Выбрать главу

—Rand confía en ella, Nynaeve. No lo entiendo, pero es así, y eso es lo único que importa.

Nynaeve resopló por la nariz. Como si algún hombre supiera lo que le convenía.

La corpulenta yegua relinchó intranquila mientras cabalgaban entre los trollocs muertos hacia un trozo de terreno próximo al establo que Nynaeve conocía bien para tejer un acceso. Mandarb, un caballo de guerra entrenado, no reaccionó con la sangre y el hedor de los enormes cadáveres. El semental negro parecía tan tranquilo como su jinete, ahora que Lan lo montaba. Nynaeve lo entendía bien. Lan también ejercía un efecto tranquilizador en ella. Normalmente. A veces tenía justo el efecto opuesto. Ojalá pudieran disponer de una noche más juntos. El rostro volvió a encendérsele.

Desmontando, absorbió saidar sin usar el angreal y tejió un acceso justo lo bastante alto para poder pasar llevando a Lazo de amantes por las riendas a una pradera salpicada de hayas y otros árboles que no conocía. El sol era una bola dorada que sobrepasaba ligeramente el cenit, pero desde luego el aire era claramente más frío que en Tear. Tanto que tuvo que arrebujarse en la capa, de hecho. Las cumbres de las montañas estaban cubiertas de nieve y al este, al norte y al sur había cúmulos de nubes. Tan pronto como Lan cruzó, soltó el tejido y de inmediato tejió otro acceso, éste mayor, al tiempo que se montaba en la yegua y volvía a ceñirse la capa.

Lan condujo a Mandarb unos cuantos pasos hacia el oeste, observando con intensidad. La tierra acababa de golpe en lo que obviamente era un acantilado a poco más de veinte pasos, y a partir de allí el océano se extendía hasta el horizonte.

—¿Qué significa esto? —demandó a la par que se volvía—. Esto no es Shienar. Es Fin del Mundo, en Saldaea, el punto más alejado posible de Shienar aun estando en la Tierras Fronterizas.

—Te dije que te llevaría a las Tierras Fronterizas, Lan, y lo he hecho. Recuerda tu juramento, corazón mío, pues ten por seguro que yo lo recordaré. —Y, sin añadir más, taconeó los flancos de la yegua, que cruzó disparada el acceso abierto. Lo oyó llamarla, pero dejó que el acceso se cerrara tras ella. Le daría una posibilidad de sobrevivir.

Pasaban sólo unas pocas horas del mediodía, y en la sala común de La Lanza de la Reina había menos de media docena de mesas ocupadas. La mayor parte de los hombres y las mujeres bien vestidos, con escribientes y guardias personales de pie y atentos detrás ellos, se encontraban allí para comprar o vender cerecillas, que se cultivaban bien en las estribaciones orientadas a tierra de las montañas de Banikhan, conocidas como Muralla del Mar por muchos saldaeninos. A Weilin Aldragoran no le interesaban las cerecillas. La Muralla del Mar era feraz en otros géneros, y más valiosos.

—Mi precio final —dijo a la par que agitaba una mano sobre la mesa. En cada dedo llevaba un anillo enjoyado. Ninguna de las piedras era grande, pero sí finas todas ellas. Un hombre dedicado a vender gemas debía hacerles propaganda. También comerciaba con otros productos, como pieles, maderas nobles para ebanistas, espadas y armaduras de excelente manufactura, y de vez en cuando otras cosas que ofrecían buen rendimiento, pero las gemas aportaban la mayor parte de sus beneficios anuales—. No rebajaré más. —La mesa estaba cubierta con una pieza de terciopelo negro, el mejor fondo para exhibir una gran parte de su mercancía: esmeraldas, gotas de fuego, zafiros y, lo mejor de todo, diamantes. Algunos de estos últimos tenían un tamaño lo bastante grande para interesar a un dirigente, y ninguno era pequeño. Tampoco ninguno tenía una sola imperfección. Era conocido en todas las Tierras Fronterizas por sus gemas sin tacha—. Aceptadlo u otros lo harán.

El más joven de los dos illianos de ojos oscuros sentados enfrente de él, un tipo rasurado que se llamaba Pavil Geraneos, abrió la boca con gesto iracundo, pero el de más edad, Jeorg Damentanis, con la barba canosa temblándole prácticamente, posó la gruesa mano en el brazo de Geraneos y le dirigió una mirada horrorizada. Aldragoran no se esforzó en disimular una sonrisa con la que enseñó un poco los dientes.

No era más que un niñito que empezaba a andar cuando los trollocs habían entrado en Malkier arrasando cuanto encontraban a su paso, y no guardaba recuerdos de aquella nación —rara vez pensaba en Malkier; el país había desaparecido, no existía—; sin embargo, se alegraba de haber permitido que sus tíos le entregaran el hadori. En otra mesa, Managan sostenía una discusión a voces con una atezada teariana que llevaba gola de encaje y unos granates de poca calidad en las orejas, y entre los dos casi ahogaban la música que una joven interpretaba con el salterio en el bajo tablado que había junto a uno de los altos hogares de piedra. Ese delgado joven había rechazado el hadori, al igual que Gorenellin, que era casi de la edad de Aldragoran. Gorenellin negociaba duramente con un par de altaraneses de tez olivácea, uno de los cuales lucía un bonito rubí en la oreja izquierda; en la frente de Gorenellin había gotas de sudor. Nadie le gritaba a un hombre que llevara el hadori y una espada, como le pasaba a Aldragoran, e intentaban no hacerlo sudar. Ese tipo de hombres tenía fama de tener estallidos repentinos e imprevisibles de violencia. En las contadas ocasiones en que se había visto obligado a hacer uso de la espada colgada a la cadera, era de sobra conocido que sabía cómo hacerlo y que lo hacía si era preciso.

—Acepto, maese Aldragoran —dijo Damentanis mientras dirigía una mirada enfadada a su compañero. Sin reparar en ello, Geraneos enseñó los dientes en lo que probablemente esperaba que Aldragoran tomara por una sonrisa. Aldragoran lo dejó pasar. Al fin y al cabo, era un mercader. Tener cierta reputación estaba bien si contribuía a incrementar la habilidad negociadora, pero sólo un necio iba buscando pelea.

El escribiente de los illianos, un tipo debilucho y canoso, también illiano, abrió con llave la caja de dinero reforzada con tiras de hierro, bajo la vigilante mirada de los dos guardaespaldas, unos hombres corpulentos con ese tipo de barba rara que dejaba el labio superior al descubierto; llevaban coselete de cuero con láminas de acero cosidas y ambos iban armados con espada y un recio garrote al cinturón. Aldragoran también tenía un escribiente detrás de él, un saldaenino de mirada dura que no sabría distinguir un extremo de la espada del otro, pero nunca utilizaba guardaespaldas. Guardias en su establecimiento, sí, por supuesto, pero guardaespaldas, nunca. Eso contribuía a reforzar su reputación. Y, desde luego, no los necesitaba.

Una vez que Damentanis hubo endosado dos cartas de valores y le pasó tres bolsas de cuero llenas de oro —Aldragoran contó las monedas, pero no se molestó en sopesarlas; algunas de esas gruesas coronas de diez países diferentes serían más ligeras que otras, pero aceptaba de buen grado la inevitable pérdida—, los illianos recogieron cuidadosamente las piedras preciosas y las clasificaron en bolsitas de gamuza que fueron a parar dentro de la caja del dinero. Les ofreció más vino, pero el hombre corpulento lo rechazó cortésmente, tras lo cual se marcharon seguidos por los guardaespaldas, que llevaban la caja reforzada con hierro entre los dos, sosteniéndola cada uno de un lado. Cómo serían capaces de defender algo cargados así escapaba a la comprensión de Aldragoran. Kayacun distaba mucho de ser una ciudad sin ley, pero últimamente había más salteadores de lo habitual; más salteadores, más asesinos, más incendiarios, más de cualquier clase de delincuencia, y no digamos ya la clase de locura en la que uno prefería no pensar. Aun así, las gemas eran incumbencia de los illianos ahora.

Ruthan tenía abierta la caja del dinero de Aldragoran —un par de porteadores esperaba fuera para llevarla— pero éste permaneció sentado, fija la mirada en las cartas de valores y en las bolsas. Un cincuenta por ciento más de lo que había esperado obtener. Tanto si había monedas de menos peso de Altara y Murandy como si no, como poco era el cincuenta por ciento más. El presente año iba a ser el más productivo que recordaba. Y todo gracias a que Geraneos había puesto de manifiesto su cólera. Damentanis había tenido miedo de seguir negociando después de eso. Lo de la reputación era algo maravilloso.