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—Y con la Guerra de los Cien Años aprendimos a no enredarnos con asuntos de los humanos —intervino su madre.

Estaba permitido hacer eso. La Disertación podía convertirse en debate a no ser que la pura belleza de tus palabras atrapara a los oyentes. En una ocasión ella había estado hablando desde la salida del sol hasta su puesta a favor de una posición muy impopular sin que hubiera una sola interrupción, y al día siguiente nadie se levantó a Disertar contra ella. Él no era capaz de crear frases hermosas. Sólo podía expresar sus convicciones. No se volvió de la ventana.

—La Guerra de los Cien Años era un asunto humano que no nos concernía en absoluto. La Sombra sí es asunto nuestro. Cuando es a la Sombra a quien hay que combatir, a nuestras hachas siempre les han crecido largos mangos. Puede que dentro de un año o de cinco o de diez abramos el Libro de Traslación, pero si lo hacemos ahora no escaparemos teniendo una esperanza fundada de hallar seguridad en otro lugar. Se aproxima el Tarmon Gai’don, y de eso depende el destino no sólo de este mundo, sino de cualquier mundo al que huyamos. Cuando el fuego amenaza a los árboles no salimos corriendo y confiamos en que las llamas no nos sigan. Lo combatimos. Ahora la Sombra se aproxima como un fuego incontrolado y más vale que no intentemos escapar de él. —Algo se movía entre los árboles a todo lo largo de la línea de la fronda que alcanzaba a ver. ¿Un hato de ganado? En ese caso, era uno muy grande.

—Eso no está mal —dijo su madre—. Expuesto de un modo demasiado sencillo para que tenga peso alguno en el Tocón de un stedding, cuanto menos el Gran Tocón, claro, pero no está mal. Continúa.

—Trollocs —exclamó. Porque eso era lo que veía, miles de trollocs con cotas negras y llenas de pinchos que salían en tromba de los árboles, a la carrera, enarboladas las espadas curvadas como guadañas, agitando las lanzas barbadas, algunos con antorchas. Miles no. Decenas de miles.

Erith llegó junto a él y se hizo hueco en la ventana.

—¡Cuántos! —exclamó estupefacta—. ¿Vamos a morir, Loial? —No hablaba como si estuviera asustada, hablaba… ¡excitada!

—Si logro advertir a Rand y a los demás, no —contestó mientras se encaminaba hacia la puerta. Ahora sólo las Aes Sedai y los Asha’man podían salvarlos.

—Toma, muchacho, creo que vamos a necesitarlas.

Loial se paró sólo el tiempo justo para atrapar el hacha de mango largo que el Mayor Haman le lanzó por el aire. Las orejas del otro hombre estaban aplastadas hacia atrás por completo, pegadas al cráneo, y entonces se dio cuenta de que él las tenía igual.

—Toma, Erith —dijo sosegadamente su madre mientras descolgaba uno de los cuchillos de podar—. Si consiguen entrar, trataremos de frenarlos en la escalera.

—Eres mi héroe, esposo —dijo Erith mientras asía el mango del cuchillo—, pero si haces que te maten, me enfadaré mucho contigo. —Lo dijo como si hablara en serio.

Y entonces el mayor Haman y él corrieron pasillo adelante juntos, bajaron la escalera con mucho ruido y gritando a pleno pulmón una advertencia y un grito de batalla que no se había oído hacía más de dos mil años.

—¡Llegan trollocs! ¡Hachas en alto y despejad el campo! ¡Llegan trollocs!

—… así que me ocuparé de Tear, Logain, mientras tú… —De repente Rand arrugó la nariz. No era que de pronto hubiera olido un montón de basura podrida, pero la sensación era la misma, y se iba haciendo más y más intensa.

—Engendros de la Sombra —dijo suavemente Cadsuane mientras soltaba el bordado y se ponía de pie.

A Rand le cosquilleó la piel cuando la mujer abrazó la Fuente. O tal vez fuera Alivia, que se acercaba prestamente hacia los ventanales, en pos de la hermana Verde. Min se puso de pie al tiempo que sacaba un par de cuchillos arrojadizos de las mangas de la chaqueta.

En ese mismo momento, a través de las gruesas paredes, oyó, apagados, los gritos de los Ogier. No había error posible en aquellas voces profundas, semejantes al sonido de un tambor.

—¡Llegan trollocs! ¡Hachas en alto y despejad el campo!

Con un juramento, se levantó de un brinco y corrió hacia un ventanal. Trollocs a millares se aproximaban a todo correr bajo la llovizna a través de los campos recién plantados, trollocs altos como Ogier y más, trollocs con cuernos de carnero y cuernos de machos cabríos, trollocs con picos de águila y penachos de plumas, la tierra embarrada salpicando lodo bajo botas, pezuñas y garras. Corrían silenciosos como la muerte. Myrddraal de negro galopaban tras ellos, las capas colgando como si estuvieran parados. Alcanzaba a ver treinta o cuarenta. ¿Cuántos más por los otros costados de la casa?

Los gritos de los Ogier los habían oído otros también o quizá sólo habían mirado por una ventana. Empezaron a precipitarse rayos sobre los trollocs a la carga, descargas que caían con fragor y lanzaban en todas direcciones cuerpos grandes. En otras partes, el suelo estallaba en llamas y arrojaba surtidores de tierra y trozos de trolloc, cabezas, brazos, patas, girando en el aire. Bolas de fuego los golpeaban y estallaban, y cada una mataba a docenas. Pero seguían corriendo tan deprisa como caballos, si no más. Rand no veía los tejidos que creaban algunos de los rayos. Ahora que los habían descubierto, los trollocs empezaron a gritar, a emitir inarticulados bramidos de rabia. En las dependencias con tejados de bálago, grandes y resistentes graneros y establos, algunos saldaeninos de Bashere asomaron la cabeza y rápidamente la metieron de nuevo para atrancar las puertas.

—¿Les dijiste a tus Aes Sedai que podían encauzar para defenderse? —preguntó sosegadamente Rand.

—¿Acaso parezco tan necio para no haberlo hecho? —gruñó Logain. En otro ventanal el hombre ya asía el saidin, casi tanto como Rand era capaz de absorber. Tejía tan rápidamente como podía—. ¿Tenéis intención de ayudar o sólo vais a mirar, milord Dragón?

En aquello había excesivo sarcasmo, pero no era el momento de sacarlo a colación. Rand respiró hondo, se aferró con fuerza el marco del ventanal a ambos lados en prevención del mareo que podría sobrevenirle —las doradas melenas de los Dragones en el envés de cada mano parecieron retorcerse— y buscó el contacto con el Poder. La cabeza le dio vueltas mientras el saidin fluía en él, llamas gélidas y montañas desmoronándose, un caos que intentaba arrastrarlo y aplastarlo. Pero bienaventuradamente limpio. Todavía se maravillaba con esa sensación. La cabeza le daba vueltas y el estómago amenazó con vaciarse, la extraña indisposición que debería haber desaparecido con la mácula, pero en realidad no fue por eso por lo que se agarró al marco con más fuerza. El Poder Único lo llenaba… pero en ese momento de vértigo Lews Therin le había arrebatado el control y lo manejaba él. Entumecido por el horror, contempló fijamente a los trollocs y a los Myrddraal que corrían hacia las dependencias. Con el Poder dentro de él era capaz de distinguir los broches prendidos en los macizos hombros protegidos por cota de malla: el torbellino del clan Ahf’frait; el tridente sanguinolento del Ko’bal; el rayo en zigzag del Ghraem’lan; el hacha ganchuda del Al’ghol; el puño de hierro del Dhai’mon; el puño rojo ensangrentado del Kno’mon. Y había cráneos: la calavera cornuda del clan Dha’vol; las calaveras humanas apiladas del Ghar’ghael; la calavera hendida por espada curvilínea del Dhjin’nen; y la calavera atravesada por una daga del Bhansheen. A los trollocs les gustaban las calaveras si es que podía decirse que les gustaba algo. Por lo visto participaban los doce clanes principales en su totalidad, así como algunos de los secundarios. Vio emblemas que no conocía, por ejemplo lo que parecía un ojo que miraba fijamente, y una mano atravesada por una daga, y la figura de un hombre envuelta en llamas. Se hallaban cerca de las dependencias, en las que las espadas habían empezado a atravesar el bálago a cuchilladas conforme los saldaeninos intentaban abrirse paso hacia los tejados. El bálago era duro. Tendrían que hacer un desesperado esfuerzo. Extrañas, las ideas que venían a la cabeza cuando un demente que deseaba morir podía matarte al instante siguiente.