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Los doce remeros de Harine sobrepasaron el grueso muro del rompeolas, cubierto con una densa capa de oscuro limo y largas algas que el azote de las olas contra la piedra gris no conseguía arrancar, y el amplio puerto gris verdoso de Illian se abrió ante ella rodeado de grandes extensiones de marisma por la que vadeaban aves zancudas, y en la que, en algunas zonas, empezaba a cambiar el tono pardo invernal por el verde. Un trazo de bruma arrastrada por la suave brisa flotó a través de la barca y le humedeció el cabello antes de alejarse hacia el puerto. Pequeñas barcas de pesca sacaban las redes a lo largo de la orilla de la marisma, mientras una docena de distintos tipos de gaviotas y golondrinas de mar volaban en círculo por encima para robar lo que pudieran. A Harine no le interesaba la ciudad que se extendía más allá de los largos muelles de piedra en los que había atracadas naves mercantes, pero el puerto… Esa amplia y casi circular extensión de agua era la rada más grande que se conocía, y se encontraba llena de embarcaciones marítimas y fluviales, en su mayoría esperando el turno de atracar en puerto. Estaba realmente llena con centenares de embarcaciones de todo tipo y tamaño, y no todas pertenecían a los confinados en tierra. Asimismo había surcadores, los esbeltos veleros de tres palos capaces de echar carreras a las marsopas. Surcadores y tres de las desgarbadas monstruosidades seanchan. Eran los barcos de las Señoras de las Olas y Navegantes que conformaban las Doce Primeras de cada clan, los que habían sido admitidos en el puerto antes de que no quedara espacio libre. Hasta la rada de Illian tenía un límite, y el Consejo de los Nueve, por no mentar al tal Administrador del Dragón Renacido para Illian, habría causado problemas si los Atha’an Miere hubieran empezado a saturar su mercado.

Un viento gélido y repentino llegó del norte. No, no llegó; simplemente surgió y sopló con toda su fuerza levantando crestas de espuma en el puerto y trayendo un olor a pino y a algo… terroso. Harine no sabía mucho de árboles, pero sí de tablones utilizados para construir barcos, y dudaba que hubiera abundancia de pinos en las proximidades de Illian. Entonces se fijó en la línea de niebla. Mientras que los barcos cabeceaban y se mecían con la súbita ráfaga que se dirigía al sur, la niebla seguía su lento desplazamiento hacia el norte. Mantener las manos sobre las rodillas le costó no poco esfuerzo. Habría querido quitarse a manotazos la humedad pegada al pelo. Había pensado que después de lo de Shadar Logoth nada volvería a conmocionarla, pero había visto demasiadas… singularidades últimamente, cosas extrañas que apuntaban que el mundo sufría deformaciones.

Tan de repente como había surgido, el viento calmó. Se alzaron murmullos, el ritmo de la boga vaciló y el remo cuatro de babor golpeó a contramano y salpicó agua en el bote. La tripulación sabía que los vientos no se comportaban de esa manera.

—¡Con cuidado ahí! —ordenó firmemente Harine—. ¡Cuidado!

—¡Remad a un tiempo, traperos confinados en tierra! —gritó la oficial de cubierta desde la proa. Delgada y curtida, Jadein también tenía curtidos los pulmones—. ¿Es que voy a tener que marcaros el ritmo? —Los insultos enlazados crisparon algunas caras de rabia mientras que otras se atirantaban en un gesto mortificado, pero los remos empezaron de nuevo a bogar acompasadamente.

Shalon escudriñaba la niebla ahora. Preguntarle qué veía, qué pensaba, tendría que esperar. Harine no estaba segura de querer que nadie de la tripulación oyera la respuesta. Ya habían visto cosas suficientes para estar asustados.

El timonel hizo virar el bote hacia uno de los aparatosos barcos seanchan, desde el que cualquier bote de vendedores que se aventuraba cerca era rechazado antes de que el mercachifle tuviera tiempo de pronunciar dos palabras. Era uno de los más grandes, con un enorme alcázar de tres pisos. ¡Tres! De hecho tenía un par de balcones de lado a lado de popa. No le gustaría ver lo que podía hacerles a esos balcones un mar de popa fustigado por una cemara o por uno de los soheenes del Océano Aricio. Otros botes con tripulaciones de doce remeros y unos cuantos con equipos de ocho esperaban su turno para acercarse de costado al barco siguiendo el orden de precedencia de sus pasajeros.

—¡Shodein! —gritó Jadein, que se había puesto de pie en la proa. Su voz se oyó claramente, y un bote con doce remeros que se aproximaba al velero dio media vuelta. Los demás siguieron a la espera.

Harine no se levantó hasta que la tripulación hubo echado atrás los remos y los sacó por estribor, haciendo que el bote se detuviera suavemente justo donde Jadein podía atrapar un cabo que colgaba y atar la pequeña embarcación junto a la grande. Shalon suspiró.

—Valor, hermana —le dijo Harine—. Sobrevivimos a Shadar Logoth aunque, la Luz me valga, no sé bien a qué fue a lo que sobrevivimos. —Soltó una breve carcajada—. Y lo que es más, sobrevivimos a Cadsuane Melaidhrin, y dudo que nadie aquí presente sea capaz de hacer tal cosa.

Shalon sonrió débilmente, pero al menos sonrió.

Harine trepó por la escala de cuerda con la misma facilidad con que lo habría hecho veinte años antes y la ayudó a subir a bordo el oficial de cubierta, un tipo achaparrado con una cicatriz reciente que se extendía por debajo del parche que cubría la cuenca vacía del ojo. Muchos habían resultado heridos en la Escapada. Muchos habían muerto. Incluso la cubierta de aquel barco le resultaba extraña bajo la planta desnuda del pie al tener la tablazón colocada en un dibujo extraño. Sin embargo, la guardia de honor era la apropiada, con doce tripulantes varones, desnudos de cintura para arriba, a su izquierda, y doce tripulantes femeninas, con blusas de lino de intensos colores, a su derecha, todos inclinados en una reverencia tan marcada que miraban directamente la cubierta. Esperó a que se le unieran Shalon y los porteadores del parasol antes de continuar avanzando. La Navegante y la Detectora de Vientos, al final de las filas, se inclinaron en una reverencia algo menos marcada a la par que se tocaban el corazón, los labios y la frente. Ambas llevaban estolas blancas de luto, largas hasta la cintura, que casi les tapaban los numerosos collares, como les ocurría a Shalon y a ella.

—Recibid la bienvenida a mi barco, Señora de las Olas —saludó la Navegante a la par que olisqueaba la cajita de perfume—. Que la gracia de la Luz esté con vos hasta que abandonéis su cubierta. Las demás os esperan en el camarote principal.

—Que la gracia de la Luz esté también con vos —respondió Harine.

Turane vestía pantalones de seda azul y blusa de seda roja. Era lo bastante robusta para hacer que su Detectora de Vientos, Serile, pareciera esbelta aun siendo de constitución media, y tenía una mirada taladradora y un rictus avinagrado en la boca, pero ninguno de esos dos detalles ni el hecho de olfatear la cajita de perfume eran gestos hechos a propósito para mostrarle descortesía. Turane no era tan desfachatada. Esa mirada era igual para todo el mundo; su barco yacía en el fondo del puerto de Ebou Dar y en el limpio aire salado de la rada se percibía cierta fetidez.

El camarote principal ocupaba casi toda la longitud del alto alcázar de popa, un espacio vacío de muebles a excepción de trece sillas y una mesa pegada al mamparo en la que había jarras de cuello alto, con vino, así como copas de porcelana amarilla, y dos docenas de mujeres vestidas con sedas brocadas no podían llenar el camarote ni mucho menos. Ella era la última de las Doce Primeras de los Atha’an Miere en llegar y la reacción de las otras Señoras de las Olas hacia ella fue la que ya se había acostumbrado a recibir. Lincora y Wallein le dieron la espalda de forma inequívocamente intencionada. La carirredonda Niolle le dirigió una mirada ceñuda y después se acercó a la mesa a llenar de nuevo su copa. Lacine, tan esbelta que el busto daba la impresión de ser inmenso, sacudió la cabeza como si la asombrara la presencia de Harine. Otras continuaron charlando como si no estuviera allí. Ni que decir tiene que todas llevaban estola de luto.