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En lo segundo que se fijó Rand fue en un sonido, un ruidoso repiqueteo, continuo y rítmico, al que periódicamente acompañaba un silbido penetrante. Débil al principio, parecía que se iba aproximando con rapidez. A despecho de la hora temprana, las calles que alcanzaba a ver desde las puertas de la ciudad estaban abarrotadas. La mitad de la gente que las ocupaba parecía ser del pueblo de los Marinos, hombres con el torso descubierto y mujeres con blusas de lino de fuertes colores, todos equipados con fajín largo, de tonalidades más vivas que los ceñidores que vestían los tearianos plebeyos. Todas las cabezas miraban hacia donde procedía el ruido. Los niños se escabullían entre la multitud y esquivaban las carretas, en su mayoría tiradas por bueyes de ancha cornamenta, para correr en dirección al sonido. Varios hombres y mujeres bien vestidos se habían bajado de las sillas de mano y se habían parado junto a los porteadores para mirar. Un mercader de barba dividida en dos y con cadenas plateadas a través de la pechera de la chaqueta asomaba medio cuerpo por la ventanilla de un carruaje lacado en rojo y le gritaba al conductor que controlara el nervioso tiro de caballos, mientras él se esforzaba por ver mejor en la distancia.

Palomas blancas, sobresaltadas por un silbido especialmente penetrante, alzaron el vuelo repentinamente de los puntiagudos tejados de pizarra. Y dos grandes bandadas chocaron entre sí en el aire, de forma que una lluvia de aturdidas aves se precipitó sobre la gente. Cayeron todas. Unas cuantas personas dejaron de mirar hacia el ruido que se iba acercando y alzaron la vista al cielo, boquiabiertas. No obstante, muchas de ellas se agacharon presurosas a recoger las aves, a las que retorcían el cuello, y no fue sólo gente descalza y con ropas desgastadas. Una mujer con atuendo de seda y encaje, que estaba de pie junto a una silla de manos, recogió rápidamente media docena antes de volver la vista hacia el ruido con las aves colgando de las manos, sujetas por las patas. Alivia soltó una exclamación sobresaltada.

—¿Eso es buena o mala suerte? —preguntó, arrastrando las palabras—. Tiene que ser mala. A no ser que aquí las palomas sean diferentes.

Nynaeve le dirigió una mirada acerba, pero no contestó nada. Había permanecido muy callada desde que Lan habían desaparecido el día anterior, un tema respecto al que se mostraba extremadamente reservada.

—Algunas de esas personas van a morir de hambre —dijo tristemente Min. El vínculo vibraba de pena—. Todo aquel sobre el que veo algún tipo de aureola.

«¿Cómo voy a pasar inadvertido? —rió Lews Therin—. ¡Soy ta’veren

«Tú estás muerto —pensó secamente Rand. La gente que tenía delante iba a morir de hambre ¿y ese hombre se reía? No se podía hacer nada al respecto, claro; si Min lo decía, no, pero una cosa era no poder remediarlo y otra muy distinta reírse—. ¡Yo soy ta’veren! ¡Yo!»

¿Qué más estaba ocurriendo en Tear debido a su presencia? Ser ta’veren no siempre tenía consecuencias; pero, cuando las tenía, el resultado podía afectar a toda una ciudad. Lo mejor sería seguir con lo que lo había llevado allí antes de que la gente equivocada dedujera lo que significaba que ocurrieran cosas como que bandadas de palomas chocaran entre sí. Si los Renegados estaban mandando ejércitos de trollocs y Myrddraal tras él, era muy probable que los Amigos Siniestros aprovecharan cualquier ocasión que se les presentara de clavarle una flecha en las costillas. No esforzarse mucho en pasar inadvertido no era lo mismo que no hacer el menor esfuerzo.

—Tanto habría dado si te hubieses traído la Enseña de la Luz y una guardia de honor de miles en lugar de seis personas —masculló secamente Cadsuane mientras observaba a las Doncellas, que trataban de fingir que no tenían nada que ver con el grupo de Rand al tiempo que marchaban en círculo alrededor, con el shoufa envuelto en la cabeza y el velo colgando sobre el torso. Dos de ellas eran Shaido y cada vez que volvían la vista hacia él lo hacían con una mirada feroz. Llevaban todas las lanzas metidas en el correaje que sujetaba el estuche del arco, pero sólo porque Rand había argumentado que las dejaría atrás y llevaría a otros si no lo hacían. Nandera había insistido en que llevara al menos unas pocas Doncellas, todo ello con los ojos, duros como esmeraldas, clavados en él. Rand se había planteado rehusar, pero era el único hijo de una Doncella que cualquiera Doncella había conocido jamás y tenía ciertas obligaciones que cumplir.

Asió las riendas de Tai’daishar, y de repente una gran carreta llena de maquinaria apareció en la calle en medio de golpeteos y siseos; las anchas ruedas forradas de hierro arrancaban chispas de los adoquines grises conforme avanzaba calle adelante a la velocidad de un hombre al trote. La maquinaria parecía rezumar vapor; un pesado eje de madera propulsaba otro eje vertical que subía y bajaba, en tanto que por una chimenea metálica salía humo gris de leña quemada; pero ni señal de caballo, sólo una especie de caña de timón en la parte delantera para que las ruedas torcieran. Uno de los tres hombres que iban de pie en la carreta tiró de una larga cuerda, y el vapor salió con un penetrante silbido por un tubo situado encima de un enorme cilindro de hierro. Si los espectadores observaban entre pasmados y sobrecogidos y quizá tapándose los oídos, el tiro de caballos del mercader de la barba partida en dos no estaba en tan buena disposición. Relinchando enloquecidamente, los animales se desbocaron y salieron disparados, a punto de lanzar de cabeza al mercader por la ventanilla, mientras la gente se apartaba a los lados de un salto. A su paso, la extraña carreta dejaba una estela de maldiciones. Varias mulas salieron a galope a la par que soltaban rebuznos y los conductores rebotaban en el pescante de los carros, zarandeados atrás y adelante por las riendas. Incluso algunos bueyes empezaron a moverse pesadamente con mayor rapidez. La estupefacción de Min llegaba claramente a través del vínculo.

Controlando el caballo negro con las rodillas —entrenado como caballo de guerra, Tai’daishar respondió de inmediato, aunque aun así resopló—, Rand también miraba sorprendido. Al parecer, maese Poel había conseguido que su carreta de vapor funcionara.

—Pero ¿cómo ha llegado esa cosa a Tear? —preguntó en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular. La última vez que la había visto había sido en la Academia de Cairhien, y allí se bloqueaba cada pocos pasos.

—Se llama caballo de vapor, milord —dijo un rapazuelo descalzo, de cara sucia y camisa harapienta, mientras brincaba en el pavimento. Hasta el fajín que le sujetaba los pantalones amplios parecía tener más agujeros que tela—. ¡Lo he visto nueve veces! Aquí mi amigo, Com, sólo lo ha visto siete.