pero ella sí podía acabar herida. No sabía si Alivia conocía algún tejido que no fuera para luchar.

—Impopular, como he dicho —repitió firmemente Cadsuane, que alzó la voz. Le lanzó a Min una breve ojeada ceñuda antes de volver la atención a Rand de nuevo. Tenía el semblante tranquilo, compuesto; el rostro de una Aes Sedai. Los oscuros ojos eran duros, como piedras negras pulidas—. Sobre todo en Tarabon, Amadicia y Altara, pero también en cualquier otro país. Si accedes a dejar que los seanchan conserven lo que ya han tomado, ¿qué tierras cederás a continuación? Así será como verán las cosas la mayoría de los dirigentes.

Rand se sentó pesadamente en su silla y estiró las piernas, que cruzó por los tobillos.

—No importa lo impopular que sea. Crucé aquel marco ter’angreal en Tear, Cadsuane. ¿Lo sabíais? —Los adornos de oro se mecieron cuando la mujer negó impacientemente con la cabeza—. Una de mis preguntas a los alfinios fue: «¿Cómo puedo ganar la Última Batalla?»

—Difícil pregunta para plantearla teniendo, como tiene que ver, con la Sombra —susurró ella—. Teóricamente, las conclusiones pueden ser muy desagradables. ¿Cuál fue la respuesta?

—«El norte y el este han de ser como uno. El oeste y el sur han de ser como uno. Los dos han de ser como uno». —Exhaló un anillo de humo y colocó otro en el centro mientras se ensanchaba. Y eso no había sido todo. Había preguntado cómo ganar y sobrevivir. El final de la respuesta había sido: «Para vivir, debes morir». Y eso no era algo que quisiera sacar a colación delante de Min en un futuro inmediato. Ni delante de nadie excepto de Alivia, dicho fuera de paso. Ahora sólo le quedaba discurrir cómo vivir muriendo—. Al principio creí que se referían a que debía conquistar todos los países, pero no era eso lo que dijeron. ¿Y si significa que los seanchan conserven el oeste y el sur, como puede decirse que ya hacen, y surge una alianza para dirimir la Última Batalla entre los seanchan y todos los demás?

—Es posible —cedió ella—. Pero si vas a acordar esa… tregua, ¿por qué desplazas lo que parece un gran ejército hacia Arad Doman y refuerzas el que ya se encuentra en Illian?

—Porque el Tarmon Gai’don se acerca, Cadsuane, y no puedo luchar contra los seanchan y contra la Sombra al mismo tiempo. Conseguiré esa tregua o los aplastaré, cueste lo que cueste. Las Profecías dicen que he de hacer que las nueve lunas se me unan. Hasta hace unos días no supe lo que significaba eso. Tan pronto como Bashere vuelva, sabré cuándo y dónde voy a reunirme con la Hija de las Nueve Lunas. Ahora la cuestión es cómo la uno a mí, y es ella quien tendrá que responder.

Habló de forma pragmática y de vez en cuando exhalaba un anillo de humo a modo de puntuación. Las reacciones fueron diversas. Loial se limitó a escribir muy deprisa para que no se le escapara una sola palabra, en tanto que Harilin y Enaila reanudaron su juego. Si había que danzar las lanzas, estaban preparadas. Alivia asintió ferozmente, sin duda esperando que la cosa se resolviera aplastando a quienes la habían hecho llevar un a’dam durante quinientos años. Logain había encontrado otra copa y escanció el vino que quedaba en la jarra, pero se limitó a sostener la copa en vez de beber; su expresión era indescifrable. Ahora era a Rand al que Verin estudiaba intensamente. Claro que siempre había mostrado mucha curiosidad por él. Sin embargo, ¿por qué, en nombre de la Luz, Min sentía una profunda tristeza? Y Cadsuane…

—La piedra se fractura con un golpe lo bastante fuerte —dijo, el rostro una máscara de calma Aes Sedai—. El acero se quiebra. El roble se opone al viento y se parte. El sauce se doblega cuando ha de hacerlo y sobrevive.

—Un sauce no ganará el Tarmon Gai’don —le respondió Rand.

La puerta chirrió al volver a abrirse y Ethin entró, renqueante.

—Mi señor Dragón, han llegado tres Ogier. Se mostraron muy complacidos cuando supieron que maese Loial se encontraba aquí. Una es su madre.

—¿Mi madre? —exclamó Loial con una nota aguda en la voz, y aun así sonó como una ráfaga de viento cavernoso resoplando en unas cuevas profundas. Se incorporó con tal rapidez que derribó la silla hacia atrás mientras se retorcía las manos y abatía las orejas. Giró la cabeza a uno y otro lado como si buscara una salida que no fuera la puerta—. ¿Qué voy a hacer, Rand? Los otros dos deben de ser el Mayor Haman y Erith. ¿Qué voy a hacer?

—La señora Covril dijo que estaba deseando hablar con vos, maese Loial —anunció Ethin con su voz chirriante—. Muy deseosa. Todos están empapados por la lluvia, pero dijo que os esperan en la sala de estar Ogier del piso de arriba.

—¿Qué voy a hacer, Rand?

—Dijiste que querías casarte con Erith —respondió Rand con la mayor suavidad posible. La delicadeza no era fácil, salvo con Min.

—Pero ¡y mi libro! No tengo las notas completas, y nunca sabré qué ocurre a continuación. Erith me llevará de vuelta con ella al stedding Tsofu.

—¡Bah! —Cadsuane recogió la labor y se puso a coser delicadamente. Estaba bordando un antiguo símbolo Aes Sedai, el Colmillo del Dragón y la Llama de Tar Valon fundidos en un disco, negro y blanco separado por una línea sinuosa—. Ve con tu madre, Loial. Si es Covril, hija de Ela, nieta de Soong, más vale que no la tengas esperando. Lo que supongo sabes muy bien.

Loial pareció tomar las palabras de Cadsuane como una orden. Empezó a limpiar la pluma de nuevo y cerró el tintero, pero todo lo hizo muy despacio, gachas las orejas.

—¡Mi libro! —era el triste y apagado gemido que soltaba cada dos por tres.

—Bien —dijo Verin mientras alzaba la labor de punto para examinarla—. Me parece que he hecho todo lo que podía aquí. Creo que voy a ir a buscar a Tomás. La rodilla le duele con la lluvia, aunque él lo niega incluso a mí. —Echó un vistazo a las ventanas—. Parece que empieza a amainar.

—Y yo creo que iré a buscar a Lan —manifestó Nynaeve a la par que recogía el vuelo de la falda—. La compañía es mejor donde está él. —Lo dijo mientras se daba un tirón de la trenza y echaba una mirada fulminante a Alivia y a Logain—. El viento me anuncia que se aproxima una tormenta, Rand. Y ya sabes que no me refiero a la lluvia.