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—Una carreta de vapor, Doni —lo corrigió su amigo, igualmente harapiento—. Una carreta de vapor —repitió con énfasis.

Ninguno de los dos tendría más de diez años, y más que delgados estaban flacos. Los pies embarrados, las camisas rotas y los pantalones agujereados indicaban que provenían de extramuros, donde vivía la gente más pobre. Rand había cambiado varias leyes en Tear, en especial las que caían con demasiado rigor sobre los pobres, pero no había podido cambiarlo todo. Ni siquiera había sabido cómo empezar. Lews Therin se puso a hablar sin sentido sobre impuestos y sobre dinero para crear trabajos, pero era como si soltara palabras al buen tuntún por el poco sentido que tenía lo que decía. Rand ahogó la voz a un apagado runrún, el zumbido de una mosca al otro lado de una habitación.

—Cuatro de ésas enganchadas, una detrás de otra, tiraron de un centenar de carretas todo el camino desde Cairhien —continuó Doni, sin hacer caso del otro pilluelo—. Cubrían casi cien millas al día, milord. ¡Cien millas!

—Eran seis, Doni —lo contradijo Com, que soltó un sonoro suspiro—. Y sólo arrastraban cincuenta carretas, pero cubrían más de cien millas cada jornada. Hasta ciento veinte algunos días, por lo que oí decir, y quien lo dijo era uno de los hombres de vapor.

Doni le asestó una mirada ceñuda, y los dos apretaron los puños.

—Sea de un modo o del otro es un notable logro —se apresuró a comentar Rand antes de que empezaran a intercambiar golpes—. Tomad.

Rebuscó en el bolsillo de la chaqueta, sacó dos monedas y lanzó una a cada chiquillo sin mirar qué eran. El oro relució en el aire antes de que los chicos atraparan ávidamente las monedas. Intercambiaron una mirada de sobresalto y echaron a correr a través de las puertas de la ciudad tan deprisa como les era posible, sin duda temerosos de que Rand les pidiera que se las devolvieran. Sus familias podrían vivir durante meses con todo ese oro.

Min los siguió con la mirada; su rostro mostraba una expresión de profunda tristeza que era un eco de lo que transmitía el vínculo incluso después de que sacudió la cabeza y sosegó el gesto. ¿Qué habría visto? Muerte, probablemente. Rand sintió ira, pero no pena. ¿Cuántas decenas de miles morirían antes de que la Última Batalla hubiese acabado? ¿Cuántos serían niños? No había lugar para la pena.

—Muy generoso, pero ¿vamos a quedarnos aquí toda la mañana? —dijo Nynaeve con voz tensa.

La carreta de vapor se alejaba rápidamente, pero su gorda yegua marrón todavía resoplaba con nerviosismo y sacudía la cabeza arriba y abajo, de manera que le estaba creando problemas a pesar de ser plácida por naturaleza. Nynaeve distaba mucho de ser la buena amazona que se consideraba. A decir verdad, la montura de Min, una yegua gris de cuello arqueado procedente del establo de Algarin, pataleaba de tal forma que sólo la firmeza de la joven para aferrar las riendas le impedía salir disparada, y el ruano de Alivia intentaba patalear, si bien la antigua damane controlaba al animal con la misma facilidad que Cadsuane a su zaino. A veces Alivia desplegaba talentos sorprendentes. A las damane se les exigía que montaran bien.

Mientras se adentraban en la ciudad, Rand echó una última ojeada a la carreta de vapor que se perdía a lo lejos. Calificar aquel logro de notable era quedarse corto. Un centenar de carretas o sólo cincuenta —¡sólo!— merecía el calificativo de increíble. ¿Los mercaderes empezarían a utilizar ese invento en lugar de los caballos? No parecía probable. Los mercaderes eran conservadores y no se distinguían por adoptar innovaciones en el modo de hacer las cosas. Por alguna razón, Lews Therin empezó a reírse otra vez.

Tear no era una ciudad hermosa como Caemlyn o Tar Valon, y tenía muy pocas calles a las que se pudiera calificar de especialmente amplias, pero era muy extensa, una de las grandes urbes del mundo y, como la mayoría de las grandes urbes, un revoltijo que había ido creciendo sin orden ni concierto. En aquellas calles intrincadas, posadas techadas con tejas y establos con techos de pizarra, con las esquinas marcadamente inclinadas, se alzaban junto a palacios con blancas cúpulas cuadradas y altas torres —circundadas de balconadas— que a menudo terminaba en punta; las cúspides de cúpulas y torres brillaban con el sol de primera hora de la mañana. Tiendas y talleres de herreros y cuchilleros, modistas y carniceros, pescaderos y tejedores de alfombras se alternaban con construcciones de mármol y altas puertas de bronce tras imponentes columnas blancas de cofradías gremiales, bancos y cámaras de transacciones comerciales.

A esa hora, las propias calles seguían sumidas en sombras pero bullían con la celebrada diligencia sureña. Sillas de manos acarreadas por parejas de hombres enjutos se abrían paso entre la multitud casi con tanta rapidez como los chiquillos que jugaban y corrían de aquí para allí, en tanto que carruajes y carrozas tirados por troncos de cuatro o seis caballos avanzaban con igual lentitud que carros y carretas, en su mayoría tirados por grandes bueyes. Mozos de cuerda caminaban trabajosamente con los fardos colgados de varas apoyadas en el hombro de dos hombres, y aprendices cargaban a la espalda alfombras enrolladas y cajas con piezas de artesanía de sus maestros. Vendedores ambulantes voceaban sus productos, que exhibían en bandejas o en carretillas, ya fueran alfileres o cintas y algunos castañas asadas o pasteles de carne, y había volatineros o malabaristas o músicos que actuaban casi en cada cruce de calles. Nadie habría imaginado que aquélla era una ciudad bajo asedio.

Sin embargo no todo era pacífico. Ni que fuera temprano ni que no, Rand vio borrachos desmandados a los que echaban de posadas y tabernas, así como muchas peleas callejeras y hombres enzarzados a golpes en el suelo, y no se acababa de perder de vista una agarrada cuando uno se topaba con otra. Había muchos mesnaderos mezclados en la multitud, con espada a la cadera y las abombadas mangas de las chaquetas de paño con bandas de los diversos colores de las casas, pero ni siquiera los que iban equipados con peto y casco hacían nada para poner fin a las reyertas. Un buen número de peleas tenía por protagonistas a mesnaderos, entre ellos mismos, contra Marinos, contra tipos toscamente vestidos que podrían ser jornaleros, aprendices o matones. Los soldados sin nada que hacer terminaban por aburrirse, y los soldados aburridos se emborrachaban y peleaban. A Rand le alegraba ver aburridos a los soldados de los rebeldes.

Las Doncellas, que se desplazaban entre la multitud y seguían fingiendo que no tenían nada que ver con él, eran motivo de miradas desconcertadas y rascadas de cabeza, sobre todo por parte de los Marinos de rostro oscuro, aunque las seguía una pandilla de chiquillos boquiabiertos. Los tearianos, muchos de los cuales eran poco más claros de piel que los Marinos, habían visto Aiel con anterioridad, pero si se preguntaban por qué habían regresado a la ciudad parecía que tenían otros asuntos de los que ocuparse esa mañana, y más importantes. Nadie parecía interesado en Rand y su acompañamiento. Por las calles había más hombres y mujeres a caballo, en su mayoría forasteros; aquí, un pálido mercader cairhienino con una chaqueta oscura; allí, un arafelino con campanillas de plata atadas a las oscuras trenzas; acá, una domani de tez cobriza con un traje de montar escasamente opaco y apenas cubierto por la capa, a la que seguían un par de corpulentos guardaespaldas con chaquetas de cuero y placas metálicas cosidas encima; acullá, un shienariano con la cabeza afeitada excepto un copete canoso y el estómago forzando los botones de la chaqueta. No se podían dar diez pasos en Tear sin ver forasteros. El comercio teariano tenía un largo brazo.

Lo cual no quería decir que Rand pasara por la ciudad sin incidentes. Un poco más adelante, un recadero de panadería que iba corriendo tropezó y cayó; el cesto salió por el aire y cuando el chico se incorporaba del suelo empedrado mientras Rand pasaba a su lado, se quedó inmóvil sin acabar de ponerse de pie, con la mirada clavada en las largas barras de pan puestas de punta cerca del cesto y arrimadas por la parte superior de manera que formaban un burdo cono. Un tipo en mangas de camisa, que había asomado a la ventana del segundo piso de una posada, perdió el equilibrio y cayó a la calle al tiempo que soltaba un grito; un grito que se cortó cuando aterrizó de pie a menos de diez pasos de Tai’daishar y con la jarra todavía en la mano. Rand lo dejó atrás, desorbitados los ojos y tocándose el cuerpo sin salir de su sorpresa. Allí por donde pasaba Rand se formaban ondulaciones de casualidad alterada y se extendían por la ciudad.