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—Milord Dragón —saludó Darlin con una inclinación de cabeza forzada.

No era hombre acostumbrado a ser el primero en inclinar la cabeza. A Cadsuane no le dedicó siquiera esa mínima reverencia, sólo una mirada penetrante antes de que aparentemente se desentendiera por completo de su presencia. La Aes Sedai los había tenido a Caraline y a él de «invitados» en Cairhien durante un tiempo. No era probable que olvidara aquello; ni que lo perdonara. A un gesto suyo, las dos criadas se movieron deprisa para ofrecer vino. Como era de esperar, Cadsuane, con su rostro intemporal, recibió la primera copa, pero, sorprendentemente, Nynaeve tuvo la segunda. El Dragón Renacido era una cosa, pero una mujer con el sello de la Gran Serpiente era otra muy distinta, incluso allí en Tear. Echándose la capa hacia atrás, Cadsuane se retiró hacia la pared. No era habitual en ella hacer eso. Claro que desde esa posición podía observar a todos al mismo tiempo. Alivia se situó junto a la puerta, sin duda por la misma razón.

—Me alegra más veros ahora que la última vez —continuó Darlin—. Me hicisteis un gran honor. Aunque es posible que todavía pierda la cabeza por ello, si vuestras Aes Sedai no hacen más progresos que los conseguidos hasta ahora.

—No te enfurruñes, Darlin —murmuró Caraline, cuya voz gutural sonaba divertida—. Los hombres se enfurruñan, ¿no es cierto, Min?

Por alguna razón, Min soltó una carcajada.

—¿Qué hacéis aquí? —demandó Rand a las dos personas que no había esperado ver.

Tomó una copa de una de las criadas mientras que la otra dudaba entre Min y Alivia. Min ganó, tal vez porque el vestido azul de la seanchan era liso. Min se acercó a Caraline —a una mirada de la cairhienina, Darlin se apartó, sonriente— y las dos mujeres se quedaron con las cabezas juntas y hablando en susurros. Henchido de Poder, Rand logró oír alguna que otra palabra suelta, como su nombre o el de Darlin.

Weiramon Saniago, también un Gran Señor de Tear, no era bajo y se erguía recto como una espada, pero aun así su actitud recordaba a un gallo de corral pavoneándose. La barba con pinceladas blancas, recortada en pico y untada de aceites, temblaba prácticamente de orgullo.

—Saludos al Señor de la Mañana —dijo a la par que inclinaba la cabeza. O, más bien, entonó las palabras. Weiramon era único en lo de entonar y declamar—. ¿Que por qué estoy aquí, milord? —Parecía desconcertado por la pregunta—. Vaya, pues cuando supe que Darlin estaba bajo asedio en la Ciudadela, ¿qué iba a hacer sino acudir en su ayuda? Así se consuma mi alma, traté de convencer a algunos de los otros para que me acompañaran. ¡Juro que habríamos acabado rápidamente con Estanda y esa pandilla! —Apretó el puño para mostrar cómo habría aplastado a los rebeldes—. Pero sólo Anaiyella demostró tener coraje. ¡Los cairhieninos eran un montón de melindres!

Caraline hizo un alto en su charla con Min para lanzarle una mirada que le habría hecho buscarse la herida de la puñalada si hubiera reparado en ella. Astoril frunció los labios y se centró en la intensa observación de su vino.

La Gran Señora Anaiyella Narencelona también llevaba chaqueta, pantalones ajustados y botas de tacón, aunque había añadido una gola de encaje, y la chaqueta verde tenía perlas cosidas. Sobre el oscuro cabello lucía una cofia ajustada, adornada con perlas. Era una mujer delgada, bonita, e hizo una reverencia al tiempo que esbozaba una sonrisa afectada, de manera que de algún modo dio la impresión de que quería besarle la mano a Rand. «Coraje» no sería la palabra que Rand le aplicaría a esa mujer. «Descaro», por otro lado…

—Milord Dragón —dijo con voz suave—, ojalá pudiéramos informar de un éxito absoluto, pero mi Maestro de los Caballos murió combatiendo a los seanchan, y dejasteis a casi todos mis mesnaderos en Illian. Con todo, conseguimos descargar un golpe en vuestro nombre.

—¿Éxito? ¿Golpe? —La mirada ceñuda de Alanna abarcó a los dos, Weiramon y Anaiyella, antes de volverse de nuevo para mirar a Rand—. Arribaron a los muelles de la Ciudadela con un barco, pero desembarcaron a casi todos sus mesnaderos y a todos los mercenarios que contrataron en Cairhien río arriba. Con la orden de entrar en la ciudad y atacar a los rebeldes. —Hizo un sonido de desagrado—. El único resultado fue la muerte de muchos hombres y tener que volver a empezar desde el principio nuestra negociación con los rebeldes.

La sonrisa afectada de Anaiyella adquirió un viso de mueca enfermiza.

—Mi plan era salir de la Ciudadela y atacarlos desde ambos flancos —protestó Weiramon—. Pero Darlin rehusó. ¡Rehusó!

Darlin ya no sonreía. Estaba con los pies plantados muy separados y el aire del hombre que desearía tener una espada en la mano en lugar de una copa.

—Os lo dije entonces, Weiramon. Aunque despojara a la Ciudadela de todos sus Defensores, los rebeldes seguirían superándonos en número por mucho. Demasiado. Han contratado a todos los mercenarios que han encontrado desde el Erinin hasta la bahía de Remara.

Rand se sentó en un sillón y echó el brazo por el respaldo. Los brazos del sillón no tenían apoyo por delante, de modo que la espada no le estorbó. Caraline y Min parecían haber cambiado el tema de conversación hacia la vestimenta. Al menos toqueteaban la chaqueta de la otra y Rand oyó palabras como «pespunte» y corte al «bies», significaran lo que significaran. La mirada de Alanna iba de él a Min, y percibió a través del vínculo incredulidad en conflicto con recelo.

—Os dejé en Cairhien porque os quería allí —dijo. No se fiaba de ninguno de los dos, pero no podían causar mucho daño en Cairhien, donde sólo eran forasteros sin poder alguno. La ira, avivada por la náusea, se dejó notar en su voz—. Haced planes para regresar allí cuanto antes. Cuanto antes.

La mueca de Anaiyella se tornó más enfermiza e incluso la mujer se encogió ligeramente. Weiramon estaba hecho de otro paño más duro.

—Milord Dragón, os serviré donde digáis, pero puedo hacerlo mejor en mi tierra natal. Conozco a esos rebeldes, sé en qué se puede confiar en ellos y en qué…

—¡Cuanto antes! —repitió secamente Rand al tiempo que golpeaba con el puño el brazo del sillón con bastante fuerza para que la madera crujiera de forma audible.

—Una —dijo Cadsuane con gran claridad e incomprensiblemente.

—Os sugiero encarecidamente que hagáis lo que os dice, lord Weiramon. —Nynaeve le dirigió una mirada inexpresiva al hombre y tomó un sorbo de vino—. Últimamente está de mal humor, peor que nunca, y no querréis que lo dirija contra vos.

Cadsuane soltó un sonoro suspiro.

—No te metas en esto, muchacha —dijo con sequedad.