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—Al parecer vuestro sino ha cambiado y os encumbra, rey Darlin —dijo. Una de las criadas le hizo una reverencia y le ofreció otra copa llena de vino. El semblante de la mujer estaba tan sereno como el de cualquier Aes Sedai. Cualquiera diría que el que los hombres discutieran con hermanas era el pan nuestro de cada día para ella.

—Salve, rey Darlin —entonó Weiramon con la voz que sonaba un tanto estrangulada, y al cabo de un instante Anaiyella se hizo eco de su saludo, tan falta de aire como si hubiera corrido una milla. Otrora había hablado de aspirar a una corona en Tear.

—Pero ¿por qué me querrían como rey? —comentó Darlin al tiempo que se pasaba los dedos por el cabello—. O a cualquiera. No ha habido reyes en la Ciudadela desde que Moreina sucumbió como nación, hace un millar de años. ¿O es que exigisteis esa condición, Bera Sedai?

La aludida recogió la capa del suelo y empezó a sacudirla.

—Eso fue su… Llamarla «exigencia» sería exagerar. Pongamos que fue su sugerencia. Cualquiera de ellos habría estado más que dispuesto a ocupar un trono, en especial Estanda. —Anaiyella hizo un ruido ahogado—. Pero naturalmente sabían que no había la menor esperanza respecto a eso. De esta forma, pueden juraros lealtad a vos, en lugar de hacerlo al Dragón Renacido, lo que lo convierte en algo menos amargo.

—Y si eres rey —intervino Caraline— significa que el Administrador del Dragón Renacido en Tear pasa a ser un título menor. —Soltó una risa gutural—. Puede que hilvanen otros tres o cuatro títulos sonoros para tratar de hundirlo hasta que se pierda en la oscuridad.

Bera frunció los labios como si hubiera estado a punto de exponer esa misma idea.

—¿Y te casarías con un rey, Caraline? —preguntó Darlin—. Aceptaré la corona si dices que sí. Aunque tendré que mandar hacer una.

Min se aclaró la garganta.

—Puedo deciros el aspecto que debería tener, si gustáis.

Caraline se echó a reír de nuevo y soltó el brazo de Darlin; se alejó de él contoneándose.

—Tendré que verte con ella puesta antes de poder responder a eso. Manda hacer la corona que diga Min, y si estás guapo con ella… —Sonrió—. Entonces tal vez lo consideraré.

—Os deseo lo mejor a ambos —manifestó secamente Rand—, pero hay asuntos más importantes que tratar ahora mismo. —Min le asestó una mirada penetrante mientras el vínculo le transmitía desaprobación. También Nynaeve le dirigió una mirada cortante. ¿A qué venía eso?—. Aceptaréis la corona, Darlin, y tan pronto como esos documentos estén firmados quiero que arrestéis a esos seanchan, y después reuniréis a todos los hombres en Tear que sepan distinguir el extremo de una espada o de una alabarda del otro. Arreglaré las cosas para que los Asha’man os trasladen a Arad Doman.

—¿Y yo, milord Dragón? —inquirió Weiramon. Casi temblaba de ansiedad, y consiguió pavonearse sin moverse del sitio—. Si hay que librar una batalla, os serviré mejor allí que languideciendo en Cairhien.

Rand observó al hombre. Y a Anaiyella. Weiramon era un estúpido chapucero, y no se fiaba de ninguno de los dos, pero no veía qué mal podían hacer contando sólo con un puñado de seguidores.

—De acuerdo. Ambos acompañaréis al Gran Señor Darlin… Mejor dicho, al rey.

Anaiyella tragó saliva como si al menos ella hubiera preferido regresar a Cairhien.

—Pero ¿qué se supone que he de hacer en Arad Doman? —quiso saber Darlin—. Por lo poco que he oído sobre esa nación es una casa de locos.

Lews Therin rió a carcajadas dentro de la cabeza de Rand.

—El Tarmon Gai’don se aproxima —contestó Rand. Quisiera la Luz que no estuviera demasiado cercano—. Vais a Arad Doman a prepararos para la Última Batalla.

22

Para hacer llorar a un ancla

A despecho del cabeceo inducido por las azules y alargadas olas, Harine din Togara estaba sentada muy derecha junto a su hermana, justo delante de los porteadores del parasol y del timonel, que aferraba la caña del timón. Shalon parecía enfrascada en estudiar a los doce hombres y mujeres que manejaban los remos. O tal vez estuviera ensimismada en sus pensamientos. Últimamente había muchas cosas en las que pensar, entre ellas, y no menos importante, la reunión a la que se la había convocado. Sin embargo, su mente divagaba y dejaba que los pensamientos bogaran a la deriva. Serenarse. Cada vez que las Doce Primeras de los Atha’an Miere se habían reunido desde que había arribado a Illian, había tenido que serenarse antes de acudir a la convocatoria. Pero cuando llegó a Tear y encontró la Gaviota Azul de su hermana Zaida todavía anclada en el río, tuvo la seguridad de que la mujer todavía estaba en Caemlyn o que al menos la seguía, a bastante distancia. Un doloroso error, aquél. Aunque a decir verdad poco habría cambiado que Zaida se hubiera encontrado a semanas de distancia. Al menos no habría cambiado para ella. No. Nada de pensar en Zaida.

El sol aún se hallaba sólo un puño por encima del horizonte oriental y varias embarcaciones de los confinados en tierra se dirigían hacia el largo rompeolas del puerto de Illian. Una tenía tres palos y algo parecido al aparejo mayor, con todas las velas mayores cuadradas; sin embargo era achaparrada y poco gobernable, y se movía torpemente a través de las aguas onduladas levantando surtidores de espuma en lugar de hendidas. La mayoría eran embarcaciones pequeñas, de aparejo menor, con las velas triangulares casi todas de cuchillo. Algunas parecían bastante veloces, pero puesto que los confinados en tierra rara vez navegaban sin tener tierra a la vista y por lo general anclaban de noche por miedo a los bajíos, esa rapidez de poco les valía. El flete que requería verdadera rapidez iba a parar a los barcos Atha’an Miere. Con un recargo en el precio, naturalmente. Era una pequeña parte de lo que los Atha’an Miere transportaban, en parte debido al precio y en parte porque en la actualidad pocas cosas requerían su rapidez. Además, la tarifa del flete garantizaba cierto beneficio, pero cuando el Maestre de Cargamento negociaba él solo por el barco, todos los beneficios iban a parar al velero y al clan.

Hasta donde alcanzaba la vista al este y al oeste a lo largo de la costa, había embarcaciones Atha’an Miere ancladas —surcadores, remontadores y centellas—, la mayoría rodeadas de botes de venta de productos, apiñados con tal desorden que más parecían borrachines en un festejo costero. Bogando con remos desde la ciudad, los botes ofrecían a la venta todo tipo de cosas, desde fruta en conserva hasta carne de vacuno y de ovino en cuartos, pasando por clavos, utensilios de hierro y espadas, y siguiendo con llamativas baratijas de Illian que podrían llamar la atención a un marinero que gustara de oro y gemas. Aunque por lo general el oro era una fina capa que se desgastaba en pocos meses y dejaba a la vista el latón que había debajo, y las gemas, cristales de colores. También llevaban consigo ratas, aunque no para vender. Tras permanecer anclados tanto tiempo, ahora todos los barcos estaban infestados de ratas. Desperdicios y roedores eran la garantía de que siempre habría mercado para los mercachifles.

Los botes de vendedores también rodeaban los inmensos barcos seanchan, presentes por docenas y docenas, que se habían utilizado en la gran Escapada de Ebou Dar. Si uno hablaba de la Escapada nadie le preguntaba a qué escapada se refería. Eran embarcaciones de proa vertical, el doble de manga que un surcador, algunos más, quizás adecuados para aguantar el azote de las olas a través de mar gruesa, pero aparejados con extrañas velas envergadas en nervios, demasiado rígidas para un ajuste adecuado. Hombres y mujeres pululaban por esos mástiles y vergas para cambiar las jarcias por otras más funcionales. Nadie quería las naves, pero los astilleros emplearían años en reemplazar los barcos perdidos en Ebou Dar. ¡Y a qué coste! Ni que tuvieran excesiva manga ni que no, esas naves estarían muchos años de servicio. A menos que no le quedara más remedio, a ninguna Navegante le apetecía meterse hasta el cuello en deudas con préstamos de los cofres del clan mientras los seanchan sacaban la mayoría de su oro —cuando no todo—, del fondo de la bahía en Ebou Dar. Algunas, que por desgracia no poseían barco propio ni uno de los seanchan, no tenían otra opción.