«Tienes que confiar en mí —dijo Lews Therin—. Confía en mí. ¡Oh, Luz, le estoy suplicando a una voz que oigo dentro de mi cabeza! Tengo que estar loco, sí».
Nandera y el resto de las cincuenta Doncellas veladas formaban un amplio cerco en torno a Rand, casi hombro con hombro; pinchaban con las lanzas a todos los trollocs y Myrddraal junto a los que pasaban, pisaban despreocupadamente sobre colosales brazos y piernas seccionados, cabezas cercenadas con cuernos o colmillos o dientes afilados. De tanto en tanto, un trolloc gemía o trataba débilmente de arrastrarse para escabullirse —o abalanzarse sobre ellos mientras gruñía— aunque no por mucho tiempo. Luchar contra trollocs era igual que luchar contra perros rabiosos. O los matabas o ellos te mataban a ti. No había negociación ni rendición ni término medio.
La llovizna había mantenido alejados a los buitres hasta el momento, pero cuervos y cornejas aleteaban por doquier, las negras plumas brillantes por la humedad, y si entre ellos había espías del Oscuro eso no les impedía posarse para sacar los ojos a los trollocs o ver si podían arrancar algún otro trocito de carne. Había trollocs despedazados más que suficientes para que los carroñeros disfrutaran de un gran festín. Sin embargo, ninguno se acercaba a un Myrddraal muerto, y evitaban a los trollocs que se hallaban cerca de Myrddraal. Eso no indicaba nada más que precaución. Seguramente les olían mal a las aves. La sangre de un Fado corroía el acero si estaba en contacto con él el tiempo suficiente. Para cuervos y cornejas debía de oler como veneno.
Los saldaeninos que habían sobrevivido disparaban flechas a las aves o las ensartaban con las espadas de hoja curva o simplemente las aporreaban con palas, azadones o rastrillos, cualquier cosa que hubiera a mano que sirviera de garrote —en las Tierras Fronterizas, dejar vivo a un cuervo o a una corneja era impensable; allí eran los ojos del Oscuro con demasiada frecuencia— pero había demasiados. Centenares de bultos con plumas negras yacían desplomados entre los trollocs, pero por cada cadáver parecía haber cientos más graznando y peleando por los bocados más tiernos, incluidos trozos de sus compañeros muertos. Los Asha’man y las Aes Sedai hacía mucho rato que habían renunciado a intentar acabar con todos.
—No me gusta que mis hombres se cansen de esta forma —dijo Logain. «Sus» hombres—. Ni las hermanas, dicho sea de paso. Gabrelle y Toveine estarán al borde del agotamiento al caer la noche. —Había vinculado a las dos, de modo que debía de saberlo—. ¿Y si se produce otro ataque?
Todo alrededor de la casa solariega y de las dependencias ardían fuegos fugaces, tan candentes que la gente se resguardaba los ojos cuando Aes Sedai y Asha’man incineraban trollocs y Myrddraal allí donde yacían muertos. Había demasiados para tomarse el trabajo de hacinarlos en montones. Con menos de veinte Aes Sedai y una docena de Asha’man iba a ser un trabajo largo, habiendo como había unos cien mil trollocs; probablemente, antes de haber acabado, el hedor a putrefacción se sumaría a los fétidos olores que flotaban ya en el aire, como el nauseabundo olor a cobre de la sangre de los Engendros de la Sombra o la peste de lo que quiera que hubieran contenido los intestinos de los trollocs cuando se habían desgarrado. Mejor no pensar mucho en eso. Puede que no quedara un solo granjero o aldeano vivo desde la casa solariega hasta la Columna Vertebral del Mundo. De allí debía de ser de donde habían salido los trollocs, de la puerta a los Atajos que había fuera del stedding Shangtai. Al menos el hogar de Loial estaba a salvo. Ni trollocs ni Myrddraal entrarían en un stedding a no ser que los azuzaran, y para conseguirlo había que azuzarlos bastante.
—¿Preferirías dejarlos pudrirse donde están? —inquirió Cadsuane, que hablaba como si ella no tuviera opinión en el asunto.
Aunque se recogía los vuelos de la falda verde para que la seda no arrastrara por el barro empapado de sangre o por los despojos que cubrían el suelo, iba pisando patas o cabezas con tanta despreocupación como las Doncellas. También ella había tejido una sombrilla para protegerse de la lluvia, al igual que Alivia, aunque ésta no lo hizo hasta haber visto el tejido de la Verde. Rand había intentado que las hermanas que le habían jurado lealtad enseñaran a la seanchan más cosas del Poder; pero, según el punto de vista de las Aes Sedai, eso no tenía nada que ver con su juramento de lealtad. La seanchan no representaba un peligro para sí misma y tampoco, aparentemente, para los demás, de modo que se daban por satisfechas dejando las cosas tal como estaban. Nynaeve también se había negado debido a la visión de Min. Cadsuane le había informado fríamente que no estaba dedicada a la enseñanza de espontáneas.
—Entonces sí que esto sería un depósito de cadáveres —dijo Min, que caminaba como si pisara huevos, y saltaba a la vista que procuraba no pensar en lo que tenía a los pies mientras trataba de no plantar las botas azules de tacón en ningún cuerpo ni despojo, lo que hacía que diera un traspié de vez en cuando. También se estaba mojando y los rizos empezaban a pegársele en la cabeza, si bien el vínculo no transmitía exasperación; sólo rabia, y parecía dirigida a Logain a juzgar por la penetrante mirada que le asestaba—. ¿Adónde irían los criados y la gente que trabaja en los campos, los graneros y los establos? ¿Cómo vivirían?
—No habrá otro ataque —respondió Rand—. Al menos no lo habrá hasta que quienesquiera que ordenaran éste se enteren de que ha fracasado, y puede que ni siquiera entonces. Esto es todo lo que lanzaron. Los Myrddraal no habrían atacado de manera tan poco sistemática.
Logain gruñó, pero no tenía argumentos en contra. Rand miró hacia atrás, a la casona. En algunos sitios los trollocs muertos yacían justo al pie de los muros. Ninguno había logrado entrar, pero…
«Logain tenía razón», pensó mientras recorría con la mirada la matanza. Había faltado muy poco. Sin los Asha’man y las Aes Sedai que Logain había llevado, seguramente el final habría sido muy distinto. Le había andado muy cerca. ¿Y si había otro ataque, después…? Era obvio que alguien conocía el truco de Ishamael. O ese hombre de ojos azules que veía en su mente podía localizarlo realmente. El siguiente ataque sería a mayor escala. O eso, o llegaría de una dirección inesperada. Tal vez debería permitir que Logain llamara a unos cuantos Asha’man más.
«Debiste matarlos —sollozó Lews Therin—. Ahora es demasiado tarde. Demasiado tarde».
«La Fuente está limpia ahora, necio», pensó Rand.
«Sí —contestó Lews Therin—. Pero ¿lo están ellos? ¿Lo estoy yo?»
Rand se había hecho esa pregunta sobre sí mismo. La mitad de la doble herida del costado era obra de Ishamael, y la otra mitad se la había infligido la daga de Padan Fain, portadora de la tara de Shadar Logoth. A menudo palpitaban y, cuando lo hacían, parecía que estaban vivas.
El círculo de Doncellas se abrió ligeramente para dejar pasar a un criado de cabello blanco y nariz larga y afilada que daba la impresión de ser más endeble incluso que Ethin. Trataba de refugiarse bajo un parasol doble de los Marinos al que le faltaba la mitad de los flecos, pero la vieja seda azul tenía unos cuantos agujeros, de manera que varios hilillos de agua goteaban sobre la chaqueta amarilla del anciano, y uno le caía en la cabeza. Tenía el ralo cabello pegado al cráneo y goteaba. Quizá no habría estado tan empapado de no llevar el parasol. Sin duda uno de los antepasados de Algarin lo había conseguido de algún modo y lo había guardado de recuerdo, pero cómo había llegado a su poder sin duda sería toda una historia. Rand dudaba que los Marinos hubieran renunciado así como así al parasol de una Señora de las Olas de un clan.