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—Tal vez necesitéis un guía, milord —explicó lentamente Handar—. Los pasillos… A veces los pasillos cambian.

Vaya. Realmente el Entramado empezaba a aflojarse. Eso significaba que el Oscuro estaba más cerca del mundo de lo que había estado desde la Guerra de la Sombra. Si se soltaba demasiado antes del Tarmon Gai’don, la Urdimbre de las Eras podría destejerse. El fin del tiempo, la realidad y la creación. De algún modo tenía que dar pie a la Última Batalla antes de que tal cosa ocurriera. Sólo que no se atrevía. Todavía no.

Aseguró a Handar y al otro hombre que no necesitaba que lo guiaran y los dos soldados volvieron a inclinarse en una reverencia, por lo visto aceptando que el Dragón Renacido era capaz de hacer cualquier cosa que decía que podía hacer. La pura verdad era que sabía que podía localizar a Alanna —era capaz de apuntar directamente hacia donde estaba ella— y se había movido desde que la había percibido por primera vez. Para hallar a Darlin e informarle que Rand al’Thor llegaba, no le cabía duda. Min la había descrito como una de las que él tenía en la mano, pero aun así las Aes Sedai siempre encontraban la forma de jugar a dos bandas en beneficio propio. Siempre tenían sus propios planes, sus propios objetivos. Prueba de ello eran Nynaeve y Verin. Lo era cualquiera de ellas.

—Saltan cuando dices «rana» —comentó fríamente Cadsuane mientras se quitaba la capucha del todo y salían del Corazón—. Eso puede ser perjudicial para uno cuando es mucha gente la que lo hace.

¡Y tenía el descaro de ser ella la que decía eso! ¡La puñetera Cadsuane Melaidhrin!

—Estoy librando una batalla —le contestó ásperamente. La náusea lo tenía con los nervios a flor de piel. Eso era parte del motivo por el que era desabrido—. Cuanta menos gente me obedezca, más posibilidades tendré de perder, y si yo pierdo, pierde todo el mundo. Si soy capaz de conseguir que alguien me obedezca, lo haré. —Bastantes había ya que no obedecían o que lo hacían a su modo. ¿Por qué, en nombre de la Luz, Min sentía lástima?

—Lo que imaginaba —murmuró Cadsuane a la par que asentía con la cabeza, casi hablando para sí misma. Y eso ¿qué se suponía que significaba?

La Ciudadela tenía todo el boato de un palacio, desde los tapices de seda y las gruesas alfombras a lo largo de los pasillos, procedentes de Tarabon, Altara y la propia Tear, hasta los pedestales dorados que sostenían lámparas de espejos. Los baúles pegados a las paredes de piedra puede que contuvieran lo que la servidumbre necesitaba para limpiar, pero estaban hechos de maderas nobles, a menudo con tallas prolijas y siempre canteados en dorado. Cuencos y jarrones de porcelana de los Marinos se exhibían en hornacinas, piezas tan delicadas como hojas y que valían muchas veces su peso en oro; o esculturas enormes y tachonadas de gemas, como un leopardo dorado con rubíes por ojos que intentaba derribar a un venado de plata con las cuernas cubiertas de perlas y que medían un paso de altura; un león dorado que era más alto todavía, con ojos de esmeraldas y zarpas de gotas de fuego; otras adornadas con gemas de una forma tan extravagante que no se veía nada de metal. Criados con uniforme en negro y dorado hacían reverencias a Rand a su paso por la Ciudadela; los que lo reconocían se inclinaban de forma más pronunciada, desde luego. Algunos ojos se desorbitaban al ver a las Doncellas que lo seguían, pero la sorpresa no impedía que siguieran con sus reverencias.

Toda la pompa y todo el boato de un palacio, pero la Ciudadela se había diseñado para guerrear dentro al igual que fuera. Allí donde dos corredores se cruzaban, el techo estaba salpicado de buhederas. Entre los tapices, a una buena altura, las aspilleras hendían los muros en ángulo para cubrir los corredores en ambas direcciones, y no había hueco de escaleras que no tuviera troneras a fin de defenderlas con flechas o saetas de ballesta. Sólo unos atacantes habían tenido éxito en abrirse paso al interior de la Ciudadela, los Aiel, y éstos habían superado toda oposición demasiado deprisa para que muchas de esas defensas entraran en juego, pero cualquier otro enemigo que consiguiera penetrar en la Ciudadela pagaría un alto precio en sangre por cada estancia. Sólo que Viajar había cambiado el arte de la guerra para siempre. Viajar y las Flores de Fuego y muchas otras cosas. Ese precio en sangre seguiría pagándose, pero las murallas de piedra y las torres altas ya no podrían frenar un asalto. Los Asha’man habían convertido a la Ciudadela en algo tan obsoleto como las espadas de bronce y las hachas de sílex a las que habían quedado reducidos los hombres en el Desmembramiento. La fortaleza más antigua de la humanidad era una reliquia ahora.

El vínculo con Alanna lo condujo más y más arriba, hasta que Rand se detuvo ante unas altas puertas brillantes con leopardos dorados como picaportes. Ella se encontraba al otro lado. Luz, qué ganas tenía de vomitar. Dominándose a fuerza de voluntad, Rand abrió una de las hojas y entró, dejando a las Doncellas de guardia fuera. Min y las otras lo siguieron.

La salita estaba casi tan ornamentada como sus propios aposentos en la Ciudadela; en las paredes colgaban anchos tapices de seda que representaban escenas de caza y de batallas. La gran alfombra de diseño tarabonés debía de valer suficiente oro para alimentar a un pueblo grande durante un año, y la gran chimenea de mármol negro era tan alta que un hombre podría meterse en ella sin agacharse y lo bastante ancha para que cupieran de ocho en fondo. Todas las piezas del mobiliario estaban construidas sólidamente, talladas con profusión, cubiertas con capas doradas y salpicadas de gemas, al igual que las altas lámparas de píe, con las llamas reflejadas en espejos que contribuían a alumbrar junto a la luz que pasaba por el techo de cristales. Un oso dorado de más de un paso de altura, con ojos de rubíes y zarpas y dientes de plata, se erguía sobre una peana dorada en un lateral del cuarto, en tanto que otra peana idéntica servía de apoyo a un águila casi igual de alta, con ojos de esmeraldas y garras de rubíes. Piezas sobrias para el estilo de Tear.

Sentada en un sillón, Alanna alzó la vista cuando Rand entró y levantó una copa dorada para que una de las dos criadas jóvenes con uniforme en negro y oro la llenara de oscuro vino. Esbelta en un traje de montar gris con cuchilladas verdes, Alanna estaba tan bella que Lews Therin empezó a canturrear para sí mismo. Rand estuvo a punto de toquetearse el lóbulo antes de bajar la mano con brusquedad, de repente con la duda de si el gesto era suyo o del loco. Ella sonrió, pero tristemente, y sus ojos pasaron sobre Min y Nynaeve, Alivia y Cadsuane, mientras el vínculo transmitía suspicacia, amén de cólera y amohinamiento. Las dos últimas acentuadas por causa de Cadsuane. Y mezclado con todo lo demás hubo gozo también cuando la mirada se posó en él, si bien no lo denotó en la voz.

—Vaya, quién lo hubiera imaginado, milord Dragón —murmuró con un dejo de aspereza en el título—. Qué gran sorpresa, ¿no es cierto, milord Astoril? —Así que no había advertido a nadie de su llegada, después de todo. Interesante.

—Una muy grata sorpresa —dijo el hombre mayor vestido con chaqueta de mangas a rayas rojas y azules mientras se incorporaba para saludar con una reverencia y se atusaba la barba untada y recortada en punta. El rostro del Gran Señor Astoril Damara estaba surcado de arrugas y el cabello, largo hasta los hombros, era blanco como la nieve y ralo, pero mantenía bien derecha la espalda y la mirada de los oscuros ojos era incisiva—. Llevo tiempo esperando con ansiedad este momento. —Volvió a hacer una reverencia, esta vez a Cadsuane y, después de un instante, a Nynaeve—. Aes Sedai —dijo como saludo. Muy civilizado para Tear, donde encauzar, ya que no las propias Aes Sedai, había estado proscrito hasta que Rand había cambiado la ley.

Darlin Sisnera, Gran Señor y Administrador del Dragón Renacido en Tear, que vestía chaqueta de seda verde con mangas de rayas amarillas y botas trabajadas con toques de oro, era menos de una cabeza más bajo que Rand, llevaba el pelo muy corto y la barba puntiaguda, y tenía nariz prominente y ojos azules que no eran habituales en Tear. Esos ojos se abrieron de par en par al girar la cabeza e interrumpir la conversación que mantenía con Caraline Damodred cerca de la chimenea. La presencia de la noble cairhienina causó un sobresalto a Rand aunque éste había esperado verla allí. Estuvo a punto de empezar a recitar mentalmente la letanía que usaba para forjar su alma con fuego, pero logró frenarse a tiempo. Baja, delgada, de tez pálida y grandes ojos oscuros, sobre la frente le pendía un pequeño rubí colgado de una cadena dorada, entretejida en el negro cabello que le caía en ondas hasta los hombros; era la viva imagen de su prima Moraine. Vestía nada menos que una chaqueta larga, de color azul, con bordados de volutas doradas a excepción de las franjas horizontales en rojo, verde y blanco que se prolongaban desde el cuello hasta el dobladillo, sobre unos ajustados pantalones verdes y botas azules de tacón. Al parecer la moda había viajado lejos, después de todo. Saludó con una reverencia, aunque resultó rara con aquel atuendo. El canturreo de Lews Therin cobró fuerza y Rand habría querido que el hombre tuviera cara para poder soltarle un puñetazo. Moraine era un recuerdo para endurecerle el alma, no para canturrearle.