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—¡Vaya! —soltó Cadsuane—. Parece que contagias incluso a los Ogier, chico. —El tono era severo, pero el rostro era la viva imagen de la compostura Aes Sedai, indescifrable, ocultando lo que quiera que pasara tras aquellos ojos oscuros.

Loial se quedó rígido por la impresión y faltó poco para que dejara caer el hacha, cosa que evitó manoteando torpemente.

—¿Vos? Pero ¿y el Tocón, Mayor Haman? ¡El Gran Tocón!

—Creo que puedo dejar eso en tus manos tranquilamente, muchacho. Tus palabras fueron sencillas pero elocuentes. Hummm… Hummm… Mi consejo es que no intentes hacerlo con belleza. Sigue con la simple elocuencia y puede que sorprendas a unos cuantos. Incluida tu madre.

Parecía imposible que las orejas de Loial pudieran estirarse más y ponerse más rígidas, pero lo hicieron. Movió la boca, pero no le salió una sola palabra. De modo que iba a hablar ante el Tocón. ¿Qué había de secreto en eso?

—Milord Dragón, lord Davram ha regresado. —Era Elza Penfell, que escoltó a Bashere al interior del granero. Era una mujer guapa, vestida con un traje de montar verde; los ojos marrones parecieron adquirir un aire febril al encontrar a Rand. Al menos ella era una de las pocas por las que Rand no tenía que preocuparse. Elza era fanática en su devoción por él.

—Gracias, Elza —contestó—. Mejor será que regreses para ayudar en la limpieza. Todavía queda mucho que hacer.

La boca de la mujer se tensó levemente y, con cierto aire de celos, la mirada asimiló en un instante a quienes estaban en el granero, desde Cadsuane a los Ogier, antes de hacer una reverencia y marcharse. Sí, la palabra era «fanática».

Bashere, un hombre bajo y esbelto, vestía chaqueta gris con bordados dorados y llevaba el bastón de marfil rematado con una cabeza de lobo dorada —distintivo de su cargo de mariscal de Saldaea— metido en el cinturón, al lado opuesto de la espada. Los pantalones holgados iban embutidos en las botas de vueltas que se habían frotado hasta sacarles brillo, aunque tenían algunos salpicones de barro. Su reciente tarea había requerido toda la dignidad y etiqueta posibles y él estaba capacitado para ofrecer ambas a manos llenas. Hasta los seanchan debían de conocer su reputación a estas alturas. Las hebras grises salpicaban tanto el cabello negro como el espeso bigote que se curvaba en torno a la boca como unos cuernos caídos. Los oscuros y rasgados ojos denotaban tristeza cuando pasó ante Rand con ese paso peculiar de quien está más acostumbrado a cabalgar que a caminar y recorrió lentamente la hilera de muertos mientras contemplaba intensamente cada rostro. Por impaciente que estuviera Rand, le dio tiempo para lamentar sus bajas.

—Jamás había visto nada igual como lo de ahí fuera —dijo sosegadamente mientras caminaba—. Una gran incursión de La Llaga significa un millar de trollocs. La mayoría sólo asciende a unos pocos centenares. Ah, Kirkun, nunca protegiste tu flanco izquierdo como es debido. Incluso en esos casos, hacía falta superarlos en tres o cuatro por cada uno de ellos para estar seguro de no acabar en sus marmitas. Ahí fuera… Me parece que he contemplado una vislumbre del Tarmon Gai’don. Una pequeña muestra del Tarmon Gai’don. Esperemos que sea realmente la Última Batalla. Si sobrevivimos a eso, dudo que queramos volver a ver otra. Pero la veremos, sin embargo. Siempre hay otra batalla. Supongo que siempre será así hasta que todo el mundo se convierta en Tuatha’an. —Al final de la hilera se paró frente a un hombre que tenía la cara hendida hasta casi la frondosa barba negra—. Aquí donde lo veis, a Ahzkan lo aguardaba un brillante futuro. Claro que lo mismo podría decirse de un montón de hombres muertos. —Suspiró profundamente y se volvió a mirar a Rand.

»La Hija de las Nueve Lunas se reunirá con vos dentro de tres días en una casa solariega que hay al norte de Altara, cerca de la frontera con Andor. —Se tocó la pechera de la chaqueta—. Tengo un mapa. Ella ya se encuentra en algún punto cerca del lugar, pero dicen que no es en un territorio que esté bajo su control. Cuando se trata de secretismos, esos seanchan hacen que las Aes Sedai parezcan tan espontáneas como muchachitas de aldea.

Cadsuane soltó un resoplido desdeñoso.

—¿Sospecháis que es una trampa? —Logain aflojó la trabilla de la vaina que sujetaba la espada, tal vez de forma inconsciente.

Bashere hizo un ademán displicente, pero también aflojó la espada en la vaina.

—Siempre sospecho que la hay. No es eso. La Augusta Señora Suroth seguía empeñada en que Manfor y yo no habláramos con nadie más. Con nadie. Los criados que nos proporcionó eran mudos, igual que cuando fuimos a Ebou Dar con Loial.

—A la que me atendía a mí le habían cortado la lengua —comentó Loial con desagrado mientras echaba las orejas hacia atrás. Los nudillos le palidecieron sobre el mango del hacha. Haman soltó una exclamación conturbada y puso las orejas tiesas como postes de una cerca.

—Altara acaba de coronar a un nuevo rey —prosiguió Bashere—, pero todo el mundo en el palacio de Tarasin parecía caminar sobre cáscaras de huevo sin dejar de mirar hacia atrás, seanchan y altaraneses por igual. Incluso Suroth parecía que sintiera el filo de una espada pendiendo sobre el cuello.

—A lo mejor tienen miedo del Tarmon Gai’don —dijo Rand—. O del Dragón Renacido. Habré de tener cuidado. La gente asustada hace cosas absurdas. ¿Cuáles son los acuerdos, Bashere?

El saldaenino sacó un mapa de dentro de la chaqueta y regresó junto a Rand mientras lo desdoblaba.

—Son muy precisos. Ella llevará seis sul’dam y damane, pero no otros acompañantes. —Alivia emitió un sonido como el de un gato furioso, y el mariscal parpadeó antes de continuar, sin duda receloso por tener cerca a una damane liberada; eso como mínimo—. Vos podéis llevar cinco personas encauzadoras. Da por sentado que cualquier hombre que está con vos puede, pero podéis llevar una mujer que no pueda para igualar los séquitos.

Min se plantó de repente al lado de Rand y le asió el brazo.

—No —dijo él firmemente. No pensaba llevarla hacia una posible trampa.

—Hablaremos de ello —murmuró la joven; el vínculo rebosaba una obstinada decisión.

«Las palabras más peligrosas que cualquier mujer puede pronunciar, aparte de: voy a matarte», pensó Rand. Sintió un escalofrío. ¿Había sido él o Lews Therin? Oyó la queda risita del demente en un rincón de su cabeza. Daba igual. Dentro de tres días se habría resuelto una dificultad. De una forma u otra.

—¿Qué más, Bashere?

Alzando el paño húmedo que le tapaba los ojos, con cuidado de no engancharse en el cabello el angreal de brazalete y anillos —ahora llevaba puestos ése y el ter’angreal joya desde que se despertaba—, Nynaeve se incorporó y se sentó en el borde de la cama. Habiendo hombres con terribles heridas que necesitaban de la Curación, algunos con una mano o un brazo cercenado, parecía mezquino pedir la Curación por un dolor de cabeza, pero la corteza de sauce había funcionado también. Sólo que más despacio. Uno de los anillos, con una piedra verde claro incrustada que ahora daba la impresión de brillar con una tenue luz interior, parecía vibrar constantemente en el dedo a pesar de que realmente no se movía. La pauta de la vibración estaba mezclada, una reacción para el saidar y para el saidin que se encauzaba en el exterior. A decir verdad, alguien podría estar encauzando dentro. Cadsuane se sabía capaz de indicar en qué dirección, pero ella ignoraba cómo. ¡Ja, para Cadsuane y su supuesto conocimiento superior! Ojalá pudiera decírselo a la cara. No es que Cadsuane la intimidara —por supuesto que no; estaba por encima de eso—, sólo que quería mantener cierto grado de buenas relaciones. Ésa era la razón de que tuviera cuidado con lo que decía cuando se encontraba esa mujer cerca.

Los aposentos que compartía con Lan eran espaciosos, pero también había corrientes ya que ninguna ventana de bisagras encajaba como era debido, y con el paso de las generaciones la casa se había ido asentando hasta el punto de que había sido preciso rebajar las puertas para que pudieran cerrar bien, de forma que quedaban más rendijas para que hasta el más leve soplo de aire se colara por ellas. El fuego en el hogar de piedra se sacudía como si ardiera en el exterior, chisporroteaba y lanzaba chispas y pavesas al aire. La alfombra, tan desvaídos los colores que no se distinguía el dibujo, tenía más agujeros de los que se podían contar. El lecho, con los pesados pilares y el desgastado dosel, era grande y macizo, pero el colchón estaba lleno de bultos, las almohadas tenían más plumas que se salían que las que había dentro y en las mantas parecía haber más remiendos que tejido original. Pero Lan compartía los aposentos y eso lo cambiaba todo. Los convertía en un palacio.