—¿La Última Batalla? —inquirió Rand—. ¿Cuánto tardará? —En lo referente al tiempo, a veces escuchar al viento le indicaba puntualmente en qué momento iba a llover.
—Es posible, pero no lo sé. Sólo recuerda esto: se acerca una tormenta. Una tormenta terrible.
En el cielo retumbó el trueno.
19
Votos
Inquieto, Loial vio a Nynaeve alejarse por el corredor alumbrado con lámparas en una dirección y a Verin en la contraria. Ninguna de las dos le llegaba más arriba de la cintura, pero eran Aes Sedai. Ese hecho bastó para atarle la lengua y, cuando hizo acopio de valor para pedirle a una de ellas que lo acompañara, las dos se habían perdido de vista al girar en sendas esquinas del pasillo. La casa solariega era una construcción laberíntica con sucesivos agregados a lo largo de los años que se habían realizado sin un verdadero plan global, que Loial alcanzara a discernir, y con frecuencia los pasillos se cruzaban en ángulos extraños. Deseó fervientemente haber tenido a una Aes Sedai de compañía cuando estuviera cara a cara con su madre. Incluso Cadsuane, aunque ésta lo ponía muy nervioso por la forma en la que pinchaba constantemente a Rand. Antes o después, Rand acabaría explotando. No era el mismo hombre que había conocido en Caemlyn, ni siquiera el hombre que había dejado en Cairhien. El ambiente a su alrededor era oscuro y pétreo ahora, un denso pradal de pie de león y debajo un traicionero suelo. Toda la casa daba esa sensación encontrándose Rand en ella.
Una criada delgada, de cabello canoso, que llevaba un cesto con toallas dobladas dio un respingo, después sacudió la cabeza y masculló algo entre dientes antes de hacerle una ligera reverencia y seguir su camino. Se desvió ligeramente un paso hacia un lado, como si estuviera rodeando algo. O a alguien. Loial miró fijamente ese punto y se rascó detrás de la oreja. A lo mejor es que él sólo podía ver Ogier muertos. Tampoco es que tuviera ganas de verlos, desde luego. Bastante triste era saber que los humanos muertos ya no descansaban. Si se confirmaba que a los Ogier muertos les ocurría lo mismo se le rompería el corazón. De todos modos, lo más probable era que si aparecían lo hicieran dentro de los steddings. Sin embargo, le encantaría ver desaparecer una ciudad. No una real, sino una ciudad muerta como esos espíritus que los humanos afirmaban ver. A lo mejor se podía caminar por sus calles antes de que se desvaneciera y ver cómo era la gente antes de la Guerra de los Cien Años o incluso la Guerra de los Trollocs. Eso decía Verin, y parecía saber muchísimo sobre el asunto. Sería algo digno de mención en su libro, desde luego. Rascándose la perilla con dos dedos —¡cómo le picaba!— suspiró. Habría sido un buen libro.
Con seguir plantado en el corredor sólo conseguiría retrasar lo inevitable. Si uno aplazaba el desbrozo siempre encontraba enredadera estranguladora entre los arbustos, como rezaba el viejo dicho. Sólo que él se sentía como si la estranguladora estuviera enroscada prietamente a su alrededor, en lugar de un árbol. Jadeante, siguió a la criada todo el camino hasta la ancha escalera que subía hacia los dormitorios Ogier. La escalera tenía dos sólidos balaustres que le llegaban a la mujer canosa al hombro, y lo bastante recios para proporcionar un asidero decente. A menudo temía rozar las barandillas hechas para humanos por miedo a romperlas. Uno de los balaustres se extendía por el centro; los escalones que subían pegados a la pared estaban hechos a la medida del pie humano, y los del lado exterior, para pies Ogier.
La mujer era mayor para el promedio de vida de los humanos, pero sin embargo subió más deprisa que él y ya se alejaba prestamente corredor adelante para cuando quiso llegar a lo alto de la escalera. Sin duda llevaba las toallas a los dormitorios de su madre, del Mayor Haman y de Erith. Seguramente preferirían secarse antes de hablar. Se lo sugeriría. Así ganaría tiempo para pensar. Porque tenía las ideas tan pesadas y lentas como los pies, que parecían ruedas de molino.
Había seis dormitorios construidos para Ogier a lo largo del corredor, que a su vez tenía el tamaño apropiado para ellos —con los brazos extendidos hacia arriba, las manos le quedarían a un paso de tocar las vigas del techo—, así como un cuarto de almacén, un cuarto de baño con una gran bañera de cobre, y la sala de estar. Ésa era la parte de la casa más antigua, que databa de casi quinientos años atrás. Toda una vida para un Ogier muy viejo, pero muchas vidas para los humanos. Su ciclo vital era tan breve, excepto en las Aes Sedai… Ésa debía de ser la razón de que anduvieran revoloteando de aquí para allí como colibríes. Pero hasta las Aes Sedai podían ser tan atolondradas como los demás. Eso sí que era desconcertante.
La sala de estar estaba creada con un Gran Árbol, no obra de Ogier, pero sí delicadamente detallada y de inmediato identificable. Se detuvo, se estiró la chaqueta y se peinó el cabello con los dedos mientras deseaba para sus adentros haber dispuesto de tiempo para dar betún a las botas. Tenía una mancha de tinta en un puño. Tampoco había tiempo para remediar eso. Cadsuane tenía razón. Su madre no era una mujer a la que se pudiera hacer esperar. Qué curioso que Cadsuane supiera quién era. Quizás incluso la conocía, por la forma en la que había hablado. Covril, hija de Ela, nieta de Soong, era una Oradora renombrada, pero lo que no se le había ocurrido pensar era que la conocieran también en el Exterior. Luz, casi jadeaba por la ansiedad.
Procurando controlar la agitada respiración, entró. Incluso allí los goznes chirriaron. Los criados se habían quedado pasmados cuando les había pedido un poco de aceite para engrasarlos —ésa era una tarea suya; él era un invitado— pero hasta el momento no lo habían hecho.
La sala de techo alto era bastante espaciosa, forrada con paneles oscuros y pulidos, sillas y pequeñas mesas con tallas de parras y lámparas de pie de hierro forjado del tamaño adecuado, con las titilantes llamas reflejadas en los espejos por encima de su cabeza. A excepción de un anaquel de libros, todos los cuales había leído con anterioridad y que eran lo bastante antiguos para que la encuadernación de cuero presentara descamaciones, sólo un pequeño cuenco de madera cantada era de manufactura Ogier. Una bonita pieza; ojalá supiera quién la había cantado, pero era tan antigua que cantarla ni siquiera había conseguido levantar un eco. No obstante, todo estaba hecho por alguien que al menos había visitado un stedding. Los muebles habrían podido encajar en una vivienda Ogier. Ni que decir tiene que la estancia no guardaba parecido alguno con las que había en un stedding, pero el antepasado de lord Algarin había realizado un esfuerzo para que sus visitantes Ogier se sintieran cómodos.
Su madre se encontraba de pie delante de uno de los hogares de ladrillo; de rasgos firmes, sostenía extendida la falda bordada con motivos de parras para que se secara. Loial soltó un suspiro de alivio al ver que no estaba tan mojada como había imaginado, aunque eso ponía fin a la sugerencia de que fuera a secarse antes de hablar. Las capas de lluvia debían de haberse calado por algunos sitios. Les ocurría eso al cabo del tiempo, a medida que se desgastaba la capa de aceite de semillas de badiana. Tal vez tampoco estaba de tan mal humor como había imaginado. El Mayor Haman, de cabello blanco, con la casaca oscurecida por varios rodales grandes de humedad, examinaba una de las hachas que había en la pared y sacudía la cabeza. La longitud del mango igualaba su altura. Fabricadas durante la Guerra de los Trollocs y tal vez antes, había dos de ésas, con incrustaciones de oro y plata en la larga cabeza del hacha, así como un par de ornamentados cuchillos puntiagudos de mango largo. Por supuesto, los cuchillos de podar, afilados por un lado y dentados por el otro, siempre tenían los mangos largos, pero las incrustaciones y las largas y rojas borlas indicaban que también se habían fabricado para usarlos como armas. No era una elección acertada para colgar en una sala dedicada a la lectura o a la conversación o a la serena contemplación de la quietud.