No todos los sucesos serían tan inocuos como el de las barras de pan ni tan benéficos como el del hombre que había aterrizado de pie en lugar de caer de cabeza. Esas ondulaciones podían derivar a la rotura de un hueso o incluso del cuello lo que habría sido un traspié sin más consecuencias. Iniciarían enemistades de por vida cuando unos hombres pronunciaran palabras que nunca habrían imaginado que saldrían de sus labios. Harían que mujeres decidieran de repente envenenar a sus esposos por ofensas triviales que habían tolerado indulgentemente durante años. Oh, sí, quizás algún tipo encontrara un saco podrido lleno de oro enterrado en su sótano sin saber exactamente por qué había decidido ponerse a cavar, para empezar, o un hombre quizá pedía y le concedían la mano de una mujer a la que nunca había tenido el valor de abordar hasta ese instante, pero habría tantos que se arruinarían como aquellos que harían fortuna. Equilibrio, lo había llamado Min. Un bien para equilibrar cada mal. Él veía un mal para equilibrar cada bien. Tenía que acabar lo que había ido a hacer en Tear y marcharse cuanto antes. Galopar por aquellas calles abarrotadas de gente quedaba descartado, pero apretó el paso lo suficiente para que las Doncellas tuvieran que ir al trote.
Su punto de destino lo tenía a la vista mucho antes de entrar en la ciudad: una mole de piedra semejante a una colina pelada de paredes cortadas a pico que se extendía desde el río Erinin hasta el centro de la ciudad, unas ocho o nueve marcas, lo que significaba su buena milla cuadrada o más, y que dominaba el cielo de la urbe. La Ciudadela de Tear era la fortaleza más antigua de la raza humana, la construcción más antigua del mundo, levantada con el Poder Único en los últimos días del propio Desmembramiento. Era una sólida roca en una pieza, sin una sola juntura, aunque más de tres mil años de lluvia y viento habían erosionado la superficie volviéndola áspera y rugosa. Las primeras almenas se alzaban cien pasos por encima del suelo, aunque había aspilleras en abundancia a menos altura, así como picos de canalones en la piedra por los que verter aceite hirviente o plomo fundido sobre atacantes. Ningún cerco impediría que la Ciudadela recibiera suministros a través de sus propios muelles protegidos por murallas, y contenía forjas y fábricas para reemplazar o reparar todo tipo de armas si las existencias de las armerías escaseaban. En la torre más alta, que se elevaba justo en el centro de la Ciudadela, ondeaba la bandera de Tear, mitad roja, mitad dorada, con una línea diagonal formada por tres lunas crecientes, tan grande que se distinguía claramente mientras flameaba con la fuerte brisa. Tenía que ser fuerte para mover aquella bandera. Las torres más bajas sustentaban versiones más reducidas, pero allí se alternaban con otra bandera ondulante, el antiguo símbolo Aes Sedai, blanco y negro sobre campo rojo. La Enseña de la Luz. El Estandarte del Dragón, lo llamaban algunos, como si no hubiera otro que llevara ese nombre. El Gran Señor Darlin hacía alarde de su lealtad, al parecer. Eso estaba bien.
Alanna se encontraba allí, y si eso era bueno o no todavía tenía que descubrirlo. No era tan consciente de ella como antes de que Elayne, Aviendha y Min lo vincularan conjuntamente —le parecía que no; de algún modo la habían apartado a un lado para tomar la supremacía, y ella le había confesado que percibía poco más que su presencia—, pero aun así seguía estando en un lugar recóndito de su mente, un puñado de emociones y sensaciones físicas. Le parecía que había pasado mucho tiempo desde que no percibía esas sensaciones. Una vez más, sentía el vínculo con ella como una intromisión, una usurpadora en ciernes de su vínculo con Min, Elayne y Aviendha. Alanna estaba rendida, como si no hubiera dormido mucho últimamente, y frustrada, con fuertes ráfagas de rabia y malhumor. ¿Irían mal las negociaciones? Muy pronto se enteraría. Ella sería consciente ya de su presencia en la ciudad, consciente de que se iba acercando, aunque de poco más. Min había intentado enseñarle un truco al que llamaba «enmascaramiento» y con el que presumiblemente lo ocultaría del vínculo, pero nunca había sido capaz de conseguir que funcionara. Por supuesto, ella había admitido que tampoco lo había logrado.
A poco, se encontraba en una calle que conducía en línea recta a la plaza que circundaba la Ciudadela por tres lados, pero su intención no era dirigirse directamente allí. Para empezar, todas y cada una de las enormes puertas reforzadas con bandas de hierro estarían cerradas a cal y canto. En segundo lugar, alcanzaba a ver varios cientos de mesnaderos al final de la calle. Suponía que ocurriría lo mismo delante de todas las puertas. No daban la impresión de ser gentes que tenían puesto cerco a una fortaleza. Parecían estar repantigados indolentemente —muchos tenían los yelmos quitados y las alabardas recostadas contra los edificios que jalonaban la calle, mientras las camareras de tabernas y posadas próximas se movían entre ellos sirviendo jarras de cerveza o de vino en bandejas— pero era muy poco probable que mantuvieran esa actitud relajada si alguien intentaba entrar en la Ciudadela. Tampoco es que pudieran impedírselo, desde luego. Podría quitar de su camino a unos cuantos cientos de hombres como si espantara polillas.
Pero no había ido a Tear a matar a nadie; no a menos que no tuviera más remedio, así que cabalgó hacia el patio del establo de una posada de tres pisos, de piedra gris y techada con tejas, que tenía un aspecto próspero. El cartel colgado a la entrada estaba recién pintado y representaba unos toscos remedos de las criaturas enroscadas en sus antebrazos. No obstante, por lo visto el artista había decidido que la descripción de las criaturas era inadecuada, ya que les había añadido afilados dientes y alas coriáceas parecidas a las de los murciélagos. ¡Alas! Casi parecían copias de una de esas bestias voladoras de los seanchan. Cadsuane miró el letrero y resopló con desdén. Nynaeve lo miró y soltó una risita. ¡Y Min también!
Incluso después de que Rand les hubo dado monedas de plata a los mozos de establo descalzos para que almohazaran a los caballos, los hombres miraron a las Doncellas con más atención que a las monedas, pero no más de lo que hicieron los parroquianos que se encontraban en la sala común con vigas de madera en el techo de El Dragón. Las conversaciones se fueron apagando cuando las Doncellas entraron detrás de Rand y de las demás, con las puntas de lanza asomando por encima de la cabeza y las adargas de piel de toro en la mano. Hombres y mujeres, la mayoría con ropas de paño liso de buena calidad, se giraron en las sillas de respaldo bajo para contemplarlas de hito en hito. Parecían comerciantes medios y artesanos con buena posición económica, pero aun así los miraron boquiabiertos, como aldeanos llegados a la ciudad por primera vez. Las camareras, con vestido oscuro de cuello alto y pequeños delantales blancos, dejaron de servir y se les desorbitaron los ojos por encima de las bandejas. Hasta la mujer que tocaba el salterio entre los dos hogares de piedra, apagados debido al buen tiempo que hacía esa mañana, dejó de pulsar las cuerdas.
Un tipo de tez muy oscura y cabello ensortijado que estaba sentado a una mesa cuadrada instalada junto a la puerta no pareció reparar en las Doncellas ni poco ni mucho. Rand lo confundió con un Marino en un primer momento, aunque vestía una peculiar chaqueta, sin cuello ni solapas, que en tiempos debía de haber sido blanca pero que ahora estaba manchada y arrugada.