—En efecto —añadió Javindhra mientras se alisaba la falda. La angulosa mujer no lucía joyas aparte del anillo de la Gran Serpiente, y el vestido, de un rojo tan oscuro que casi parecía negro, no tenía adornos—. Antes o después los hechos saldrán a la luz por mucho que nos esforcemos y nos dejemos la piel en evitarlo. —Tenía la boca tan prieta que daba la impresión de estar mordiendo algo, si bien parecía sentirse satisfecha. Qué curioso. Era el perrillo faldero de Elaida.
La intensa mirada de Tsutama se quedó fija en ella y, al cabo de un momento, las mejillas de Javindhra se teñían de rojo. Tal vez como excusa para romper el contacto visual, dio un gran sorbo de té… De una taza de oro batido y tallada con leopardos y venados, claro, habida cuenta de cómo era ahora Tsutama. La Altísima siguió mirándola fijamente, en silencio, pero si era a Javindhra o algo que había más allá de la hermana, Pevara lo ignoraba.
Cuando Katerine llevó la noticia de que Galina se encontraba entre las bajas habidas en los pozos de Dumai, Tsutama había sido elegida para reemplazarla casi por aclamación. Como Asentada había gozado de una excelente reputación, al menos antes de su implicación en los indignantes acontecimientos que la condujeron a su ruina, y muchas de las Rojas creían que los tiempos que vivían requerían una Altísima tan dura como fuera posible. La muerte de Galina había quitado un gran peso de los hombros a Pevara —la Altísima una Amiga Siniestra; ¡oh, aquello había sido angustioso!—, pero no lo tenía claro con Tsutama. Había algo… salvaje en ella ahora. Algo impredecible. ¿Estaba totalmente cuerda? Claro que se podía hacer la misma pregunta sobre la Torre Blanca en su totalidad. ¿Cuántas de las hermanas estaban ahora en su sano juicio del todo?
Como si hubiera captado sus pensamientos, Tsutama desvió la intensa mirada hacia ella. Pevara no enrojeció ni dio un respingo, como les ocurría a tantas aparte de Javindhra, pero se encontró deseando que Duhara estuviera allí sólo para que la Altísima tuviera a una tercera Asentada en la que fijarse, sólo para compartir tales miradas. Ojalá supiera dónde había ido esa mujer y el porqué, habiendo un ejército rebelde acampado a las afueras de Tar Valon. Hacía poco más de una semana que Duhara se había embarcado sin decirle nada a nadie, que Pevara supiera, y nadie parecía saber si se había dirigido al norte o al sur. En la actualidad, Pevara sospechaba de todos y de todo.
—¿Nos mandaste venir por algo que dice en esa carta, Altísima? —preguntó finalmente. Sostuvo aquella mirada inquietante con aire tranquilo, aunque empezaba a querer echar un buen trago de su taza ornamentada; y ojalá fuera vino, en lugar de té. Con lentitud, dejó la taza sobre el estrecho brazo de la silla. La mirada de la otra mujer la hizo sentirse como si tuviera arañas corriéndole por la piel.
Tras unos larguísimos instantes, Tsutama bajó los ojos a la carta doblada que tenía en el regazo. El papel se habría enroscado en un pequeño cilindro de no ser porque los dedos de Tsutama lo sujetaban. Era el papel finísimo que se utilizaba para los mensajes enviados con palomas, y las pequeñas letras escritas, que se veían claramente a través de la hoja, parecían cubrirla prietamente.
—Esto viene de Sashalle Anderly —dijo, y, al oír el nombre, Pevara hizo un leve gesto de piedad mientras Javindhra emitía un gruñido que podría interpretarse de muchas formas. Pobre Sashalle. Sin embargo, Tsutama continuó sin dar muestras de compasión—. La puñetera mujer cree que Galina escapó, porque la nota va dirigida a ella. Gran parte de lo que escribe simplemente confirma lo que ya sabemos por otras fuentes, incluida Toveine. Pero, sin dar sus nombres, la muy puñetera dice que «tiene el mando de la mayoría de las hermanas que hay en la ciudad de Cairhien».
—¿Cómo puede Sashalle tener el mando de ninguna hermana? —Javindhra sacudió la cabeza; su expresión negaba tal posibilidad—. ¿Acaso se ha vuelto loca?
Pevara guardó silencio. Tsutama respondía cuando quería, no cuando una le preguntaba. La carta anterior de Toveine, también dirigida a Galina, no mencionaba a Sashalle en absoluto, ni a las otras dos. Claro que todo el asunto le habría resultado más que desagradable. Hasta pensar en ello era como comer ciruelas podridas. Casi todo lo que había escrito iba dirigido a echar la culpa de los acontecimientos a Elaida, aunque de forma indirecta.
Los ojos de Tsutama se desviaron hacia Javindhra, como dagas lanzadas, pero continuó sin hacer pausas.
—Sashalle también habla de la puñetera visita de Toveine a Cairhien junto con las otras hermanas y los condenados Asha’man, aunque es evidente que ignora lo del puñetero vínculo. Todo le pareció muy raro, hermanas mezcladas con Asha’man y que sostuvieran con ellos unas relaciones «tensas pero a menudo amistosas». ¡Qué jodienda! Sus palabras textuales, así me abrase. —El tono de Tsutama, adecuado para discutir sobre el precio del encaje, no dejaba entrever lo que pensaba al respecto—. Sashalle dice que cuando se marcharon se llevaron consigo a los condenados Guardianes pertenecientes a otras hermanas que cree que se encuentran con el chico, así que parece puñeteramente seguro que lo iban buscando y que seguramente habrán dado con él a estas alturas. No tiene ni idea de para qué. Pero confirma lo que Toveine afirma respecto a Logain. Por lo visto, el puñetero hombre ya no está amansado.
—Imposible —masculló Javindhra sobre el borde de la taza, en tono quedo.
A Tsutama no le gustaba que contradijeran lo que decía. Pevara se guardó para sí lo que opinaba y dio un sorbo de su taza. Hasta el momento, en la carta no parecía haber nada digno de discusión salvo si Sashalle podía tener «el mando» de algo, y ella prefería pensar en cualquier otra cosa que en la suerte corrida por Sashalle. El té sabía a arándanos. ¿Cómo había conseguido arándanos Tsutama tan recién iniciada la primavera? A lo mejor eran arándanos secos.
—El resto os lo leeré —dijo Tsutama mientras abría la página y la recorría con la vista casi hasta el final antes de empezar. Al parecer Sashalle había sido muy minuciosa. ¿Qué había en la carta que la Altísima no quería compartir? Cuántas sospechas.
«He estado sin comunicarme tanto tiempo porque no conseguía dar con las palabras adecuadas para decir lo que tengo que decir, pero ahora veo que contar los hechos, lisa y llanamente, es la única forma. Junto con otras cuantas hermanas —a las que dejaré que decidan por sí mismas si revelan lo que yo estoy a punto de revelar— he prestado juramento de fidelidad al Dragón Renacido, que durará hasta que el Tarmon Gai’don se haya librado».
Javindhra dio un sonoro respingo y los ojos se le desorbitaron, pero Pevara se limitó a susurrar «ta’veren». Tenía que ser por eso. El término ta’veren siempre había sido la explicación de la mayoría de los rumores inquietantes que llegaban de Cairhien. Tsutama siguió con la lectura de la carta.
«Lo que hago es por el bien del Ajah Rojo y de la Torre. Si no estuvieras de acuerdo, me someteré a tu disciplina. Después del Tarmon Gai’don. Como quizás hayas oído ya, Irgain Fatamed, Ronaille Vevanios y yo fuimos neutralizadas cuando el Dragón Renacido escapó en los pozos de Dumai. Sin embargo, nos ha Curado un hombre llamado Damer Flinn, uno de los Asha’man, y todas parecemos estar restablecidas completamente. Por increíble que pueda parecer, juro por la Luz y por mi esperanza de salvación y renacimiento que es verdad. Espero con impaciencia poder regresar a la Torre, donde prestaré de nuevo los Tres Juramentos para ratificar mi entrega al Ajah y a la Torre».
—Hay más cosas —comentó Tsutama tras doblar la carta otra vez y sacudir ligeramente la cabeza—, pero todo se reduce a más puñeteras declaraciones y protestas de que lo que está haciendo es por el Ajah y la Torre. —Un destello en sus ojos apuntó que Sashalle podría lamentarlo si salía con vida de la Última Batalla.