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La tristeza embargó a Nynaeve, pero se las arregló para que no se notara en su voz.

—Tienes que volver —dijo en tono quedo.

Por fin él giró la cabeza y la miró con el entrecejo fruncido. Los ojos azul claro mostraban frialdad. No albergaban tanta muerte como anteriormente, de eso estaba segura, pero todavía eran muy fríos.

—Mi sitio está contigo, corazón de mi corazón. Por siempre y para siempre.

Ella hizo acopio de valor y se aferró a él con todas sus fuerzas, hasta el punto de dolerle. Quería hablar deprisa, pronunciar las palabras antes de perder el coraje, pero se obligó a hacerlo con tono firme y a un ritmo regular.

—Hay un dicho fronterizo que te oí en cierta ocasión: «La muerte es más liviana que una pluma; el deber, más pesado que una montaña». Mi deber está aquí, asegurándome de que Alivia no mata a Rand. Pero te llevaré a las Tierras Fronterizas. Tu deber está allí. ¿Quieres ir a Shienar? Has mencionado al rey Easar y Shienar. Y está cerca de Malkier.

Él la contempló largamente, pero por fin soltó el aire despacio y la tensión desapareció de su brazo.

—¿Estás segura, Nynaeve? Si lo estás, entonces, sí, Shienar. En la Guerra de los Trollocs la Sombra utilizó el desfiladero de Tarwin para desplazar un número ingente de trollocs, igual que hizo hace unos cuantos años, cuando buscábamos el Ojo del Mundo. Pero sólo si estás completamente segura.

No, pues claro que no lo estaba. Quería chillar, gritarle que era un necio, que su sitio se encontraba a su lado, no muriendo solo en una fútil guerra privada contra la Sombra. Pero no podía decir nada de eso. Con vínculo o sin él, sabía que él se sentía dividido por dentro, dividido entre su amor por ella y su deber, dividido y sangrando con tanta seguridad como si le hubieran clavado una espada. Ella no podía agrandar las heridas. Sin embargo, sí podía asegurarse de que sobreviviera.

—¿Acaso te lo habría ofrecido si no estuviera segura? —repuso con sequedad, sorprendida de lo tranquila que parecía—. No me gusta tener que mandarte lejos, pero tú tienes tus obligaciones y yo tengo las mías.

Rodeándola con los brazos, la estrechó contra el pecho, suavemente al principio y después con más fuerza, hasta que ella creyó que la iba a dejar sin aire en los pulmones. No le importaba. Lo abrazó con idéntica fiereza, y tuvo que separar a la fuerza las manos de su espalda cuando hubo acabado. Luz, cómo deseaba llorar. Y sabía que no podía.

Mientras él preparaba las alforjas, Nynaeve se cambió rápidamente y se puso un traje de montar de seda verde con cuchilladas amarillas, así como unos zapatos de cuero resistentes, y salió del cuarto antes de que Lan hubiera acabado. La biblioteca de Algarin era grande, una estancia cuadrada, de techo alto, con las paredes revestidas de estanterías. Media docena de sillones mullidos repartidos aquí y allí, una mesa alargada y un mueble alto para guardar mapas completaban el mobiliario. La chimenea de piedra estaba apagada, así como las lámparas de pie, pero encauzó un instante para encender tres. Una rápida búsqueda la llevó a dar con los mapas que necesitaba en los compartimentos en forma de rombo del mueble. Eran tan antiguos como la mayoría de los libros, pero la tierra no cambiaba mucho en doscientos o trescientos años.

Cuando regresó a sus aposentos, Lan estaba en la sala de estar, con las alforjas echadas al hombro, la capa de colores cambiantes de Guardián colgada a la espalda. Su semblante era una máscara impasible, pétrea. Nynaeve sólo tardó lo imprescindible para recoger su capa, de seda azul y forrada con terciopelo, y salieron en silencio, ella con la mano derecha posada sobre la muñeca izquierda de él, hasta el establo apenas iluminado donde guardaban los caballos. El aire olía a heno, a caballos y a estiércol, como ocurría siempre en un establo.

Un mozo delgado y calvo, con una nariz que se había roto más de una vez, suspiró cuando Lan le dijo que querían ensillados a Mandarb y a Lazo de amantes. Una mujer de cabello canoso empezó a ensillar la corpulenta yegua marrón de Nynaeve, en tanto que tres hombres mayores se esforzaban por sacar de la cuadra al negro semental embridado de Lan.

—Quiero que me prometas algo —dijo Nynaeve en voz queda mientras esperaban. Mandarb danzaba en círculos de forma que el tipo regordete que intentaba echar la silla sobre el lomo del semental tuvo que correr para alcanzarlo—. Que hagas un juramento. Hablo en serio, Lan Mandragoran. Ahora ya no estamos solos.

—¿Qué quieres que te jure? —preguntó él, cauteloso. El mozo calvo llamó a dos hombres más para que ayudaran.

—Que cabalgarás hasta Fal Moran antes de entrar en La Llaga, y que si alguien quiere acompañarte, se lo permitirás.

La sonrisa de él fue apenas un atisbo, además de triste.

—Siempre me he negado a conducir hombres al interior de La Llaga, Nynaeve. Hubo un tiempo en que cabalgaban conmigo hombres, pero no…

—Si ya han cabalgado hombres contigo antes —lo interrumpió—, pueden volver a cabalgar contigo otra vez. Quiero tu juramento o juro que dejaré que cabalgues todo el trecho hasta Shienar. —La mujer ceñía las cinchas de la silla de Lazo de amantes, pero los tres hombres seguían debatiéndose para poner a Mandarb la silla sobre el lomo, para impedir que se sacudiera de encima la manta.

—¿A qué distancia al sur de Shienar te propones dejarme? —preguntó Lan y, al no obtener respuesta de ella, asintió—. De acuerdo, Nynaeve. Si es eso lo que quieres, lo juro por la Luz y por mi esperanza de salvación y renacimiento.

Le costó mucho trabajo no soltar un suspiro de alivio. Lo había conseguido, y sin tener que mentir. Trataba de actuar como Egwene quería y comportarse como si ya hubiera prestado los Tres Juramentos ante la Vara Juratoria, pero era muy difícil tratar con un marido si una no podía mentir ni siquiera cuando era absolutamente necesario.

—Bésame —le dijo, y se apresuró a añadir—: No era una orden. Sólo quiero besar a mi esposo. —Un beso de despedida. Después no habría tiempo para eso.

—¿Delante de todo el mundo? —inquirió él entre risas—. Siempre te has mostrado muy tímida respecto a eso.

La mujer casi había acabado con Lazo de amantes, y uno de los mozos sujetaba a Mandarb todo lo inmóvil que podía mientras los otros dos se apresuraban a abrochar las cinchas.

—Están demasiado ocupados para fijarse. Bésame, o pensaré que es a ti al que le da… —Los labios de Lan sobre los suyos la acallaron. Y a ella se le encogieron hasta los dedos de los pies.

Al cabo de un tiempo, se apoyaba en el ancho pecho de su marido para recobrar el aliento en tanto que él le acariciaba el cabello.

—Quizá podríamos pasar una última noche juntos en Shienar —musitó quedamente Lan—. Es posible que pase un tiempo antes de que volvamos a estar juntos, y voy a echar de menos que me arañen la espalda.

Nynaeve se puso colorada y se apartó de él, tambaleante. Los mozos habían acabado y tenían la mirada clavada de manera llamativa en la paja del suelo, ¡pero estaban lo bastante cerca para haberlo oído!

—Creo que no. —Se enorgulleció de que la voz no le sonara entrecortada—. No quiero dejar solo a Rand con Alivia tanto tiempo.